Atrás quedaron los primeros 40 años de democracia bipartidista o bifrentista, quedando claro que el escenario de la vida política se encamina al corte más disruptivo que podía darse, en estas condiciones.
Desde el ex Frente para la Victoria, travestido en Unión por la Patria, concepto que no solo no condicen con la realidad sino que atrasa en una mística setentista desfasada y condenada socialmente. Sus componentes permanecerán juntos? Habrá un reordenamiento del peronismo libre de kirchnerismo?, podrá sobrevivir un kirchnerismo diezmado por su sucesión de fracasos…
Si algo tuvo el kirchnerismo en estos 20 años fue la responsabilidad mayoritaria de la situación socioeconómica de un país devastado con políticas populistas, anacrónicas y de un doble discurso único.
Ante un kirchnerismo rendido y entregado con banderas y todo a un Sergio Massa, previamente odiado por ellos mismos, como también a un presidente condenado al ostracismo y olvido por propios y ajenos, cuya ausencia no se extrañara, porque ya nos tenía acostumbrado desde que empezó en ese rol. Tendrá retorno, cuando perdió el reino de Santa Cruz ,su base de sustanciación política financiera.
El kirchnerismo , La Cámpora y su líder Cristina Fernández, solo tendrá de refugio el Congreso, municipios y la provincia de Buenos Aires, ¿alcanzará para ser una opción melancólica a futuro?, será la resistencia la bandera ante el derechazo democrático del 19 de noviembre?
Capítulo aparte le toca a “ni JUNTOS ni por EL CAMBIO”, la coalición que aspiraba ser alternativa al kirchnerismo, se diluyó y hoy son el pasado mismo, la falta de autocrítica y renovación, significó el ocaso de una continuidad más elegante, pero que jamás fue cambio, con un cómodo tercer puesto y con una estructura, más parecido a colección de sellos de gomas, que a una verdadera coalición, que hoy ya es historia.
Hay que reconocer que la jugada de Mauricio Macri fue sin duda digna de un estratega, que la matemática hizo lo suyo, porque hubo un conductor que así lo guió.
Macri terminó de matar algo que agonizaba que era JXC, la dureza hacia sus socios radicales, significó el fin de la tibieza y el principio de una nueva era, con similitudes a los 90 y con un fenómeno que sólo se explica en Argentina. Un outsider sin estructura termina siendo la esperanza en una argentina de tinieblas, no sirvió el plan platita, la campaña del miedo y menos aún descalificación y difamación permanente por parte de los “ dos grandes frentes electorales”.
Hoy se inicia una nueva etapa política, signada por ideas liberales, cuya coincidencia nos remota a la fundación de la argentina con las ideas de Alberdi, Julio Argentino Roca entre otros.
Nada volverá a ser como fue, el 11 de diciembre una batería de medidas irreversibles, sentará las bases de un proceso de cambio no solo político sino cultural.
Se termina la romantización de la pobreza, para dar lugar a un sistema de crecimiento sostenido por el sector privado, y mínimamente regulado por el estado.
La baja en el gasto público político debe ser la bandera de ejemplo, para lo que viene, sin dudas, algo que el común de la gente esperaba. La pregunta sería qué tanto podrá hacer o no hacer el nuevo gobierno, la respuesta dependerá de la decisión política, acompañada por la fuerza de sus ejecutores, en ese sentido tendrá unos meses que la mayoría del pueblo argentino acompañará y querrá fiscalizar sus resultados.
De ahí dependerá que más que un cambio de gobierno sea un cambio cultural, reordenar el estado gigante, para pasar uno eficiente y que no estorbe en lo privado; continuar con políticas de Derechos Humanos, pero con la verdad completa, sin distorsiones y sin monopolios de las ideologías.
La educación, la salud, no dejarán de ser públicas pero sin dudas una mirada de eficiencia podría corregir los abusos de los que hoy nadie habla. La vedette será sin duda “la dolarización” devenida en estos días en la libre elección de la moneda, no será fácil, por temas operativos pero más por el andamiaje constitucional y legal.
Un muy buen primer paso es derogar las leyes de locación urbanas, y volver al espíritu de la ley 23091, donde la autonomía de la voluntad fijaban condiciones y precios libremente , ley que funcionó más de 30 años.
El presidente Javier Milei tendrá un gran desafío, contando con un apoyo y un mandato popular claro y concreto, tendrá 8 meses que serán definitorios para promediar mínimamente 8 años de transformación de un país que no resiste más improvisación ni enmiendas.
En síntesis, esta oportunidad podría ser la puerta para salir del infierno de la decadencia, o bien una nueva frustración a seguir coleccionando.
Rescato el rol de la juventud, que no solo no se resignó, sino que avanzó hacia la Argentina moderna, un salto a lo desconocido, antes que la continuidad a lo malo conocido.
Por último el reacomodamiento político dependerá ahora sí y para siempre de una renovación de hombres y mujeres, pero por sobre todo de ideas y de capacidades que tengan el coraje de enfrentar los desafíos de un país, que ya no cree que los autores del desastre sean parte también de la solución.
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