Por Claudia Birello
Para Grupo La Verdad
Antonio Carpanetto y José Salino, fueron parte de los miles de inmigrantes que llegaron a nuestra zona.
Al igual que en el resto del país, la historia de la zona fue escrita por centenares de inmigrantes que llegaron al país impulsados por mejorar sus vidas.
Distintas fueron las actividades desarrolladas y por las que lograron abrirse camino.
Así lo hizo en Agustín Roca Don José Salino, vinculado por una “extensa permanencia de 32 años” –publicaba La Verdad el 6 de mayo de 1938-. “Un inmigrante que multiplicó sus energías por su entusiasmo y obtuvo el resultado del éxito. Una sólida posición económica e indiscutible prestigio moral”.
JOSÉ SALINO
José Salino está vinculado a Agustín Roca por una permanencia extensísima que abarca treinta y dos años, lo cual significa que es casi un colonizador de esa zona y que el pequeño, simpático y pintoresco pueblecito del Central Argentino le debe una obra larga y fecunda paralela a su lento desenvolvimiento.
Ahora Roca se ha renovado, acusando aquí y allá alguna nota más moderna y ágil, de acuerdo a la desenvoltura característica de la época, algún edificio de fachada audaz, alguna plazoleta que durante nuestra anterior visita no estaba, uno que otro detalle que tiene todavía la frescura de lo inmediatamente nuevo. Y firmas comerciales han venido a engrosar el haber de sus constructivas fuerzas vivas.
Pero José Salino continúa siendo un pilar básico de la ida de Roca, a cuyas distintas gacetas aportó siempre lo mejor de su esfuerzo y de su espíritu.
Asomado a la puerta de su casa, sereno, sonriente, hoy que ha llegado a una zona de actuación económica que está cubierto seguramente de todo riesgo, contemplando, como fluye más activa, más dinámica la existencia del pueblecito, verá de seguro en su imaginación, mientras la última pincelada del poniente se diluye en las primeras sombras de la noche –surgir el Roca de antes, con su contorno parco, sus casitas aisladas, sus baldíos frecuentes, su campo excesivamente próximo. Y estará a la vez –en una simultaneidad de espíritu-, en el pasado y el presente de esa población a la que tiene ligada definitivamente su vida laboriosa y fecunda.

SELF MAD MEN
José Salino es italiano y vino a América en 1906, nuevo Jason en busca del vellocino de oro, como tantos otros inmigrantes que abandonaron las paupérrimas tierras natales en procura de estas pampas anchas y largas como mares. De bagaje trajo lo puesto, sus manos fuertes, sus hombros sólidos, su fe en el porvenir. El campo fue el primer escenario de su esfuerzo.
Trabajó de peón en las rudas tareas agrícolas. Luego una variante pequeña. Siguió siendo peón, pero esta vez de albañil. En1907 tomó su primer contacto con el comercio, al que debía vincularse más tarde tan promisoriamente, fue empleado en el Almacén de Ramos Generales de Luis Sanguinetti.
Volvió a la cosecha de maíz más tarde. Y cuando regresó a Roca tenía ya en su haber un ahorro pequeño, pero susceptible de proporcionarle la independencia económica, que debe ser seguramente el ensueño de todo hombre, máxime si es inmigrante.
500 PESOS PARA EMPEZAR
Seguramente 500 pesos no constituye una cifra digna de mirarse con telescopio.
Poco puede hacerse con ese puñado de pesos, pero en la época de la que hablamos, 1909, con ser modesta la cantidad, tenía una mayor significación que hoy.
Por de pronto, sirvieron para que José Salino se instalara con un bar y billares que si no era el porteño Richmond, llenaba por lo menos la finalidad de ofrecer a los habitantes del pueblecito de ayer, de ambiente sano y ameno, propicio a las inacabables tertulias de la vida sedentaria de entonces.
El bar marchó bien. Tanto que un año más tarde, Don José Salino, que para entonces había ya contraído matrimonio con su digna compañera, señora Pascuala Picchi, le añadió una sala de proyecciones cinematográficas.
EL PRIMER CINEMATOGRADO DE ROCA
Aquel fue el primer cinematógrafo de Roca, el contacto inicial que el pequeño pueblecito del Central Argentino tuvo con ese mundo ilusorio y fantástico del celuloide. Era la época primaria de la pantalla, cuando Max Linder y Toribio Sánchez –Toribio por antonomasia-, hacían reír con sus contorsiones payasescas –golpes, caídas, fugas-, al público todavía excesivamente ingenuo de primeros de siglo, que estaba tan lejos de pensar en la voz de Grace Moore, en la estampa lujosa de Joan Crawford o en los “couplets boulevarderos de Chevallier”, como la tierra de la luna.
Cada acto se encendían todas las luces y había un intervalo de diez minutos, como si en los estudios estuvieran fabricando aún el siguiente. El tiempo daba para todo.
Fumar, llenando el local de humo, pelar cacahuates –“manices” en criollo-, pasar revista a las familias del pueblo, bostezar estruendosamente de mandíbula a mandíbula.
