Por Claudia Birello
Para Grupo La Verdad
Junín y las localidades del Partido se fueron afianzando a partir de la laboriosidad de nativos o inmigrantes.
Durante más de un siglo, La Verdad fue reflejando esas historias que más allá del paso de las décadas, permanecen en el recuerdo de los descendientes, ya sea por relatos familiares como por la obra que fueron construyendo.
Así, hoy, están presentes integrantes de la familia Zamparolo que desfilaron por los talleres F. C. Pacífico; Gerónimo Alzari quien desde los quince años forjó su vida en Junín y sobre todo en Tiburcio.
Y así como los hombres, las mujeres tuvieron un papel fundamental para la sociedad. Ya sea como Doña Paula Zavaleta de Rondán criando a sus nueve hijos en una chacra del cuartel segundo como Nélida Palma, alumna brillante del Colegio nacional y egresada de la Universidad de Córdoba como escribana. La primera de Junín.
1898/1937: Una familia
de esforzados ferroviarios
Este grupo de caracterizados vecinos formado por don José Antonio Zamparolo y sus hijos Juan Bautista, Juan Sebastián y Santiago, constituyen un elevado ejemplo de laboriosidad que es justiciero destacar como caso poro común.
El honorable jefe de esa familia así como sus descendientes, han desfilado por los talleres del F. C. Pacífico y en la actualidad, todos se han retirado de las actividades ferroviarias para disfrutar de los beneficios de la jubilación.
Don José Antonio Zamparolo, que partiera en plena juventud de un villorrio enclavado entre los peñascos de la montaña itálica, arribó a nuestras playas en el año 1888 y luego de ocuparse en distintos trabajos, ingresó a la falange de los obreros del riel hasta que en 1922 se acogió a la ley que otorga el derecho de descansar en el retiro hogareño.

El primero en seguir los pasos de su progenitor fue Juan Bautista, que llegó al país en diciembre de 1894, para incorporarse al ferrocarril en octubre de 1899. Y en 1931 ya daba por finalizado el período de sus obligaciones.
Después fue Sebastián quien se cobijó bajo los pliegues de la azul y blanca. Tocó tierra argentina en 1898 y en 1904 ya se encontraba junto a su padre y hermano haciendo el aprendizaje de un oficio mecánico.
En 1903 era Santiago quien llegaba con la misma voluntad y espíritu de lucha. Consiguió entrar en 1904 al establecimiento fabril más importante de la ciudad y al cabo de una larga jornada, el 5 de agosto del año pasado, se despedía de sus compañeros de sección en forma definitiva.
Y así, a medida que el bienestar fue siendo más holgado, se pudo enviar los pasajes a Juan, que desembarcó en el puerto metropolitano en noviembre de 1906. Al mes, el nuevo integrante formaba parte del enjambre ferroviario, para alejarse de las tareas el 4 de junio de 1937.
He aquí una familia de esforzados luchadores, que ha mantenido siempre la sagrada unidad pregonada a todos los vientos por la doctrina de Cristo.
Animados por la esperanza del progreso, sembraron entre nosotros el germen fructífero de una raza fuerte e hidalga que conserva en todos los tiempos aquellas huellas divinas que la caracterizan por su amor al Creador, que es la encarnación y símbolo de la vida misma.
La familia Zamparolo se presenta así como un centro de los afectos más puros, sagrario augusto de recuerdos e ilusiones, baluarte de cordialidad y armonía infinita.
En una palabra: el alma del marido en el alma de la mujer; en alma de los hijos en la de los padres, y la de todos en Jesucristo, con lo que se ha formado un solo espíritu y un solo afecto, como forman todos los astros una sola luz consoladora en los altos del cielo.
1939: Nélida Palma, la
primera escribana de Junín
La evolución constante que impone la época en que vivimos, a las más diversas expresiones de la actividad humana, ha abierto nuevas rutas, que no conocieron nuestras abuelas y que implican un signo evidente de la capacidad femenina para emprender todas las formas del trabajo en línea paralela con el hombre.

La guerra del ´14
La guerra que en el 14 asoló los campos de Europa fue el factor que en grado más pronunciado, dio impulso al incipiente movimiento de emancipación de la mujer.
