En la Argentina, cada vez que un político cree que “odiar lo suficiente” a los periodistas es la receta para callarlos, lo único que consigue es darles más protagonismo.
Por: Diego Abdo
Cada 7 de junio celebramos el Día del Periodista en la Argentina. Y qué mejor que hacerlo recordando que, cada vez que un político decide “odiar lo suficiente” a los periodistas, lo único que logra es darles más protagonismo.
El kirchnerismo lo intentó por varios lugares, incluso con el anecdótico 678, aquel programa de televisión nacido post conflicto con el campo que pretendía encasillar y ridiculizar a quienes incomodaban al poder. Se los acusaba de “cipayos” y “corruptos”, como si repetir etiquetas fuera suficiente para callar voces. No funcionó. Al contrario: fortaleció a quienes seguían ejerciendo el oficio con rigor.
Hoy, el presidente Javier Milei y su séquito libertario de funcionarios sin peso parecen convencidos de que insultar periodistas en vivo, señalar nombres y apellidos, y armar un ejército de opinólogos en streaming es la fórmula para desacreditarlos. La ironía es que, cuanto más se los ataca, más se los legitima. El periodismo, lejos de desaparecer, se convierte en el espejo incómodo que devuelve la imagen que el poder no quiere ver.
Claro que los periodistas no son santos. Hubo, hay y habrá operaciones, excesos y mentiras. Personajes que vestidos de periodistas vendan sus opiniones al mejor postor. Pero en un país donde las instituciones se desmoronan y los valores se corren cada día un poco más, el periodismo sigue siendo uno de los pocos estandartes que nos quedan. Fue el que destapó el Vacunatorio VIP, el espionaje ilegal, la “Mesa Judicial”, Odebrecht y tantos otros escándalos que los gobiernos, vale decirlo, preferirían como mínimo olvidar.
En este mundo de streaming y opinólogos sin argumentos, donde todo parece reducido a entretenimiento, donde se da por hecho que nadie lee y pocos escuchan, y donde la información circula solo entre quienes piensan igual, la diversidad de periodistas que hoy propone la Argentina es, sencillamente, maravillosa. Es por eso que nunca los quisimos tanto: porque en medio del ruido, los periodistas de verdad siguen siendo brújula y memoria.
Y más allá de las luces de los grandes medios, está el periodismo de trinchera: el de los mal pagos, los que tienen tres trabajos, los que nunca hacen huelga aunque deberían. Ese periodismo que, pese al maltrato, sigue entrevistando, investigando y aportando claridad en la oscuridad.
Así que, señor presidente, siga odiando a los periodistas. Porque cada insulto suyo es, en realidad, un homenaje involuntario. Y cada ataque, una confirmación de que el periodismo sigue siendo indispensable.






