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De Miguel destacó el mensaje de Fiorini y llamó a los bloques a “transformar las diferencias en acuerdos”

Ni 8 ni 80: liderar sin dejar de ser mujer

Redacción Grupo La Verdad por Redacción Grupo La Verdad
7 marzo, 2026
en la categoría Junín
Tiempo de Lectura:5 min para leer
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Ni imitar modelos que no nos representan, ni resignar nuestras aspiraciones. Reflexiones sobre liderazgo femenino, trabajo, familia y los desafíos de encontrar nuestro propio equilibrio.

Por Agustina de Miguel

Presidente del Honorable Concejo Deliberante de Junín

En mi casa crecí viendo algo que para mí era normal: una mujer que ejercía su profesión con pasión mientras criaba a cinco hijos. Mi mamá es abogada, estudió en la Universidad de Buenos Aires y nunca dejó de trabajar. Durante muchos años combinó su vocación con la vida familiar con una naturalidad admirable. Con el tiempo entendí que ese equilibrio no era tan simple y que, probablemente, muchas de las ideas que hoy tengo sobre el liderazgo femenino nacen de ese ejemplo cotidiano.

La expresión “ni 8 ni 80”, que tomo de una frase de Isela Costantini en su libro sobre liderazgo, resume muy bien uno de los desafíos que enfrentamos las mujeres en el mundo profesional. Durante mucho tiempo se pensó que para llegar a puestos de liderazgo debíamos comportarnos como hombres, adoptar sus formas y replicar su estilo de conducción. En el otro extremo, también persistió la idea de que la mujer debía limitarse a determinados roles tradicionales vinculados únicamente al hogar o a la familia. El verdadero desafío está justamente en evitar esos extremos: ni imitar modelos que no nos representan, ni resignar nuestras aspiraciones profesionales.

En este punto me resulta muy interesante una reflexión de la filósofa argentina Diana Maffía, quien explica cómo nuestra cultura ha organizado el pensamiento a partir de dicotomías: pares de conceptos opuestos que parecen obligarnos a elegir entre uno u otro. Históricamente, lo masculino quedó asociado a lo racional, lo objetivo, lo universal o lo público; mientras que lo femenino se vinculó con lo emocional, lo subjetivo, lo particular o lo privado. El problema no es solo que se presenten como opuestos, sino que además se los jerarquiza: lo racional se considera superior a lo emocional, lo público más valioso que lo privado.

Durante siglos esta forma de pensar funcionó como una barrera invisible para las mujeres. Si se buscaba objetividad o racionalidad, automáticamente se pensaba en un varón. Si se hablaba de cuidado, emociones o vida doméstica, se pensaba en una mujer. Pero la realidad es mucho más compleja que esas simplificaciones.

Durante años muchas mujeres creímos que solo podíamos llegar a lugares que antes habían sido ocupados por otras mujeres. Las oportunidades parecían limitadas y los espacios escasos. Con el tiempo fuimos demostrando que el liderazgo no tiene género y que la capacidad de transformar realidades depende del compromiso, la preparación y el trabajo en equipo.

También se plantea algo muy interesante: durante años, cuando una mujer lograba acceder a un puesto históricamente ocupado por hombres, muchas veces terminaba siendo reemplazada al poco tiempo. No porque no tuviera capacidad, sino porque intentaba adaptarse al estilo de liderazgo masculino dominante. En ese intento por encajar, perdía justamente aquello que había hecho que fuera promovida: su forma de escuchar, de construir consensos y de trabajar en equipo. La enseñanza es clara: el desafío no es copiar modelos, sino construir nuestro propio estilo de liderazgo sin perder la esencia.

Las mujeres solemos aportar una mirada integradora en los espacios de trabajo. Buscamos acuerdos, escuchamos distintas opiniones y muchas veces logramos captar aquello que no siempre se dice explícitamente en una reunión. Pero además, una mujer líder debe aprender a anticiparse: seleccionar personas, formar equipos y rodearse de quienes puedan aportar distintas miradas y capacidades. Ningún liderazgo se construye en soledad.

En ese camino aparece una habilidad clave: saber delegar. Delegar significa aceptar que otra persona puede ser más productiva en una tarea o que puede dedicarle más tiempo del que nosotras tenemos disponible. Delegar es confiar, organizar mejor el trabajo y permitir que cada integrante del equipo desarrolle su potencial. Muchas veces a las mujeres nos cuesta hacerlo porque aparece la culpa: culpa por no llegar a todo o por pedir ayuda. Pero parte del aprendizaje del liderazgo es justamente cambiar esa culpa por la realización, entendiendo que delegar nos permite enfocarnos en aquello donde realmente generamos más valor.

También hay desafíos muy concretos que muchas veces pasan desapercibidos. Cuando una mujer llega a posiciones de liderazgo, la agenda que la rodea suele ser más compleja. No siempre ocurre, pero en muchos casos quien organiza su agenda —muchas veces una asistente— debe coordinar no solo las responsabilidades profesionales, sino también múltiples compromisos personales y familiares. En la práctica, muchas veces se trata de ordenar una agenda de treinta y seis horas dentro de un día que sigue teniendo veinticuatro.

Por eso las redes de apoyo son fundamentales. Detrás de muchas mujeres que logran desarrollarse profesionalmente hay un entramado silencioso que ayuda a sostener la organización cotidiana: las mamás, las suegras, las niñeras e incluso las mamás de los compañeritos de nuestros hijos, que muchas veces se convierten en aliadas para compatibilizar responsabilidades.

Aprovecho esta nota para decirles gracias a cada una de ellas, porque muchas veces son ellas las que nos dan una mano para que todo funcione.

En ese equilibrio entre la vida profesional y la vida personal aparece un aspecto que no es menor: la pareja. La persona que acompaña a una mujer con aspiraciones profesionales debe comprender que su desarrollo laboral forma parte de su realización personal como mujer. No se trata de competir, sino de construir un proyecto compartido donde ambos puedan crecer.

Otro aprendizaje importante tiene que ver con el networking. Muchas veces las mujeres priorizamos otras responsabilidades y dejamos en segundo plano los espacios sociales vinculados al trabajo. Sin embargo, los hombres suelen aprovechar muy bien esos momentos informales con colegas: eventos, almuerzos o actividades de esparcimiento como jugar al golf o al tenis, salir a caminar o a correr, o simplemente reunirse alrededor de un asado. En esos ámbitos se construyen relaciones de confianza que luego facilitan el trabajo profesional. Muchas veces incluso cuesta que te inviten porque sos la única mujer en el grupo, pero paradójicamente es en esos espacios informales donde muchas veces se generan los mejores vínculos y hasta se alcanzan buenos acuerdos.

Con el tiempo, cada vez más mujeres irán sumándose al listado de líderes y ocupando espacios que antes ni siquiera imaginaban alcanzar. A medida que eso ocurra, esos lugares dejarán de ser excepcionales para convertirse simplemente en parte de la realidad. Solo entonces la evaluación según el género y las mujeres podremos ser valoradas únicamente por nuestras capacidades, nuestras decisiones y nuestros resultados.

Quizás, en definitiva, el verdadero desafío del liderazgo femenino sea justamente ese que sintetiza aquella frase inicial: ni 8 ni 80. Ni aceptar los límites que históricamente se nos impusieron, ni sentir que debemos dejar de ser quienes somos para ocupar un lugar de liderazgo.

Porque muchas veces los mejores acuerdos no se logran en una mesa formal, sino en esos espacios informales donde se construye confianza.

Tags: Agustina De Migueldía de la mujer

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