París, Londres, Berlín, tuvieron sus mujeres “chauffeur”, sus mujeres-armeras, y sus mujeres maquinistas de líneas ferroviarias. El sexo femenino invadía así jurisdicciones, hasta entonces de exclusivo dominio del hombre, abarcando las más diversas manifestaciones del trabajo manual e intelectual: la fábrica, el taller, las oficinas, las redacciones periodísticas, la cátedra y las austeras casonas donde se administra justicia…
Con la única excepción de Oriente donde el trabajo de la mujer en los grandes establecimientos es una prolongación de la rígida disciplina familiar la emancipación económica femenina, adquirió en la guerra, un carácter universal.
Y dentro del orden continental, Argentina es uno de los países donde más se nota la intervención de la mujer en actividades en que sólo actuaba el hombre.
La primera
Y bien, permítasenos decir ahora a qué vienen estas consideraciones. Se trata del primer caso en la ciudad, de una estudiosa niña que acaba de obtener – en Julio de 1939-, el título de escribana pública nacional.
La señorita Nélida Argentina Palma pertenece a un conocido hogar de Junín, habiendo cursado sus estudios universitarios en la ciudad de Córdoba. Un disciplinado estudio y dedicación de años, acaban de facultarla para desempeñar sus funciones en todo el territorio de la república, siendo su propósito, establecerse entre nosotros.
Gerónimo Alzari, símbolo elocuente
de una vida de lucha
“Era humilde, en efecto, cuando nací y no creo haber dejado de serlo hoy, al cabo de tantos años de lucha…” .
Don Gerónimo Alzari pronuncia estas palabras que definen toda una profesión de fe de su espíritu, sin afectación, sencillamente, con cierta melancolía contemplativa en que parece estar impreso su escepticismo por todas las pequeñas grandezas de la vida.
Nos encontramos en su sobrio escritorio de Tiburcio, desde donde con esa misma sencillez que nos habla maneja todos los hilos del complicado organismo que es la casa comercial de su firma.

Ha hecho un paréntesis gentil en sus tareas que lo absorben, para evidenciarnos la cordialidad de su temperamento.
Tiene el gesto familiar, la sonrisa acogedora y la mano amiga en la lealtad del apretón de bienvenida.
Se ha hecho solo – y es -como dice la frase consagratoria- hijo de sus propias fuerzas.
Continúa modesto, humilde, como cuando en 1897 desembarcó un día luminoso, en la playa porteña, sin más capital que su ilusión, sin más bagaje que la propia esperanza.
Porque don Gerónimo Alzari procede de uno de los cielos más puros de la latinidad. Nació en la pintoresca y bella aldea de Monte Rosso al Mare, provincia de la Spezia, tierra de navegantes que tienen en ese sentido, antecedentes de alta prosapia.
A los quince años de edad, todavía tibio el regazo maternal, este inmigrante precoz y audaz, se vino a América tras unos parientes que se lanzaban a la conquista de la tierra nueva.
-Yo, nos dice Gerónimo, no estuve en la misma situación de Alejandro que pudo informar desde Asia, “Vine, vi, vencí”. Yo llegue, vi y me pusieron detrás de un mostrador a fregar copas.
-Ese fue mi comienzo en el país, lava copas en un almacén de barracas que no sé si todavía existirá pero que en aquel entonces estaba situado en Montes de Oca. El pan con el sudor de la frente como dice la Biblia. Y vean que entonces se sudaba trabajando. No era esta época de hoy, gremializada, legislada, en que el obrero ha conquistado todos los derechos humanos, no. Entonces no había horario ni sacrificio imposible de realizar. Sol a sombra. Sueldo mínimo, trato férreo, pan frugal. Única compensación; la tierra pródiga, fecunda y amplia, metía en el corazón del inmigrante que forzaba su vida en la lucha.
De Barracas, don Gerónimo Alzari dio un salto, pues vino a Rojas, dos años después, junto a su primo hermano, don Gerónimo Contardi, que entonces pertenecía a un almacén rural en las inmediaciones de la ciudad. Allí permaneció un año y en 1900 trasladóse a Ascensión para desempeñar un cargo en la firma Pablo Martelli, a la que permaneció vinculado hasta 1906.
En esa época se trasladó a Tiburcio en carácter de gerente del rubro Lucioni, Maritelli y Cía. Y en 1910, sucedió a dicha firma, formando la de Contardi y Alzari. Y en 1918 quedó solo al frente del establecimiento que de una humilde casucha de zinc había pasado a ser un amplio y sólido edificio de material y cuyo desenvolvimiento general había corrido parejo con el progreso edilicio.
