Redacción Grupo La Verdad
Junín, 1989. El estadio de Los Indios no estaba preparado para lo que iba a pasar. Los Redonditos de Ricota llegaban con la fuerza de ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, pero sin el despliegue que después los convertiría en mito. Faltaba algo básico: el equipo de sonido no tenía cómo grabar las pistas y secuencias que usaban en vivo.
Ahí entró en escena Rubén Yapur. El histórico musicalizador de la ciudad, conocido por su equipo y por estar siempre detrás de los escenarios y eventos locales, salvó la noche. Ese día le pidieron prestada una casetera ya que la que trajeron Los Redondos se había roto en el ensayo previo al recital, en la prueba de sonido. La prestó sin dudar.
La anécdota quedó grabada en los que estuvieron esa noche. No fue un préstamo formal, ni un rider firmado. Fue un arreglo de pueblo: “Dale, Rubén, traete la casetera que no tenemos con qué granar”, fueron las pequeñas palabras que dijo un productor. La máquina sonó desde el costado del escenario, entre cables sueltos y la humedad del estadio, mientras el Indio Solari y Skay Beilinson hacían lo suyo adelante.
Ese show en Los Indios es recordado como uno de los primeros grandes de Los Redondos en el interior de la provincia. No por la producción, sino por lo contrario: por lo precario, por lo cercano, por la sensación de que todo podía venirse abajo y sin embargo salió. La casetera de Yapur fue parte de eso. Un equipo doméstico sosteniendo una banda que ya empezaba a desbordar clubes.
Hoy, 37 años después, el recuerdo circula entre músicos y técnicos de Junín como una de esas historias que explican cómo se hacía rock en los 90 fuera de Buenos Aires. Sin producción, sin sponsor, con la casetera del pibe del pueblo.
Rubén Yapur sigue ligado al sonido local. Cada vez que se habla de ese show en Los Indios, su nombre aparece entre los recuerdos. Porque a veces, para que suene Héroe del whisky, alcanza con prestar lo que tenés.
Foto: Aníbal Díaz.






