Por Marcelo Sicoff
Llegó como vos no lo esperabas, cantaban Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Un baión para el ojo idiota, allá por 1988. Cuando la escuché por primera vez, yo ya sabía algo del futuro.
Lo había visto unos años antes, una noche lluviosa de sábado, en el Cine Crystal Palace.
En aquellos años, cuando era adolescente, meterse en el cine era un plan bastante frecuente. No había mucho por hacer y, a veces, tampoco quedaban demasiadas monedas en los bolsillos. Y el espectáculo no era solo ver dos películas: esa era apenas la mitad del show.
La otra mitad era Carabina.
El caramelero se llamaba Héctor Daniel Balmenique, aunque todos le decían Pocho. Durante la semana andaba por la ciudad repartiendo diarios y revistas; los fines de semana vendía golosinas antes de la función y durante el intervalo. Tenía una manera tan particular de ofrecer los caramelos que le pusieron de apodo Carabina, porque ese era el sonido que parecía salirle de la garganta. Se ponía fuera de sí cada vez que escuchaba el grito y empezaba a recorrer el pasillo en la penumbra, buscando al gracioso mientras Carabina empezaba a multiplicarse en abanico por distintos rincones del cine.
Nunca lo encontraba, y esa era la gracia.
El Crystal no era solo un cine, era un emblema cultural que se había inaugurado en 1926 y en cuya frente podía leerse una placa: «En esta sala actuó por última vez «El Zorzal Criollo» Carlos Gardel la noche del jueves 3 de agosto de 1933». No aclara que se refiere a la ciudad de Junín, porque la última actuación del Zorzal en la Argentina fue en noviembre, en Gualeguaychú, pero esa es otra historia.
Esa noche lluviosa de sábado, me acomodé en una de esas butacas durísimas de lapacho oscuro. Me había metido al cine sin saber de qué se trataba la película que, a partir de esa noche, se iba a convertir en mi película favorita.
Como yo, millones de personas en todo el mundo salieron de las salas sin poder creer lo que habían visto. Eran años en los que las películas tardaban meses en llegar a nuestro país. Después me enteré de que esta había demorado casi un año en llegar porque la crítica norteamericana la había destrozado. Era entendible: le había tocado debutar en el verano de 1982, aplastada por una avalancha de futuros clásicos como Star Trek II: La ira de Khan, Conan el bárbaro, la remake de La cosa, de John Carpenter, y el E.T. de Steven Spielberg.
Se llamaba Blade Runner.
La película imaginó 2019 como un futuro tecnológico y decadente, lleno de replicantes, publicidad gigantesca, vehículos voladores y máquinas capaces de hacer cosas que en 1982 parecían imposibles. Pero en ese futuro alguien seguía leyendo un diario de papel.
No era un error.
Ridley Scott acertó en casi todo lo que en 1982 parecía imposible. Algunas cosas cambiaron; otras se quedaron para siempre. No se equivocó con el diario. Ni con los libros.
Yo todavía tengo algunos libros de aquellos años. Uno estaba en una librería de Junín que ya no existe. Otro lo compré usado y todavía tiene, en la primera página, el nombre del dueño anterior escrito con birome. Hay uno que tiene una entrada de cine adentro. Ya no se lee de qué película era.
Nunca me acordé.
Pero todavía me acuerdo de Carabina. No solo del Cine Crystal.
De Carabina.
De su voz atravesando la oscuridad. De la platea entera esperando que se enojara. Por eso sigo creyendo que el futuro nunca termina de llegar como nos prometieron. Siempre deja algo afuera: un diario sobre una mesa, un libro con una entrada de cine adentro. O un hombre caminando entre las butacas, buscando al que acaba de gritarle por quinta vez:
— ¡Carabina!
Lo curioso es que, después de tantos años, todavía puedo escuchar la voz.
Eso tampoco lo había previsto nadie.
Ni Ridley Scott.
Cronicasdebaigorria.blogspot.com
En instagram @misicoff