Colonizador, cerealista, propietario de una casa de ramos generales cuyo prestigio es inmenso, la obra de Alzari no se ha limitado al campo comercial y en otras esferas de actividad ha sobresalido como figura de excepcional relieve. Ha sido dos veces concejal, pertenece a las comisiones directivas de la Sociedad Comercio e Industria, integra el directorio del Banco de Junín, es secretario de la institución nacionalista italiana “Dopolavoro” y presidente de la Sociedad Italiana de Tiburcio y de la Cooperadora de la Escuela número 25, de esa misma localidad. Ha desempeñado otros múltiples cargos que exigirían un espacio considerable para su enumeración. Baste decir que toda iniciativa que comporte un interés general, un beneficio colectivo o una actitud individual encaminada a una obra benéfica, tuvo en él a su más decidido colaborador, cuando no, a su más entusiasta gestor.
Ahora tiene su vida hecha, su obra que es su nombre, y más hondo todavía, su esposa, noble dama tocada por la gracia de la filantropía y sus hijos en que se espejan las virtudes del tronco paterno.
Doña Catalina Rosignoli ha dado a don Gerónimo, tres hijos que son orgullo. Velia, Héctor y Hugo. De ellos, la primera ha realizado ya un brillante matrimonio y los otros dos están a su lado, colaboradores inmediatos suyos.
En el corazón de doña
Paula Zavaleta
Doña Paula Zavaleta Vda. de Rondán, es una de las figuras representativas del cuartel 2do. Tiene 64 años de edad y se ha acogido a los beneficios de un retiro plácido y sencillo, en las inmediaciones del almacén Balestrasse. Allí, en el centro de 20 hectáreas de su propiedad, en una especie de casa quinta grata y atrayente, cuida de sus flores y de sus aves con mano sabia de ama de casa diligente y amorosa.
Hasta su hogar llega, generalmente los domingos y los días de fiesta, el cariño de sus hijos mozos que ya formaron rancho aparte y le traen noticias de la ciudad y de sus actividades particulares en una devoción sincera por la anciana que imprimió a sus vidas el sello de la honradez y la bondad.
Ha venido a recibirnos doña Paula con su andar despacioso y su sonrisa benévola. Y comienza a recordar su historia.
Contrajimos enlace con aquel, mi inolvidable compañero, nos ha dicho una sucesión de evocaciones emotivas, en 1895.
Era otro Junín aquel y tal vez otras almas un poco más puras que estas que todos los desequilibrios nerviosos van turbando cada vez más. Ni una nube en nuestra dicha humilde.

Alquilamos chacra en el cuartel noveno y allí nos pusimos a trabajar empeñosamente. Vinieron los hijos. Hasta 1921 pude contar con mi esposo. Falleció en ese año llenando mi corazón de un luto imborrable.
Calla, los recuerdos la han emocionado y tal vez en sus ojos hay una humedad de lágrimas furtivas. La presencia del esposo, del gran compañero de toda la vida, está en la casa, tal vez a la manera de la magnífica frase de Pondal Ríos. “Insensible y perenne como una cicatriz”.
Doña Paula ha visto también desaparecer trágicamente en un fatal accidente de tránsito, a un hijo joven que era toda una esperanza: Ismael Domingo Félix. Anteriormente, la muerte le había segado otro. Pero para su consuelo, nueve descendientes la rodean todavía en las grandes festividades familiares y le profesan el testimonio de un afecto profundo.
Así nos dice a medida que en una breve recorrida p0or el jardín que va despojando de sus mejores galas todas las plantas en homenaje a la embajada profesional que ha llegado hasta su casa.
Su sobrino, Raúl Rondán, es el encargado del cultivo de las 20 hectáreas y de la administración de la propiedad en que se encuentra ubicado el almacén de juan Rossetti.
Se trata de un muchacho honesto, inteligente y luchador que pone toda su fibra juvenil al servicio de la propiedad común.
De entre un montón de papeles viejos, la mano trémula de doña Paula ha extraído la vieja fotografía que ilustra esta nota. Es Rondán, su compañero ido. Este grabado tiene un destino que lo enaltece. Va a conmover el corazón de una anciana.
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