Por Daniel Giudiche
La idea de que el Estado argentino está siendo “destruido” no es solo una opinion de un sector de la política: es una percepción que gana terreno a medida que se profundizan los efectos concretos de las políticas impulsadas por el Presidente Javier Milei. Más allá de la valoración ideológica que cada quien pueda tener sobre el rol del Estado, lo cierto es que los cambios abruptos en su tamaño, funciones y capacidad de intervención, están generando un impacto que excede lo económico y se instala de lleno en lo social y lo psicológico.
La reducción del gasto público, la paralización de las obras, los recortes en áreas sensibles y la desregulación acelerada configuran un escenario donde amplios sectores quedan expuestos a una incertidumbre constante. El argumento criminal oficial suele girar en torno a la necesidad de «corregir», según el oficialismo, desequilibrios. El resultado inmediato es visible: caída del empleo, pérdida del poder adquisitivo y una sensación generalizada de fragilidad.
Pero el problema no termina en los indicadores económicos. Cuando el trabajo escasea y las perspectivas de mejora se diluyen, emerge otro tipo de crisis, menos cuantificable pero igual de profunda. La ansiedad, el estrés y el desánimo comienzan a formar parte de la vida cotidiana de las familias. No es casual que aumente la preocupación por la salud mental en contextos de inestabilidad prolongada: la incertidumbre constante erosiona la capacidad de proyectar, de planificar y, en última instancia, de sostener la esperanza.
En este sentido, la discusión sobre el “tamaño” del Estado debería ampliarse hacia su función como red de contención. Un Estado que se retira, no solo deja vacíos en términos de servicios o regulación, sino también en términos simbólicos: desaparece como garante de cierta previsibilidad. Y cuando esa previsibilidad se pierde, la sociedad entra en un terreno donde predominan el miedo y la desconfianza.
La crisis argentina tiene raíces profundas y múltiples. Sin embargo, las decisiones políticas pueden acelerar o amortiguar sus efectos. Hoy, la evidencia sugiere que la velocidad del ajuste está intensificando tensiones ya existentes, generando un clima social cada vez más denso.
La pregunta de fondo, entonces, no es solo económica. Es también humana: ¿cuánto puede resistir una sociedad sometida a una crisis a la que no se le impone un freno? Y, más importante aún, ¿qué tipo de país se construye cuando el costo del falsamente llamado «reordenamiento del estado» recae, de manera tan directa, sobre el bienestar emocional y la estabilidad cotidiana de su población? El ya conocido dicho «Lo importante es tener salud, el resto se soluciona», pues bien, Milei ha impulsado decenas de baterías de medidas que fueron, van y seguirán siendo una contraposición de los intereses de su pueblo, en síntesis , le ha quitado todo lo que generaba bienestar sobre las «CASTAS TRABAJADORAS».
Ya arrasó con la economía, los sueños de millones de jóvenes y la capacidad de proyectar de éstos, ahora va por nuestra salud mental.
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