Por MID Provincia de Buenos Aires
Las recientes declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo, al señalar que “nunca compré ropa en Argentina”, reavivaron un viejo debate entre quienes promueven la apertura indiscriminada de la economía y quienes defienden la protección de la industria nacional, en este caso la industria textil, un sector golpeado durante décadas. A esto se sumaron expresiones del vocero presidencial, Manuel Adorni, quien sostuvo que la importación de indumentaria no genera pérdida de puestos de trabajo, afirmación que no se condice con las estadísticas conocidas.
Desde el desarrollismo sostenemos una mirada distinta. Frente a cada problema estructural nos hacemos una pregunta central: ¿qué nos hace más Nación? ¿Seremos una mejor Argentina importando cualquier cosa, sin darles a las pymes locales la oportunidad de ser más competitivas? Creemos que, sin una reducción de impuestos distorsivos nacionales y provinciales, sin alivio en las cargas laborales, sin mejoras en los costos logísticos y sin una integración real mediante infraestructura adecuada, es muy difícil que las pequeñas y medianas empresas puedan competir en igualdad de condiciones.
Es cierto que algunos empresarios se han beneficiado durante años de distintas formas de “protección estatal”, pero no se puede meter en la misma bolsa a esos pocos grandes jugadores con los miles de pequeños y medianos empresarios que intentan subsistir día a día produciendo y generando empleo.
Tampoco creemos que la solución sea reinstalar precios máximos en la indumentaria. Esa receta ya fracasó de manera rotunda. Sin embargo, resulta igualmente ingenuo librar todo al azar del mercado, más aún cuando desde el propio Ministerio se desconoce la realidad productiva del interior bonaerense. Existen polos textiles históricos, con conocimiento acumulado y calidad comprobada, en ciudades como Mar del Plata, Las Flores, Pergamino, Benito Juárez, Pigüé y Coronel Suárez. Desguazar lo que queda de la industria textil es un error que responde a una mirada alejada del territorio y de la vida real de las comunidades.
El problema de fondo es el cierre sostenido de pymes y el aumento del desempleo, una situación que deriva inevitablemente en una caída del consumo. La discusión central debería enfocarse en cómo generar empleo moderno, incluyendo al sector textil y a otras actividades similares, de modo que también beneficie a los consumidores con precios más bajos. Eso solo es posible alcanzando costos de producción, comercialización y financiamiento más razonables, sin destruir a quienes producen y crean valor en el país.El debate político debería orientarse a cómo construir un país desarrollado, moderno y competitivo, y no quedar atrapado en falsos antagonismos entre apertura o cierre total de la economía.
Como afirmaba Carlos Pellegrini: “Sin industria no hay Nación”.
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