El historiador Alonso Piñeyro en el libro “Historia Argentina que poco argentinos conocen” dedicó un capítulo a “Tres argentinos en busca de un autor”. Se refería a tres compatriotas que habían tenido una situación excepcional en la historia mundial pero que sus biografías eran oscuras o incompletas a esa fecha y totalmente desconocidos para el gran público.
Con esa referencia, traigo a dos anónimos juninenses que son citados en diferentes obras y que, en verdad, tienen una actuación insignificante, mínima, casi irrelevante. Pero la falta de identificación y ausencia de todo rastro para dar con ellos hacen precisamente interesante su recuerdo. No soy historiador ni investigador, solo aficionado, y traigo estos dos casos para instar a aquellos que sí lo son, puedan indagar hasta resolver el enigma de estos dos conciudadanos, si resulta de interés.
El primero de ellos surge del libro de Editorial Atlántida “Nazis en las Sombras – Siete Historias Secretas”, en donde el redactor jefe Alfredo Serra, con un grupo de cronistas y fotógrafos logró encontrar a Walter Kutschmann, a Eduard Roschmann, “El Carnicero de Riga” y –primicia mundial– entrevistar a Klaus Altmann-Barbie, “El carnicero de Lyon”, tres de los más buscados criminales del Tercer Reich. En el capítulo dedicado a Kutschmann, aparece un misterioso juninense. Walter Kutschmann, fusilador de intelectuales polacos, desertó en Francia en 1944 y logró escapar primero a España y más tarde a Argentina.
Convertido en Pedro Ricardo Olmo, llegó a Buenos Aires y en la empresa OSRAM, sección “Compras”, se ocupaba del precio de lámparas eléctricas, filamentos de tungsteno y cajas de cartón hasta que el 28 de junio de 1975 fue el último día que lo vieron.
Serra relata que hacia finales de 1975 mientras cerraba la oficina recibió una visita inesperada. Desde la recepción le informaron que “un hombre quiere verlo, pero se negó a dar su nombre. ¿Va a recibirlo?”. Estuvo a punto de decir que no. Entre otras cosas porque era 1975 y la amenaza o el disparo podían llegar desde cualquiera de los dos frentes: guerrilla o Triple A. Corrió el riego y lo atendió.
Ahora paso a citar textualmente la entrevista relatada por Serra:
“Lo recibí en el hall del tercer piso, inundado por la cruda luz de verano apenas moderada por la antigua claraboya de vitraux del centenario edificio de Atlántida. Nos saludamos. El hombre teníaunos 35 años, era magro, y vestía un traje claro de perfecto corte.
–¿Quién es usted?
–Soy un industrial textil de Junín.
–¿Su nombre?
–No importa. Pero tengo una información que puede interesarle.
–¿De qué tipo?
–Criminales nazis: un tema del que usted viene ocupándose hace tiempo. He leído sus notas.
–Dígame.
–Puedo ayudarlo a encontrar a Walter Kutschmann.
–¿Cómo?
–Con algunas pistas.
–¿Pistas seguras?
–Muy seguras, sí…
–¿Qué interés especial tiene en que encuentre a Kutschmann?
–Me reservo la respuesta. Compréndame.
–Bien. Deme los datos, y veremos qué pasa.
–Pero no quiero regalar esa información: quiero venderla.
–No estoy autorizado para pagar información. Tengo que consultarlo con mi jefe, pero ya se
fue. Además, antes necesito saber algo concreto: no podemos pagar en el aire.
–Comprendo. Pero la suma que quiero no es mucha. Creo que no necesita consultar a nadie.
–¿Cuánto quiere?
–Un peso.
–No estoy para bromas. No me haga perder el tiempo.
–No es una broma. Quiero un peso, un peso moneda nacional.
Metí la mano en el bolsillo y saqué un peso.
–Tome. Lo escucho.
–No, no… Quiero cobrar ese peso con una operación formal. En la caja, y con recibo. Bajamos a la caja, que estaba a punto de cerrar. Le expliqué el caso al cajero; que, asombrado, concretó la operación. Ni siquiera leí el nombre al pie del recibo, porque sin duda era falso. Volvimos al tercer piso.
–Espero los datos.
–Lo va a encontrar en Miramar. Vive allí. Tiene un Mercedes Benz gris del año cincuenta. Es el único que hay en Miramar. Su departamento está en un edificio pegado al mar. Vaya pronto, y que tenga suerte.
Me dio la mano y no esperó el ascensor; bajó, a saltos, por la escalera. Un peso. Un criminal nazi vendido por un peso. Borges no escribió ese cuento, pero lo hubiera celebrado”.
Hasta aquí el relato de Serra. ¿Qué sabemos entonces de este juninense? No sabemos si en verdad lo era, pero se dio a conocer como de tal residencia. Que era industrial textil, que para 1975 tenía aproximadamente 35 años, lo que arroja un nacimiento entre 1938/1943, años más o menos, que vestía bien y era “magro” es decir flaco, enjuto, sin grasa y que podría tener algún conocimiento de Miramar.
¿Alguien lo conoce? ¿Se imaginan quién puede ser? ¿O sólo dijo Junín, como podría haber dicho cualquier otra ciudad? Un misterio a develar.
El segundo juninense misterioso es citado por Luis Majul en “Los dueños de la Argentina. Los Secretos del verdadero poder” cuando realiza la biografía de Gregorio Pérez Companc. El periodista indaga los orígenes familiares de este empresario, relatando las sospechas de ser hijo natural de su padre o de su hermano mayor, según las versiones. Cuando llega a la etapa de la educación secundaria de “Goyo” Bazán, como era conocido en ese entonces, se relata su paso por el “Colegio Carmen Arriola de Marín”. Ingresó en 1949 y perteneció a la promoción 1953. Allí se cuenta que Pérez Companc/Bazán era un chico raro y solitario, tímido, acomplejado, ensimismado y silencioso. Que no participaba en las obras de teatro, no competía en los torneos internos de gimnasia, futbol, básquet, esgrima, garrocha o ejercicios. Solo jugaba, a veces, a la paleta. No formó parte del coro y nunca integró el cuadro de honor. “Goyo” fue el único de su promoción que no tuvo nunca mención en las once materias cursadas en quinto año. La mayor parte de la información proviene de ex compañeros del “Colegio Marín”. Uno de ellos se sorprendió tremendamente al comparar las imágenes de Pérez Companc en las tapas de las revistas SOMOS y “Noticias” con la del chico de la foto que se encuentra en la memoria escolar de 1953 con el nombre de Jorge Gregorio Bazán. “¿Cómo puede ser que Bazán aparezca como el “Dueño de la Argentina” si en realidad fue el último de la clase?” ¿Quién se pregunta eso extrañado? Pues bien, Luis Majul obtiene ese testimonio de un ex compañero de colegio, cuando le hace la entrevista en su casa de Junín.
¿Quién es el juninense que fue al “Colegio Marín”, egresado de la promoción 1953 y que fue compañero del que, en su momento, fue el hombre más rico de la Argentina?
(*) Concejal. Abogado.






