Estamos mal porque ninguna de las opciones es buena. No obstante, una de ellas es probadamente mala: me refiero a la de Massa, que ha hecho una pésima gestión económica (hoy tenemos para certificarla la falta de combustible), pero muy exitosa para sobornar al electorado con planes, créditos, devoluciones de IVA o amenazas como los carteles en el subte y estaciones. La opción Milei es igualmente mala en cuanto promete destruir el Banco Central o dolarizar, que son alternativas pésimas para el futuro del país.
Pero hay una diferencia importante. Massa, si gana, con su fuerza parlamentaria y algunos aliados va a conseguir hacer prácticamente lo que quiera y asegurarse la continuidad otros 4 años y hasta atreverse a proyectarla a Malena Galmarini a la presidencia. En tanto que Milei no va a poder dolarizar, ni dinamitar el Banco Central sin el apoyo parlamentario del Pro, de los Radicales, incluso de los peronistas.
Me enfoco en lo económico porque creo que es lo más relevante, ya que, desde mi perspectiva, otras propuestas de Milei son cháchara impracticable para atraer votantes.
Si Milei gobierna bien, se puede reconfigurar el mapa político, desaparecer el kirchnerismo, que emerja un peronismo más racional y una opción centrista mejor armada para gobernar.
Además, creo que hoy puede ir ganando Massa y lo más probable es que termine así. Por lo tanto si gana, que gane por el menor margen posible para que tema en su cabeza la cercana presencia de la guillotina. “Guillotina política”, eh, a no confundirse.
Aclaro que cuando decimos que necesitamos acuerdos, estamos expresando ni más ni menos algo de suprema obviedad: no se pueden hacer grandes cambios sin conseguir aliados que existen y van a sumarse porque los cambios virtuosos benefician a la mayoría de la sociedad y hay múltiples sectores, desde el trabajo, la producción, el campo y la industria, hasta las productores de energía o mineras que van a querer participar arrastrando a los incrédulos en el camino de superación de esta crisis endémica que nos envuelve. Por supuesto que habrá una oposición con intenciones desestabilizantes, pero será posible vencerla con el apoyo del pueblo que quiere paz, orden, trabajo, educación, seguridad y salud y está cansado de vivir a la intemperie, en el país del relato y la mentira.
Tenemos que revalidar el sentido de los acuerdos y repotenciar la acción parlamentaria para enfrentar esos poderosos enemigos que son la pobreza, la falta de trabajo, la corrupción, la desesperanza y el uso desmedido y avasallante del poder de los que quieren ir por todo. Estos son los verdaderos enemigos del pueblo y nosotros tenemos que unirnos para ayudarlos a que nos ayuden a cambiar el rumbo de este barco sin timón que es la Argentina.
¿Cómo vamos a estar cuando comience un nuevo gobierno de distinto signo que el actual? Pues, en el mismo pésimo lugar en que estamos ahora, pero con la diferencia que en vez de continuar caminando hacia el precipicio, empezaremos a subir la cuesta y al poco tiempo veremos que alcanzar la cumbre no será una ilusión, sino un objetivo posible y realista.
Adelante pues, sin ingenuos optimismos, pero con esperanza, patriotismo y fe.
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