La interna del Partido Justicialista en la provincia de Buenos Aires se ve enmarcada en la previa por una tensión histórica que atraviesa al peronismo desde hace décadas: la puja por los liderazgos, la territorialidad y el armado político.
Las diferencias, principalmente, se expresan sobre un debate que apunta a reorganizar el principal espacio opositor en un contexto social y económico adverso para un amplio porcentaje de la población.
El peso específico de la provincia de Buenos Aires no es menor, por el contrario. Y ante eso, el control del PJ bonaerense implica la posibilidad cierta de incidir en el rumbo nacional. Por eso, este reacomodamiento debería ir más allá de los nombres propios y proyectar un modelo de conducción sólido, coherente y plural.
El poder territorial de la fuerza se vio resquebrajado tras las elecciones últimas, lo que da cuenta de un votante que demanda respuestas concretas frente a la crisis, más allá de las rispideces internas. Si la disputa se vuelve un fin en sí mismo, el riesgo es que el PJ aparezca más concentrado en dirimir cargos y egos que en ofrecer una alternativa real a la ciudadanía.
Lo que se pone en juego, una vez más, es la construcción de acuerdos que ordenen y diagramen una estrategia capaz de contener la diversidad del territorio provincial, buscando aliados donde no los hay y las adhesiones perdidas. Es clave para cualquier planificación futura no perder de vista cuestiones básicas.
Pero el desafío del peronismo bonaerense no es solo ordenar la interna, sino-además- hacerlo de un modo capaz de interpretar las carencias existentes en la sociedad actual.
Si la discusión queda limitada a quién será el que mande, el resultado será previsible. Como ya ha sucedido tantas veces.
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