Hablar de salud mental, implica necesariamente encontrarnos con una polisemia de sentidos, ya que necesariamente cuando hablamos de salud mental, tenemos que preguntarnos como concebimos a la enfermedad mental. Es decir, interrogarnos acerca de las concepciones de salud y enfermedad mental que portamos, implica concebir a ambas, atravesadas por distintos factores según los momentos epocales de una sociedad.
Se podría decir que esta concepción de salud mental opuesta a enfermedad mental, es la concepción más general que circula en una sociedad. Dicha concepción se encuentra atravesada por variables ideológicas y culturales acerca de la salud y enfermedad.
Así como dijimos que dicha concepción es la más general de una sociedad, corremos el peligro de concebir a la enfermedad solo como “mental”, dejando de lado los factores sociales, políticos y económicos que atraviesan la salud de una población y que por lo tanto determinan socialmente las condiciones de producción de salud, como de enfermedad.
Si hacemos un poco de historia en torno al concepto de salud mental, podemos remontarnos al higienismo mental, movimiento que surgió a principios del siglo XX en EE.UU. Movimiento superador del alienismo, cuya fachada fue la psiquiatría y el manicomio. Será recién con la llegada del “Estado de Bienestar” que se planificó un Estado interventor del capitalismo,
generando una redistribución de los recursos de manera más justa y equitativa, lo que permitió buscar las causas de la falta de salud mental, en las condiciones sociales, políticas y económicas que atraviesan a una población.
Conjuntamente con el cambio de la concepción de Estado, cambia el abordaje de la enfermedad mental, dejando de lado la hegemonía de la psiquiatría, y dándole paso al abordaje interdisciplinario de la enfermedad mental, es decir, pasar de una sola teoría, a un conjunto de teorías intercomunicadas, pasar del manicomio a distintas instituciones de salud mental, pasar de la hegemonía de la psiquiatría clásica, a una política de salud mental.
Amalgamado a la psiquiatría manicomial, se encuentra el gran negocio de los monopolios de las industrias de medicamentos, ya que “introducir la píldora” para reducir el malestar subjetivo en los tiempos epocales que corren, responde a la urgencia subjetiva de lo inmediato, como decía Luca Prodan (Sumo), en la letra de una de sus canciones, “no se lo que quiero, pero lo quiero ya”. Es decir, taponar la angustia a través de la píldora, sigue respondiendo a la necesidad de taponar la falta sin que el sujeto se pregunte qué es lo que quiere. Pregunta estructural, que implica tolerar la falta.
Será desde la posibilidad de diferenciar los sentidos de Salud Mental, que podremos recuperar el sentido interdisciplinario, y político que se opone al sistema manicomial que intenta reaparecer una y otra vez. Es por ello que se hace sumamente necesaria la pregunta, ¿De qué hablamos, cuando hablamos de salud mental?
(*) Psicoanalista
MP: 56783
Integrante de PULSAR
Correo electrónico: cringelman@gmail.com
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