El debate del articulado de la Ley De Bases en el Congreso de la Nación transcurrió en los últimos días en el marco de un clima de violencia e intolerancia que, por momentos, se metió de lleno en el recinto.
El tono de ciertos legisladores y el contexto del exterior tiñeron de nerviosismo y tensión las maratónicas y agobiantes jornadas en las que se pusieron en juego varias cuestiones.
El capital político del oficialismo, las fragmentaciones en la oposición y las acusaciones de coimas y valijas que iban y venían sobrevolaron el tratamiento de la llamada en principio Ley Ómnibus, entremezclándose con la represión de las fuerzas de seguridad que, otra vez, llevaron a la práctica el protocolo anti piquetes ideado por la ministra Bullrich apenas asumido el Gobierno de Milei.
Al ritmo del accionar de la Policía Federal y de la Gendarmería puertas afuera, la temperatura de las discusiones fue elevándose tanto desde lo simbólico como desde lo ideológico. Una vez más quedó claro que lejos de acortarse las brechas, la grieta en Argentina sigue profundizándose y haciéndose cada vez más evidente.
La imagen del kirchnerismo duro aliado con los representantes de la Izquierda tratando de impedir el avance de los uniformados por sobre los manifestantes que intentaban hacerse dueños de la calle fue una muestra más de la división que, dentro de la cámara, ya estaba establecida desde hace al menos tres semanas.
La conducción política del país necesita cambiar las formas, fortalecerse, consensuar y generar espacios de intercambio de ideas distintos. Alejados de las practicas violentas y /o represivas que nos retrotraen a las épocas más tristes de nuestra historia.
Quienes ofician de representantes de la ciudanía toda tienen la obligación de hacerlo, porque para eso se los responsabilizó con el sufragio.






