Por Marcelo Sicoff
Como tantos otros alemanes de su época, el tipo se embarcó hacia Estados Unidos con una valija pequeña y un montón de ideas químicas en la cabeza. Era una época en que había enfermedades para todos los pobres, sobre todo para los niños. Cuando llegó, compró un pequeño edificio en Brooklyn y empezó a vender sal yodada y ácido bórico para combatir plagas, hasta que se dio cuenta de que el verdadero negocio estaba en los intestinos de los hijos de los inmigrantes: las lombrices y los gusanos los devoraban por dentro. Inventó un preparado amarguísimo para combatirlos. El problema era el sabor. La solución fue simple: disolver el veneno en azúcar y agregarle unas gotas de saborizante de caramelo. Así nacieron los cucuruchos dulces de santonina, un éxito instantáneo que se vendía como golosina y se promocionaba como remedio.
Karl Christian Friedrich Pfizer tenía la ambición que cabe en una habitación y termina ocupando medio planeta. Con los 2.500 dólares que le prestó su padre fundó en 1849 la empresa Charles Pfizer and Company. Al principio no era más que un edificio con dos escritorios y una balanza. Cuando las armas de la Guerra Civil se callaron, el laboratorio del químico y su primo pastelero ya se había convertido en un gigante silencioso que abastecía de químicos a todo el continente. Pfizer dejó de ser un apellido para convertirse en un ingrediente. Estaba en la comida, en los remedios, en cada botella que se destapaba en un bar. Así es como se construye un imperio: haciéndose invisible. Karl Pfizer murió en 1906. Nunca vio los antibióticos. Nunca vio la penicilina. Pero la empresa siguió ahí, creciendo sin hacer ruido, como crecen las cosas destinadas a ser imprescindibles. Durante casi un siglo hizo lo que hacen las farmacéuticas: combatir enfermedades. Hasta que un error cambió el negocio para siempre.
A principios de los años noventa, en un pueblo gris de la costa de Inglaterra, dos investigadores de Pfizer jugaban a dioses intentando aliviar a pacientes con angina de pecho. Después de meses de pruebas sintetizaron una nueva molécula experimental: la UK-92,480. Los ensayos clínicos fueron un fracaso rotundo. Cuando los médicos ordenaron suspender las pruebas y pidieron a los voluntarios que devolvieran las dosis sobrantes, la historia tropezó. Los pacientes, hombres maduros de pueblos mineros de Gales, se negaron a devolver las pastillas.
Al principio fue un murmullo. Uno por fin habló y le confesó a su médico que desde que tomaba la pastilla se despertaba con unas erecciones descomunales. Después lo confesaron casi todos. Cuando la noticia cruzó el Atlántico y llegó a los despachos de los ejecutivos de Pfizer en Nueva York, a los tipos se les paró. El corazón. Tenían entre manos una mina de oro: la angina de pecho era una desgracia de pocos, pero el miedo a la impotencia era un mercado que abarcaba a casi todos los hombres del planeta.
La molécula fallida se transformó en una pastilla azul con nombre de guerrero mitológico.
Viagra.
Después, algunos años más tarde, cuando el mundo se paralizó por el Covid y los presidentes hacían cola para rogar por un lote de vacunas, el apellido de aquel alemán ya era una especie de superestado invisible. Una corporación que cotizaba el miedo y el deseo en la misma ventanilla.
Es raro pensar que todo empezó el día en que un químico y su primo pastelero decidieron ponerle azúcar a un purgante amargo, en un galpón de Brooklyn, para que a los hijos de los inmigrantes pobres no se los devoraran los gusanos.
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