El experimentado deportista juninense fue distinguido por el Círculo de Periodistas Deportivos «José Luis Buono» tras representar a la Argentina en el 13° European Maxibasket Championship en Atenas. En una extensa charla con nuestro medio, repasa la gesta en tierras helénicas, las diferencias con el básquet europeo, la logística del esfuerzo y el valor indiscutible de la amistad a los 53 años.
Hay un hilo invisible pero indestructible que une a una pelota de básquet picando sobre el parqué de una cancha barrial en Junín con el imponente parquet internacional de un gimnasio en Atenas, Grecia. En el medio hay casi medio siglo de vida, miles de kilómetros recorridos, vestuarios compartidos, entrenamientos a toda hora, viajes en micro, lesiones, abrazos de gol o de libre convertido y, por sobre todas las cosas, una pasión que se resiste a apagarse.
Ese hilo lo sostiene con firmeza Guillermo Raggio, a sus 53 años, el basquetbolista juninense fue distinguido recientemente por el Círculo de Periodistas Deportivos «José Luis Buono» de Junín en reconocimiento a su destacada participación en el 13th European Maxibasket Championship Athens 2026, donde lideró al combinado nacional bajo la denominación «Maxi Junín», llevando la bandera de nuestra ciudad y del país a lo más alto de la competencia continental europea.
Detrás de la medalla, el diploma y el aplauso institucional, existe una historia humana profunda. Una red de trabajo a pulmón que trasciende las fronteras del deporte profesional para adentrarse en la mística pura del Maxibásquet: esa disciplina donde las arrugas y las responsabilidades de la vida adulta se disipan apenas el árbitro lanza el balón al aire.
Para comprender el presente internacional de Guillermo Raggio, es necesario desandar el camino. La relación con la pelota naranja no es un pasatiempo de ocasión, sino un lenguaje estructural en su vida: «Tengo 53 años y desde los 35 que juego al Maxibásquet, pero toda la vida jugué al básquet: de los 9 años hasta los 18 en Junín; después, a los 18, me fui a estudiar y a jugar a La Plata, a Estudiantes. Estuve jugando allá un tiempo y después volví a Junín, jugué un par de años en la Primera local y después dejé. A partir de los 35 me dediqué de lleno al Maxibásquet. Ya son casi 20 años en esto, hace 17 o 18 años que estoy jugando sin parar», recuerda Guillermo sobre sus inicios y el trasvasamiento generacional hacia la categoría Senior.
El paso del tiempo no solo cambió las categorías de juego, sino también la perspectiva con la que se encara el deporte. El ímpetu juvenil de la victoria a cualquier precio dio paso a una comprensión mucho más rica y humana de la actividad física y el encuentro entre pares.
«Cuando empezás con todos estos torneos te hacés amistades, eso es lo que tiene el básquet, te empezás a conocer y empezás a recordar viejas, épocas o hablas del pasado. Hace poco jugué un torneo en La Plata y jugué en contra de un chico contra el que jugaba a los 19 años. Me pegó un codazo que casi me saca la cabeza, pero terminó el partido, lo abracé y nos fuimos a tomar una cerveza. Si eso pasaba a los 18 años, terminábamos peleando en la cancha. Hoy lo vivís desde otro lugar, lo importante es forjar la amistad», reflexiona.
Lo que comenzó como un grupo de amigos juninenses que buscaban mantener el vicio de la pelota compitiendo en ligas regionales, con el paso de los años se convirtió en un proyecto de representación internacional autogestionado. Raggio asumió la batuta organizativa para que el equipo no solo no se disolviera, sino que creciera hasta cruzar el Atlántico: «Arrancamos con un grupo de Junín, jugadores que ya no jugábamos más en el torneo local, y empezamos a jugar torneos de Maxibásquet por toda la Argentina: Mar del Plata, Paraná, Concepción del Uruguay, Carlos Paz, Pinamar. En un momento la persona que estaba a cargo no organizó más y me empecé a hacer cargo yo. Armé un mix entre algunos de Junín y otros chicos de afuera, de Capital y del Gran Buenos Aires», explica Raggio.
El nombre del equipo no fue una casualidad, sino un sello de pertenencia que Guillermo defendió incluso ante los tecnicismos institucionales de los grandes clubes porteños: «Al momento de inscribirnos en los torneos internacionales, buscábamos un nombre que nos represente y no dudamos en bautizar al equipo como ‘Maxi Junín’. Para mí me da un orgullo enorme porque hoy vas a un torneo de la FIMBA (Federación Internacional de Maxibásquetbol) y en la planilla internacional dice ‘Argentina – Junín’. Yo soy el único de la ciudad en la cancha, pero soy el que lo organiza y me acompaña un grupo de amigos enorme», destaca.
Ese grupo heterogéneo que hoy viste los colores de este equipo trasciende la geografía bonaerense: «En el equipo que fue a Grecia estoy yo de Junín, hay un chico de Bariloche, uno de Córdoba, dos de La Plata y el resto son del Gran Buenos Aires y Capital Federal. A los chicos de La Plata los conozco de cuando estudié allá, a los de Córdoba y Bariloche de cruzarnos en torneos nacionales, y con los de Capital juego la liga metropolitana de FeBAMBA».
El camino hacia Atenas tuvo su antecesor directo en 2025, cuando el equipo logró la clasificación para disputar el Mundial de la especialidad en Suiza. Aquella primera incursión europea sirvió como plataforma de despegue y aprendizaje para lo que vendría en 2026 en tierras griegas: «La verdad que fue una experiencia hermosa, al competir con equipos europeos te das cuenta de que hay una diferencia muy grande en la organización. Países como Serbia, Italia o Alemania tienen torneos de Maxibásquet hiper estructurados, hacen selecciones y las confederaciones de sus países los apoyan, les ponen la indumentaria, los pasajes. Acá en Argentina la Confederación no nos puede dar nada en este momento; es todo a pulmón nuestro, nos pagamos todo nosotros», remarca sobre el esfuerzo económico y logístico.
