El 2001 marcó un antes y un después cultural, de proporciones. Valores, mandatos, creencias, costumbres, deberes y derechos, mutaron. Muchos para mal, pocos para bien.
Fuimos y somos protagonistas de sustanciales retrocesos en la mirada de nuestras responsabilidades.
En este esquema, fue, posiblemente, la cultura del trabajo, una de las más afectadas, antes adquirida desde los hogares en los que crecimos.
Como contrapartida, hoy, y desde ese momento a esta parte, estamos en presencia de una tercer generación, que, en su mayoría, creció viendo a sus abuelos, cobrar un plan sin la obligación de trabajar, sin amanecer apurado por llegar a horario al empleo, sin dudar acerca de la importancia de la educación, del esfuerzo y del trabajo para progresar.
Pero, no es el pueblo el culpable de que esto se haya tornado diferente, al menos no, del inicio de esta pandemia cultural. A lo largo de estos años, elegimos confiando en la dirigencia que luego nos defraudó, y, que derivó, en ese trágico 2001. Años de cortoplacismo y estancamiento, de consolidación de un estado que no ha sabido separar lo urgente de lo importante. Siendo, precisamente lo urgente, lo que no dio margen para desandar el camino hacia la cultura del facilismo, transformando esta lógica, incluso, en funcional para buena parte de la clase política.
Caímos en un círculo vicioso cuya principal consecuencia fue la devastación económica, social, educativa, que hicieron de los paliativos una constante.
No es contra quienes reciben los planes o el asistencialismo, sino por ellos, por su derecho a no rendirse en la lucha por una vida mejor, a crecer, y no precisamente, por el aumento del plan.
La frase que tanto escuchamos a nuestros abuelos, MI HIJO EL DOCTOR, es la que mejor sintetiza la vida que no debemos olvidar, y que, sin dudas, debemos reeditar.
No está bien, cambiar asignación por más asignación…
En este sentido, posiblemente seamos la generación que deba trabajar para comprender y, hacer comprender que, no es malo desandar, pero para volver a andar, como se debe.
Salvando las diferencias ideológicas y prácticas que podamos tener con este nuevo gobierno, ojalá podamos trascenderlas para avanzar, como argentinos, es este futuro ideal, que nadie puede ignorar.
Felices fiestas. Que este 2024, a pesar de lo duro que asoma, sea el comienzo del camino virtuoso que merecemos.
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