La inflación de febrero fue de 2,9 por ciento, según los datos dados a conocer este jueves por el Instituto Nacional de Estadística y Censos. El número resultó similar al que marcó enero, y con él, en los últimos 12 meses, la variación fue de 33,1 por ciento. En tanto que en lo que va del año se acumula una suba del 5.8 por ciento.
El registro último indica que la estabilidad económica sigue siendo una meta difícil de alcanzar por el momento. Aunque los números dan cuenta de una desaceleración respecto de picos anteriores alcanzados, el incremento sostenido de precios continúa pulverizando el poder adquisitivo de los asalariados.
La inflación no es solo una cuestión de estadísticas mensuales, sino un síntoma de la permanente desconfianza y la desvalorización de la moneda, contextualizada por la inercia de precios y la incertidumbre de sectores amplios.
El pasado mes se dieron subas (otra vez) particularmente sensibles en rubros como alimentos, transporte y servicios, es decir el cúmulo de gastos que ocupa mayor proporción del presupuesto en la mayoría de los hogares, especialmente en los de menores ingresos.
En términos de la economía cotidiana, las cifras del INDEC emiten una señal ambigua: por un lado se acentúa cierta desaceleración, pero por el otro se avizora lejana una normalización de la situación.
Consolidar un programa que logre reconstruir condiciones macroeconómicas que permitan planificar y reducir de manera sostenida la inflación no es sencillo de lograr, sobre todo en un país con particularidades históricas y desequilibrios constantes como las que presenta Argentina.
Lo que resta por hacer parece no ser poco.






