Por Marcelo Sicoff
Si uno anda cerca de Alta Gracia, de pronto le aparecerá en el horizonte una mole de cemento más alta que el Obelisco. El impacto suele desconcertar al viajero; por eso, muy pocos logran observar que esa estructura de casi ochenta y cinco metros de altura tiene, en realidad, la forma de un ala de avión.
Y menos todavía imaginan que se trata de una tumba.
La construyó un hombre llamado Raúl Barón Biza.
Había nacido en Argentina en 1899. Decía ser escritor. Publicó novelas escandalosas para su tiempo, acusadas de pornográficas, inmorales y enfermizas. Sus defensores hablaban de provocación literaria. Sus detractores de simple degeneración. Lo cierto es que sus libros sobrevivieron menos que su leyenda.
Lo que todos sabían, sin embargo, era otra cosa: que había dilapidado buena parte de la herencia familiar saltando de fiesta en fiesta entre los hoteles de lujo de la Costa Azul. En Venecia, en 1928, conoció a una actriz suiza que había filmado algunas películas en Alemania y Austria. No era una de las grandes divas del cine europeo ni despertaba multitudes a la salida de los estudios. Pero tenía algo más difícil de explicar: una mezcla de elegancia, misterio y determinación que la hacía imposible de olvidar. Cuando Barón Biza la conoció, quedó atrapado de inmediato.
En la ciudad de los canales se casaron dos años después y la boda fue la sensación de la prensa argentina, que no se podía perder los detalles del enlace en el Palazzo Dándolo ni la mística de la fiesta en el Hotel Excelsior. Al principio la pareja se instaló en París, pero al tiempo Barón Biza hizo levantar una mansión imponente frente a Plaza Francia, en Buenos Aires. La mayor parte del año la pasaban en la estancia Los Cerrillos, en las sierras de Córdoba.
Ella se llamaba Rosa Martha Rossi Hoffmann, pero para las pantallas se hacía llamar Myriam Stefford. Acá, la alta sociedad la bautizó de inmediato como La Baronesa. A ella no le interesaba demasiado el papel que la sociedad reservaba para las esposas elegantes. Mientras los diarios seguían sus apariciones en fiestas y reuniones de la alta sociedad, ella había encontrado una pasión distinta. La aviación.
Quería volar.
Y en aquellos años volar todavía era una aventura. Los aviones eran frágiles, las rutas inciertas, los accidentes frecuentes y seguía siendo un mundo reservado casi por completo a los hombres. Precisamente por eso la atraía.
Con el apoyo económico de Barón Biza organizó una gira aérea por catorce provincias argentinas junto al piloto alemán Ludwig Fuchs.
Los diarios y las radios siguieron el recorrido como si se tratara de una expedición.
En cada escala había curiosos esperando verla descender del avión.
El país entero la miraba encandilado por esa mujer que hacía lo que se suponía que no podía hacer.
Tenía veinticinco años cuando su avión, el Chingolo, se vino a pique en la tierra seca de San Juan.

Al enterarse, Barón Biza intentó suicidarse. No murió. Después levantó un primer monolito de diez metros en el lugar del accidente. Era insuficiente. Ordenó entonces construir la mole de Alta Gracia. Quienes lograron descender al subsuelo, a más de seis metros de profundidad, donde el féretro de Myriam descansa protegido por una losa de granito negro y rejas de acero, aseguran que las paredes están cubiertas de advertencias talladas en la piedra.
«Maldito sea el que profane esta tumba», dice una de ellas.
Quizás la más piadosa.
Uno podría pensar que la historia termina ahí.
Durante años, de hecho, pareció terminar ahí.
Pero el monumento era apenas el prólogo.
Pasaron los años. El gobernador cordobés Amadeo Sabattini le presentó a su hija Clotilde. Ella tenía diecisiete años. Él más del doble. Se casaron. Tuvieron tres hijos. Durante años se separaron, volvieron, se enfrentaron y volvieron a intentarlo. Hasta que llegó el divorcio.
El 16 de agosto de 1964 se reunieron en el departamento de Esmeralda 1256 para discutir la división de bienes. Clotilde llegó acompañada por sus abogados. Barón Biza la recibió con cortesía. Ofreció whisky. Sirvió los vasos. Conversaron unos minutos.
Entonces se acercó a ella y le arrojó el contenido del suyo en la cara.
No era whisky.
Era ácido sulfúrico.
Los abogados tardaron unos segundos en entender lo que había pasado. Para entonces el ácido ya estaba haciendo su trabajo. La llevaron de urgencia al Instituto del Quemado. El ácido le había destruido los pómulos, la nariz, un párpado, el pecho y las manos. Ya no podía ver.
Al día siguiente, la policía derribó la puerta del departamento de la calle Esmeralda. Encontraron a Raúl Barón Biza acostado en su cama, de espaldas, perfectamente tapado. Parecía dormido, si no fuera por el fino hilo de sangre que le corría desde la sien derecha y el revólver que todavía empuñaba su mano.
Pero la tragedia no terminó ahí.
Clotilde sobrevivió, arrastró su calvario por clínicas de todo el mundo y, exactamente catorce años después, saltó al vacío desde una de las ventanas de ese mismo departamento. La cadena no terminó con ellos. Años más tarde también se suicidó Jorge Barón Biza, uno de los hijos de la pareja.
Mientras tanto, ajena al dolor de los vivos, a la locura y al ácido, el ala de cemento sigue recortándose nítida contra el cielo cordobés. El viajero distraído que maneja por la ruta provincial 5 todavía frena el auto, camina entre los pastizales y mira hacia arriba, fascinado por la escala de semejante homenaje.
No sabe lo que guarda adentro.
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