Por Marcelo Sicoff
Era una época en la que, en París, la gente quería ver cosas raras y el comerciante alemán Carl Hagenbeck olió el negocio antes que nadie. El hombre sabía del asunto: llevaba años cazando leones en África y elefantes en Asia para vendérselos a los mejores circos de Europa. Su gran hallazgo, sin embargo, no fue traer bestias cada vez más raras, sino cambiar las jaulas. Hagenbeck entendió que a los burgueses les parecía poco natural ver a las fieras detrás de los barrotes; así que cambió las rejas por un foso disimulado, puso algunas plantas de utilería y vendió la ilusión de que el animal vivía en libertad.
Entonces el tipo decidió dar un paso más. Si la gente pagaba por ver a un león de Bengala en un foso sin barrotes, ¿por qué no iba a pagar por ver a los salvajes que convivían con esos leones? En 1875, en su finca de Hamburgo, armó su primera «exhibición étnica»: trajo a una familia sami con sus renos y los instaló en un campamento de utilería. El público agotó las entradas. Hagenbeck entendió de inmediato que había encontrado una mina de oro y amplió el catálogo con el mismo criterio con el que reponía animales: importó sudaneses, inuit del Ártico y aborígenes de los canales patagónicos. A cada grupo le inventaba una escenografía con sus chozas, sus pieles y sus bailes. Así la sociedad europea sentía la emoción de asomarse a un mundo incivilizado pagando una entrada general. Había inventado los zoológicos humanos bajo la misma premisa con la que revolucionó las jaulas: que la cautividad se disfruta más si parece natural.
Empezó a exhibir a los salvajes en Alemania y Suiza, y después los llevó al Jardín de Aclimatación de París. Más de medio millón de personas pagó su entrada. Entre la multitud había antropólogos y médicos que conseguían sesiones privadas para medir las cabezas de los cautivos, fotografiar sus cicatrices y examinar, a la luz de una vela, los genitales de las mujeres.
Los trasladaban entre ciudad y ciudad en vagones de carga. Cinco semanas en el Zoológico de Berlín, y de ahí a Leipzig, Múnich, Stuttgart, Núremberg. En el camino hacia Zúrich la gira tuvo que interrumpirse porque el espectáculo empezó a pudrirse por dentro: los guardias y operarios abusaban sexualmente de las mujeres. La tuberculosis, el sarampión y la sífilis hicieron el resto.
Murieron todos.
Los restos terminaron encurtidos en los frascos de cristal del Departamento de Anatomía de la Universidad de Zúrich.
Todos sabemos que cuando un negocio funciona genera imitadores, por eso en 1888 el ballenero belga Maurice Maître decidió ir un poco más lejos: desembarcó en la Isla Grande de Tierra del Fuego y secuestró a once indígenas selk’nam. Los transportó encadenados y los exhibió en la Exposición Universal de París de 1889. Para acentuar la ferocidad del espectáculo, los empleados les arrojaban pedazos de carne cruda de caballo y los mantenían intencionalmente sucios, con poca ropa y en estado de abandono. En los pabellones principales la culta sociedad europea celebraba las telas de Van Gogh y Monet; a pocos metros, en una jaula, devoraban carne sangrienta los salvajes del fin del mundo.
Para entonces, el exterminio ya era un negocio. Unos años antes, en octubre de 1886, desembarcó en las costas fueguinas el explorador rumano Julius Popper. Había viajado con la excusa de buscar oro y se adjudicó el descubrimiento del río Grande, pero la historia lo recuerda como un «cazador de indios». No pasó mucho tiempo para que los amigos de Popper, las empresas dedicadas a la explotación de las ovejas, empezaran a pagar una libra esterlina por cada selk’nam asesinado, previa entrega de las orejas o las manos cortadas de la víctima. Pero como nada se tira y todo se transforma, los cráneos se embalaban rumbo al Museo Antropológico de Londres, que pagaba cuatro libras por cabeza.
En esos mismos años, mientras en Europa hacían fila para mirar indígenas detrás de un alambrado, en Tierra del Fuego nacía una chica destinada a cantar en un idioma que Europa ya había decidido que iba a desaparecer.
Benito Fava se preguntó a quién le cantaba esa mujer en medio de la nada. Y la respuesta es que le cantaba a todo: a las estrellas, al mar, a los animales que se paraban en el matorral a escucharla. Le cantaba a su pueblo y a su gente, que de a poco se extinguía.
Era una mujer sola, cantando en una lengua que ya no tenía con quién hablar.
El invierno de 1966 llegó con treinta grados bajo cero. Ella se quedó encerrada en su choza, viviendo de lo que algunos vecinos le acercaban. Como vieron que ya no comía, la llevaron contra su voluntad al Hospital de Río Grande. Murió tres días después. La enterraron en el cementerio de la ciudad, donde nadie hablaba la lengua en la que ella había cantado toda su vida.
Se llamaba Lola Kiepja. Fue la última ona.
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