Por Marcelo Sicoff
Hubo un tiempo en la televisión argentina en que humillar a otro daba rating. Cuanto más indefenso fuera el humillado, mejor. Viejos, inmigrantes, borrachos, cartoneros, tipos que hablaban solos en la calle. La cámara se acercaba, alguien hacía un chiste en el estudio y todos se reían. De ellos, no con ellos.
En medio de esa televisión de gritos, escándalos y personajes fabricados para durar quince minutos apareció un periodista flaco, medio tímido, que hacía exactamente lo contrario: caminaba despacio, acercaba la cámara y el micrófono, y escuchaba.
En aquella televisión, eso era rarísimo.
Trataba a esas personas como si fueran personas.
Le decían Polo. Se llamaba Fabian Polosecki.
Venía de las redacciones y saltó a la pantalla con una campera negra y una mezcla rara de timidez y curiosidad. El guion era la noche porteña y mientras el resto de la televisión se encerraba en estudios llenos de luces, Polo salía a buscar a los que vivían en los márgenes: el taxista que llevaba treinta años manejando de madrugada, el hombre que escondía un secreto en una pensión de Constitución, la mujer que esperaba todas las noches a alguien que nunca volvía.
No los entrevistaba: los habitaba.
Se quedaba ahí, fumando, dejando pasar el tiempo, hasta que la cámara dejaba de ser un intruso y se convertía en testigo.
El otro lado era la intemperie. Polo caminaba la ciudad de noche como si Buenos Aires fuera un territorio infinito lleno de historias mínimas que nadie estaba mirando. Entraba en bares vacíos, estaciones de servicio, pensiones, departamentos donde el tiempo parecía detenido.
Después vino El visitante.
Y algo cambió.
Polo ya no parecía salir a buscar historias: parecía refugiarse en ellas.
Después del último programa de El visitante, Polo volvió al lugar donde había pasado parte de su infancia: el Delta del Tigre. Se instaló en el arroyo Abra Vieja, el mismo rincón del Delta donde descansan las cenizas de Roberto Arlt. Cada tanto volvía a la ciudad. Llegaba a Buenos Aires con el pelo largo y las botas embarradas. Algunos dijeron que estaba perdiendo la cordura; sus amigos de la isla decían que no: que el barro en las botas era simplemente la realidad de los que viven ahí. Que la locura era otra cosa.
Años antes, mientras filmaba El otro lado, había grabado una escena que nunca salió al aire. Polo había escuchado muy atentamente a Mario, un maquinista de trenes, que le describió el sonido exacto de un cuerpo contra las vías: un golpe sordo, dijo, como una tabla que se parte. Y después le señaló, casi al pasar, cuál era la zona cerca de Santos Lugares donde más gente se arrojaba a las vías. Su hermano Claudio contaría años después que Polo decidió no emitir ese fragmento. Dijo que era como un manual de instrucciones para los suicidas.
En uno de los programas había dicho en off:
‘Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener historias que contar: es haber oído demasiadas y no poder olvidarlas’.
En diciembre de 1995, en el último off de El visitante, Polo lanzó una pregunta al aire: ‘¿Cuándo fue que dejé de ser un visitante?’
El 3 de diciembre de 1996, Fabián Polosecki fue a Santos Lugares.
Al lugar exacto que el maquinista le había señalado.
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