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Home Opinión
Ser libres

Las raíces del odio

Redacción Grupo La Verdad por Redacción Grupo La Verdad
13 marzo, 2026
en la categoría Opinión
Tiempo de Lectura:6 min para leer
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Por Sergio Terrón

Según el relato bíblico EL ODIO hizo su aparición en los albores de la humanidad, como indica el libro de Génesis 4:8: “Aconteció que, mientras estaban en el campo, Caín procedió a atacar a Abel su hermano y a matarlo”. “¿Y por qué causa lo degolló? —escribe el apóstol Juan—. Porque sus propias obras eran inicuas, pero las de su hermano eran justas.” Entonces, Abel fue víctima de una de las causas más comunes del odio: la envidia, los celos. Desde entonces y hasta el momento presente, muchas personas siguen atacándose por envidia de la condición social, la riqueza, las posesiones u otros múltiples factores que travestidos aparecen en nuestra realidad envenenando las mentes , encontrando un camino de exponencial reproducción en las redes sociales.

Desde la Filosofía clásica, Aristóteles considera el odio como una emoción profunda y duradera, contraria al amor, que surge de la percepción de una injusticia, desprecio o daño grave, especialmente cuando se considera que el objeto del odio es inherentemente malo o perjudicial. A diferencia de la ira, que es pasajera y busca reparación, el odio se dirige hacia la destrucción o aniquilación del otro, sin necesidad de un beneficio propio. En su obra Retórica, Aristóteles señala que el odio no conlleva necesariamente aflicción o dolor, a diferencia de otras emociones como la compasión o la vergüenza, lo que lo hace más calculador y racionalizado. Este sentimiento puede extenderse a grupos o ideas, no solo a individuos, y se alimenta de causas como la envidia, el miedo o la humillación.

En el constante camino de la reproducción del odio, juegan un papel trascendental la ignorancia y los prejuicios que encuentran uno de los campos más fértiles en el racismo. Según The World Book Encyclopedia, la gente con prejuicios tiende a abrigar opiniones “infundadas […,] a tergiversar, distorsionar, malinterpretar o incluso pasar por alto todo lo que discrepe de sus ideas preconcebidas”.

En Estados Unidos, por ejemplo, el sistema esclavista dejó un legado de tensiones —que perviven hasta nuestros días— entre muchos blancos y afroamericanos. No es raro que los criterios del exclusivismo de raza se transmitan de padres a hijos. Así coexisten en su seno, blancos, racistas declarados, que admiten sentir rechazo hacia los negros, los latinos,los musulmanes, y muchas veces sin haber tenido el más mínimo contacto con algunos de estos grupos étnicos . Este tipo de personas -xenófobas por cierto – creen que las personas diferentes no pueden ser buenas. Quizás tuvieron un incidente aislado con alguien de otra raza o cultura, y desde ese margen concluyen que todos los miembros de esa colectividad comparten el mismo defecto.

Aunque la intolerancia es espantosa a nivel individual, cuando infecta a todo un país o continente puede resultar mortífera. La noción de que la nacionalidad, el color de la piel, la cultura o el idioma que pretenden hacer a un ser humano superior a otros pudiera ser un caldo de cultivo del fanatismo y la xenofobia (hostilidad hacia toda persona o cosa extranjera). Durante el siglo XX, tal intransigencia se tradujo a menudo en actos violentos y en la actualidad ha alcanzado niveles preocupantes que amenazan la coexistencia pacífica entre los pueblos.

Sin embargo, el odio y la intolerancia no se centran únicamente en el color de la piel o la nacionalidad. El investigador Clark McCauley, de la Universidad de Pensilvania, señala que “la división arbitraria de la gente en dos grupos, aunque se realice lanzando una moneda al aire, basta para generar parcialidad hacia el grupo al que uno pertenezca”. Una maestra demostró este hecho con un famoso experimento: al dividir a sus alumnos de tercer grado (de ocho años) en dos secciones según el color de los ojos, azules o castaños, enseguida surgieron las disputas. Hasta las asociaciones que se fundan en cuestiones tan triviales como la predilección por un determinado equipo deportivo pueden desencadenar choques violentos. Lo vemos a diario.