Ah, tiempos ingenuos y bellos, serenos como un remanso, plácidos como una arcadia, sin trepidaciones ni fiebres, sin colectivos, sin nafta, sin aceite, sin humo…!. Quién pudiera volver a ver en la albura de la tela, reproducidas las imágenes de Theda Bara y de William Hart, con el mismo regocijo incidente de entonces.
JOSE SALINO TRIUNFA
Pero apeémonos del Pegaso y volvamos al reportaje.
Trece años estuvo el primer cine de Roca en manos de José Salino, que labró en él, parte de su éxito económico.
Al dejarlo, Salino se dedicó a realizar algunos negocios generales, entre los de adquirir un extenso campo de la sucesión Mutto próximo al pueblo, de 250 hectáreas en La Rioja. Y –operación principalísima-, compró la propiedad en que actualmente se encuentra su establecimiento de ramos generales.
Como premio –que se discernió a sí mismo-, de su larga y tesonera labor, creyó oportuno darse una temporada de descanso, cumpliendo por otra parte, con su deber sentimental. Y viajó a Europa a ver, ya triunfador, el solar nativo que había abandonado sin un céntimo, para ir a correr el albur de una aventura transoceánica.
A su vuelta a Roca, instaló en su local propio, el almacén que actualmente posee y cuya importancia certifica claramente la significación de Salino en ese medio comercial.
En el 34 Salino volvió a su patria, a la que ya no ha regresado desde entonces. Tiene cinco hijos; tres mujeres y dos varones, todos ya de la edad en que suelen constituir una esperanza. Son sus colaboradores eficaces y empeñosos, como que han heredado todas las virtudes de laboriosidad inherentes a su padre.

DIÁLOGO
Con Don José Salino el diálogo resulta amable e interesante.
Es un comerciante que ha triunfado, vive todavía como siempre, la existencia de los negocios, que suele ser en el fondo árida y monótona, pero sin embargo, posee también como la mayoría de los hombres, su violín de Ingres.
Le gusta el teatro, canta, es músico.
Ha representado en festivales de beneficio. Fue el organizador del coro que acompañó los oficios de la capilla local. Formó alguna vez un trío musical que amenizó con toda propiedad más de una reunión bailable.
Es decir, que en su espíritu de hombre generalmente preocupado por los números, hay también cabida para que el arte vibre a veces su fecunda inspiración.
-DON ANTONIO CARPANETTO
Se ha quedado con la visión de Génova brillándole en los ojos. Su pasión por los barcos fue un ensueño fracasado. Hace 43 años que vio el último mástil, amarrado a la tierra que surca con su arado.
Don Antonio Carpanetto es una entraña viva de recuerdos.
A él se le ha quedado prendida en la retina, la imagen de su Génova distante, puerto ultramarino, donde iba a verlos buques cuando joven. Quizás don Antonio Carpanetto tuvo alma de marino y su alma naufragó en tierra firme al lado de las rejas del arado. Singular paradoja que sin embargo quiere representarlo en sus nostalgias intensas por una existencia que no pudo ser.
Hace 43 años que no he vuelto a ver un mástil, nos dice con pena, y eso que estar junto a ellos fue una de las grandes pasiones de mi lejana juventud.
El último barco que Carpanetto vio, fue el que lo trajo de Europa en 1896. Desde entonces no ha vuelto a pasear su cariño por las lejanías transatlánticas en ningún puerto más.
Ha, su Génova distante, con su rada enjoyada de luces marinas, las noches de los sueños juveniles…
Pero eso ya pasó, le ha quedado en el corazón su cariño por las andanzas marinas como queda en un rescoldo que se resiste a apagarse, un viejo amor imposible.
Ahora la vida lo ha amarrado a un medio práctico, donde la poesía es más inmediata, menos ensoñativa (Sic).
La tierra lo tiene junto a sí, como un obrero de su entraña interminable y fecunda.
En la actualidad, Don Antonio Carpanetto tiene 64 años y ha formado un nombre y una posición. Llegó de Italia cuando apenas contaba 21 y de inmediato se dedicó a trabajar proletariamente. Pasó por Mercedes, y decimos pasó porque en la ciudad estuvo apenas 15 días.
Después, nos refiere Carpanetto, hace 24 años que me encuentro aquí en la colonia Bartís.
Don Antonio Carpanetto tuvo una compañera abnegada y noble que se llamó Luisa Busalino y que también se disipó de su vida como su dulce sueño de Génova. Le dejó aquella virtuosa mujer que estuvo a su lado durante un largo trecho de su trabajosa existencia de colono, cinco hijos que son María Luisa y Haydee, ya casadas y Mario José, Elena Aurora y Atilio, que aún lo acompañan en su vejez.
Hombre de costumbres sanas y de aspiraciones limitadas, Don Antonio Carpanetto se ha quedado al borde de sus sueños, evocando la felicidad perdida, el día en que por última vez estuvo en un puerto y dejó para siempre tras de sí el ensueño glorioso de sus barcos…
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