A pesar de las asimetrías de infraestructura y apoyo económico, la mística argentina volvió a marcar la diferencia adentro de la cancha: «En Suiza clasificamos a los octavos de final en la zona y nos tocó Italia, que terminó siendo subcampeón y nos dejó afuera, pero hicimos un papel bárbaro. Y este año en Grecia, al ser un torneo europeo, jugamos en calidad de embajadores invitados. Jugamos seis partidos y ganamos cinco. Nos fue muy bien basquetbolísticamente porque el equipo ya estaba mucho más enfilado por la experiencia del año pasado», analiza Guillermo.
Más allá del récord de victorias, vestir los colores nacionales a miles de kilómetros de casa deja marcas imborrables en la memoria deportiva: «Yo he jugado en la Selección de Junín y en la Selección de la Provincia de Buenos Aires, pero nunca me había puesto la camiseta de la Selección Argentina. Cuando estás afuera, te ponés esa camiseta y entrás al desfile inaugural con todos los países… no te lo olvidás más. El argentino se nota a la legua, la emoción que tenemos, hacemos pogo, cantamos, saltamos, nos diferenciamos del resto. Se te pone la piel de gallina».
En el deporte máster, la gestión humana resulta tanto o más determinante que el porcentaje de tiros de campo o la efectividad en los rebotes. Diez días de convivencia continua en el exterior ponen a prueba la templanza de cualquier plantel: «Yo siempre digo lo mismo: organizar un equipo de jugadores es muy fácil. Vos elegís a los mejores, tirás la pelota a la cancha, ganás y está todo bien. Pero organizar un equipo de personas es mucho más difícil, estos torneos son 10 días donde tenés que convivir las 24 horas del día. Y a veces ganás, pero a veces perdés, y no es fácil gestionar la derrota cuando estás lejos de tu casa. En este equipo lo que siempre se buscó es eso: armar un grupo de buenas personas por encima del resultado de un partido. Obviamente que cuando la pelota vuela querés ganar, pero hoy lo primordial es la calidad humana», reflexiona con agudeza.
A esa dinámica social se le suma el rompecabezas cotidiano de encajar los entrenamientos y los viajes en la rutina de adultos con responsabilidades laborales y familiares plenamente vigentes: «Gestionar todo esto es muy difícil, es complejo conseguir 12 personas que puedan disponer de 9 o 10 días para viajar a Grecia, pagarse los pasajes, dejar a sus familias, pedir días en el trabajo o reprogramar sus actividades profesionales. Por eso cada uno entrena donde puede: yo entreno con los chicos de acá en Junín y voy a jugar a Capital cuando puedo, y los otros chicos entrenan en sus respectivos clubes. Para hacer esto no tenés que ser un improvisado; tenés que cuidarte en las comidas, ir al gimnasio, entrenar duro. A medida que te ponés más grande, el cuerpo cuesta un poco más, pero la motivación supera cualquier dolor», confiesa.
Ese espíritu de fraternidad excede los límites de la cancha y se traslada a la vida cotidiana: «Hace unos días nos juntamos todos los chicos de Capital que fuimos a Grecia para festejar el Día del Amigo, salimos a comer, la pasamos increíble. El básquet te da eso: conocés gente y a los dos días sentís que la conocés de toda la vida. Si no tuviera esto en mi vida, sentiría que me falta algo».
El llamado del Círculo de Periodistas Deportivos «José Luis Buono» para otorgarle la distinción por su labor en Grecia tomó por sorpresa a Guillermo, pero significó un mimo reconfortante tras años de esfuerzo silencioso: «La verdad que me llamó la atención porque uno no hace estas cosas esperando un premio. Cuando me llamaron me dio una alegría enorme, lo hablé con mis amigos, son mimos que a uno le hacen y que te ponen muy contento, ¿qué es lo que te da energía para seguir cuando tenés 53 años? Estas cosas. Que en tu ciudad te reconozcan el esfuerzo que hacés te recarga la batería. En la vida cotidiana todos tenemos problemas económicos, lesiones, pérdidas, responsabilidades, y estos reconocimientos son un impulso enorme para decir ‘vale la pena seguir'», sintetiza Guillermo con emoción.
Lejos de colgar las zapatillas o conformarse con los logros obtenidos en Suiza y Grecia, la agenda de Guillermo Raggio y el Maxibásquet no se detiene. El horizonte ya tiene marcadas dos estaciones fundamentales en el calendario deportivo internacional.
En primer lugar, Junín se convertirá en el epicentro del Maxibásquet nacional a principios del próximo año. Nuestra ciudad albergará el torneo selectivo que otorgará las plazas para el próximo Campeonato Mundial de la especialidad.
«Ya nos estamos preparando para el año que viene. Hay un Mundial en Fortaleza y hay que clasificar en un Torneo Argentino donde juegan equipos de todo el país en diferentes categorías y clasifican los tres primeros de cada una. Ese torneo clasificatorio lo voy a organizar yo acá en Junín, del 3 al 7 de marzo del año que viene. Ya tenemos la fecha confirmada y se están empezando a inscribir los equipos de todo el país. Va a ser un evento hermoso para la ciudad», adelanta Guillermo.
Con la mirada puesta en el parqué, los viajes en puerta y la incesante búsqueda de nuevos desafíos, Guillermo Raggio demuestra que el deporte no tiene fecha de caducidad. Es, en última instancia, una filosofía de vida donde la amistad, la representación de la patria chica y la pasión por la pelota siguen tan vivas como el primer día.