Pero luego de este breve exhordio cabe preguntarse ¿por qué tanta violencia en nuestros días? El mencionado Clark McCauley compiló una extensa bibliografía sobre los estudios que analizan la violencia y la agresividad humana. Menciona uno que indica que “los delitos violentos guardan relación con las guerras y las victorias bélicas”. Los investigadores descubrieron que “los países que intervinieron en las dos conflagraciones mundiales, sobre todo los que resultaron vencedores, vieron aumentar el número de homicidios durante la posguerra”. Vivimos en un período de contiendas bélicas, ¿No es posible, por tanto, que estas potencien otras formas de violencia?

Desde otro margen, hay especialistas, que buscan una explicación biológica a la agresividad humana. Un estudio trató de relacionar ciertos tipos de agresiones con “la presencia de niveles bajos de serotonina en el cerebro”. Otra teoría popular es que la agresividad acecha ya en nuestros genes. Buena parte [del odio] tal vez venga integrada en nuestro organismo, según esta vertiente conceptual.

Sin embargo y por fortuna, no todos los seres humanos sienten odio irracional hacia otras personas. Tal sentimiento se aprende. De ahí que el famoso psicólogo Gordon W. Allport comentara que los niños pequeños “apenas […] manifiestan instintos destructivos.[…] El bebé es confiado y se acerca a casi todo tipo de estímulo y de persona”. Tales observaciones respaldan la postura de que la agresividad, el prejuicio y el odio son, en esencia, conductas aprendidas. Los maestros del odio explotan agresivamente la aparente capacidad humana de aprender a odiar. Lo preocupante es que actualmente, muchos comunicadores y formadores de opinión (especialmente los conocidos como haters) infectan de odio y violencia las redes sociales y efectúan una construcción del “ellos” para quienes no comparten las posturas conceptuales de los grupos dominantes,logrando cautivar a muchas personas con sus narrativas de intolerancia y aparente superioridad.

En primera línea de envenenadores, aparecieron en el mundo occidental los líderes de grupos que incitan al odio, como los cabezas rapadas de orientación neonazi y el Ku Klux Klan. Su blanco de captación, suelen ser jóvenes influenciables de familias problemáticas, chicos con sentimientos de inseguridad e inferioridad que desean obtener un sentido de pertenencia.

Actualmente, el medio más poderoso para difundir el odio es Internet que, según un recuento reciente, alberga más de un millar de sitios que incitan a la hostilidad. De acuerdo con la revista The Economist, el dueño de uno de ellos dijo: “Gracias a la Red, hacemos llegar nuestros puntos de vista a centenares de miles de personas”. Ese mismo espacio incluye una “Sección infantil”. Demencial.

Al navegar por las redes, personas de todas la franjas etarias , tropiezan fácilmente con enlaces fundamentalistas ,que incitan la discriminación y la violencia respecto de todo lo que sea diferente. Esas mismas páginas ofrecen conexiones con grupos de noticias, foros de charla y otros espacios que fomentan la hostilidad.

En su libro Holy Hatred: Religious Conflicts of the ’90’s (Odio sagrado: conflictos religiosos de los años noventa), el escritor James A. Haught hace este perturbador comentario: “Una de las grandes ironías de la década de 1990 es que la religión, que supuestamente genera bondad e interés humano, sea la primera causa de odios, guerras y actos terroristas”. Prueba contundente de dicha afirmación son los milenarios conflictos de oriente medio entre Musulmanes, judíos y cristianos.

Por lo visto, las raíces del odio son múltiples y complejas. Entonces, ¿no hay manera de conseguir que el hombre se salga del círculo vicioso del odio, esa locura que ha marcado su historia? ¿Pueden adoptarse medidas, tanto de carácter personal como internacional, para combatir la incomprensión, la ignorancia y el temor que engendran odio?.Creemos que si y una de la maneras es regular tan siquiera mínimamente las redes sociales y sitios que fomentan e incitan el odio entre los seres humanos. Hay mucho para trabajar.

Desde nuestro humilde margen, queremos dejar algunas reflexiones para aplicar a nivel individual. El prejuicio y el odio son conductas aprendidas, debemos enseñar que la tolerancia y el respeto por las opiniones ajenas son pilares fundamentales. No descalifiquemos automáticamente a quien vierte conceptos diferentes a los de los grupos dominantes. Aprendamos a escuchar con respeto.

No nacemos con sentimientos de odio e intolerancia, desde la más temprana edad inculquemos valores de convivencia por la diversidad de culturas y pensamientos. Ignoremos a quienes descalifican, denigran y humillan detrás de un teclado .Sembremos estos valores y todo puede llegar a cambiar positivamente.

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