Por: Marcelo Sicoff
Estamos en 1986, en una discoteca de Río de Janeiro donde la música amenaza con romper las paredes. Ahí está Mauricio, delantero de Botafogo, que todavía no sabe que un día va a convertirse en héroe del club, charlando en la barra con un tipo extremadamente simpático, de esos que se adueñan de una mesa en cinco minutos. Si nos acercamos y bajamos el volumen de la música, vamos a escuchar esto:
— ¿Me podés meter en el equipo de Botafogo? No como empleado. Como jugador.
Mauricio no se ríe. Lo mira fijo unos segundos:
—Vos te parecés a Beckenbauer.
Hace una pausa. Levanta el vaso.
—Desde ahora sos el Kaiser.
Ahí sí empieza esta historia.
El Kaiser pasó por más de diez clubes. Comenzó en el Botafogo; después, su amigo Renato Gaúcho —ex jugador de la Roma y de la selección brasileña— lo llevó al Flamengo. En el Fla, con apenas 24 años, se paseaba por los entrenamientos hablando en inglés por un teléfono celular de juguete. Nadie entendía nada, pero pronto fue fichado por el Puebla de México. No duró mucho. Se fue a El Paso Patriots de Estados Unidos. Unos seis meses.
En 1989 recaló en el Bangu. Era suplente cuando el director técnico lo mandó a precalentar por orden del presidente del club. Cuando vio que los hinchas insultaban al equipo detrás del alambrado, el Kaiser leyó la jugada al instante: saltó la cerca y se metió a pelear con la tribuna. Lo expulsaron antes de entrar a la cancha.
Un año después llegó a Europa.
Ajaccio. Córcega. Francia.
La presentación oficial estaba llena de hinchas esperando jueguitos y malabares con la pelota de su nueva estrella. El Kaiser vió el peligro. Empezó a agarrar cada una de las pelotas que le acercaban y las pateó de regalo a la tribuna mientras besaba el escudo de la camiseta. Los hinchas enloquecieron. El Kaiser regaló más de cincuenta pelotas aquella tarde. Casi todo el patrimonio del club.
Cuando le tocó debutar, apenas ingresó al campo, se tiró al suelo simulando un desgarro y pidió seguir a pesar del dolor por amor a la camiseta.
Después retornó a Brasil. Más clubes, más contratos, más vestuarios compartidos con Rocha, Renato Gaúcho, Romario, Branco y Bebeto. A los 38 años optó por retirarse.
A pesar de haber sido delantero, en sus casi veinte años de carrera el Kaiser, que se llama Carlos Henrique Raposo, demostró una alarmante falta de olfato goleador: se retiró sin haber marcado un solo gol.
Su verdadero talento era otro.
En una época sin internet ni información al instante, todo su truco consistía en mostrar una foto. La foto de un campeón del mundo. El 9 de diciembre de 1984, a los seis minutos del primer tiempo, Claudio Marangoni metió un pase entre líneas y José Percudani definió con un toque suave ante la salida del arquero del Liverpool inglés. Independiente acababa de consagrarse campeón intercontinental. En el plantel de aquel campeón había un jugador llamado Carlos Henrique.
Sin H.
Durante años, dirigentes, representantes y periodistas vieron la foto.
Pero casi nadie miró la letra chica.







