Por Mariano Fernández Martín
No soy especialista en salud mental.
Pero trabajé el tiempo suficiente cerca como para ver cómo funciona —y cómo no— el sistema.
Y hay algo que se repite: casi siempre llegamos tarde.
Hoy el Gobierno quiere modificar la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 para actuar más rápido en situaciones críticas. Facilitar internaciones, darle más peso al psiquiatra, acortar tiempos.
Dicho así, suena lógico. Y en algunos casos, lo es.
Porque hay momentos donde no intervenir a tiempo puede terminar muy mal.
El problema es que la salud mental no empieza en la crisis.
La crisis es el final de algo que viene pasando hace rato.
No hace falta ser especialista para verlo: ansiedad, angustia, consumo, pibes desbordados… señales hay de sobra. El tema es que muchas veces el sistema aparece recién cuando todo ya está al límite.
Entonces sí: guardia, urgencia, internación. Y discusión política.
La ley actual intentó otra cosa: menos encierro, más comunidad, más prevención. Una idea razonable que muchas veces quedó corta, sobre todo por falta de recursos.
Porque sin presencia real, cualquier ley queda en el papel.
Mientras tanto, en la Provincia de Buenos Aires, la gestión de Axel Kicillof viene empujando una lógica distinta, sobre todo con jóvenes: trabajo en escuelas, equipos territoriales, espacios de atención más cercanos.
Intentar llegar antes. Algo bastante básico… y bastante difícil.
Ahí está la discusión de fondo.
Un modelo que busca responder mejor cuando todo estalla.
Otro que intenta que no estalle.
No tengo todas las respuestas.
Pero hay algo evidente: si el sistema aparece solo en la crisis, entonces está llegando tarde.
Y en salud mental, llegar tarde no es un detalle.
Es parte del problema.
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