Por Marcelo Sicoff (*)
No todos los días se roban un cuadro del Louvre. Mucho menos uno de Leonardo Da Vinci. El 23 de agosto de 1911 desapareció el cuadro más famoso del mundo.
—¡Se robaron la Gioconda! —gritaban los canillitas agitando los diarios recién impresos frente a las narices de los transeúntes, mientras el calor y la humedad arrasaban con los rostros de los funcionarios del museo más visitado del mundo. Se habían dado cuenta un día después del robo. O mejor dicho: les llevaron la noticia.
El copista Louis Béroud había insistido durante meses para que lo autorizaran a poner un atril y un bastidor; por eso ese martes llegó temprano y, después del personal de limpieza, fue uno de los primeros que entró. Empezó a acomodar sus cosas cuando se dio cuenta de que «La Joconde» —como llaman los franceses a la Mona Lisa— no estaba en su lugar. En la pared solo quedaban cuatro clavos huérfanos, sosteniendo un fantasma. París había dejado de ser una fiesta.
Cuando Leonardo empezó la obra, la Argentina no existía en ningún mapa, pero la historia de estrechez parecía unir sus destinos desde siempre. En 1503, Da Vinci aceptó el encargo de un tal Francesco del Giocondo para retratar a su mujer, Lisa Gherardini. Pero algo se rompió en el medio: Leonardo no entregó el cuadro. Se lo llevó con él cuando buscó refugio bajo el ala del rey de Francia. Ahí, en el silencio del exilio, le dio las puntadas finales. Al rey le gustó tanto que la colgó en el camino que llevaba a los baños del palacio de Fontainebleau. Un destino bastante humillante para la que se convertiría en la mujer más observada del planeta.
Nadie sabía quién era esa Monna —así se llamaba entonces a las mujeres casadas—. No había un solo papel escrito sobre su vida. Y aun así Leonardo eligió su cara para el mejor retrato de su carrera. La mujer de un usurero.
El lunes 21 de agosto el Museo estaba cerrado al público por refacciones. No había tecnología ni sensores de movimiento. Solo guardianes que confiaban en los obreros y en el personal de limpieza que enceraba pisos, barría y hacía relucir los herrajes. Una fe ciega en que nada malo podía pasar en el corazón de la civilización. Unas horas después el Louvre se llenó de uniformes. Pero los uniformes no encuentran cuadros. Pasaron dos años de pistas falsas, de videntes consultados en la desesperación y de un hueco en la pared que se iba llenando de polvo. Nadie sabía dónde estaba la Gioconda.
El que iba a sacar provecho de todo esto quizá ni siquiera estaba en París. En algún lugar del mundo, un argentino brindaba en silencio. Un tal Eduardo de Valfierno. Sabía que su negocio dependía de una cosa: que la Gioconda no apareciera nunca más. No le interesaba el óleo de Leonardo; le interesaba el hueco que había dejado en la pared. Mientras el mundo lloraba el robo, él ya había vendido seis copias perfectas. A seis millonarios norteamericanos. Cada uno creía estar comprando el secreto mejor guardado de Francia. Había entendido algo simple: que el deseo vale más que la verdad.
Valfierno se hacía llamar marqués. Nadie sabía exactamente de dónde había salido ese título, pero lo llevaba con naturalidad. Vestía como un diplomático, hablaba como un banquero y mentía con la tranquilidad de un tahúr. Valfierno llevaba años preparando su golpe. Pero para darlo necesitaba algo más difícil que burlar a los guardias del Louvre: necesitaba a alguien capaz de fabricar la verdad. Lo encontró en París. Se llamaba Yves Chaudron. Era restaurador de museos, falsificador ocasional y tenía una habilidad rara: podía copiar un óleo del siglo XVI sin que el lienzo delatara su edad.
Chaudron trabajó durante meses bajo una luz mortecina. Copiaba el craquelado del barniz, imitaba los tonos oxidados por los siglos, ensuciaba los bordes del lienzo con la paciencia de un entomólogo. Cuando terminó, había seis Giocondas listas. Seis fantasmas idénticos esperando su turno. El robo del Louvre no era el objetivo. Era la publicidad.
Para el trabajo sucio, Valfierno buscó a un tipo invisible. Vincenzo Peruggia era un carpintero italiano, bajito y silencioso. Conocía los pasillos del Louvre como las venas de su mano: él mismo había ayudado a montar las vitrinas de vidrio que protegían las obras. El domingo a la noche, Peruggia se escondió en un armario de limpieza. Esperó entre escobas y baldes mientras el museo se vaciaba y el silencio se volvía espeso. El lunes a la mañana, cuando los empleados de mantenimiento empezaron a circular, Vincenzo simplemente salió de su escondite vestido con el mismo guardapolvo blanco que usaban todos. Nadie lo miró. En el Louvre, un hombre con ese delantal era de confianza.
Caminó hasta el Salón Carré, descolgó la Gioconda y se fue al cuarto de calderas. Ahí, con la paciencia de un artesano, sacó el marco de madera de cuatrocientos años, envolvió la tabla en su gurdapolvo y se la puso bajo el brazo. Salió por la puerta principal de la calle Visconti. El guardia de la entrada ni siquiera levantó la vista cuando el pequeño italiano pasó por su lado con el tesoro más grande de Francia escondido en una axila.
El hueco donde había estado la Gioconda se convirtió en una atracción en sí misma. La gente hacía fila para mirar la ausencia. En 1913, un pequeño anticuario de Florencia recibió una carta. Un italiano decía tener la verdadera Gioconda y quería devolverla a su país. El italiano era Vincenzo Peruggia. Había guardado el cuadro durante dos años en su departamento de París, convencido de que cumplía una misión patriótica.
Cuando la policía recuperó el cuadro, el mundo respiró aliviado. Nadie pudo demostrar jamás si el marqués de Valfierno había existido de verdad. Pero en algún lugar de América, seis millonarios siguieron creyendo durante años que la Gioconda colgaba en secreto en sus bibliotecas.
Y tal vez tenían razón.
(*) cronicasdebaigorria.blogspot.com






