Por Marcelo Sicoff
Dicen que son criaturas imposibles. Que no comen si no es escarbando ellas mismas el musgo bajo la nieve helada; que si se les ofrece heno fresco y limpio en un pesebre, prefieren morirse de hambre. Que no se fatigan jamás: les bastan dos o tres minutos de descanso en medio de la tormenta para seguir adelante como si nada. Y que solo responden a los gritos de un borracho que conozca el idioma de la estepa.
El hombre que descubrió todo esto no era un naturalista ni un explorador polar. Era un prófugo.
Antes de volver a Rusia en 1917 para sumarse a los bolcheviques, presidir el Soviet de Petrogrado y ser figura central de la Revolución de Octubre; antes de asumir como comisario del gobierno de Lenin y fundar el Ejército Rojo; antes de hacer disgustar a Stalin y al aparato del partido, ser desterrado a Turquía, liderar la Cuarta Internacional y publicar La revolución permanente; antes de ser asesinado en México por un sicario estalinista; mucho antes de todo eso, Lev Davidovich Bronstein fue deportado de por vida a Siberia por el régimen zarista. Pero no simplemente a Siberia: su destino era el Círculo Polar Ártico, a 1600 kilómetros de la última estación de tren, a 800 kilómetros del telégrafo más cercano y donde, en pleno invierno, el termómetro oscilaba entre los 25 y los 55 grados bajo cero.
Lo detuvieron el 3 de diciembre de 1905 por integrar el Soviet de delegados obreros de San Petersburgo. El Soviet duró apenas cincuenta días. Los condenados de aquel proceso pasaron cuatrocientos días encerrados antes de ser escoltados hacia la ciudad de Obdorsk para cumplir una condena a «asentamiento perpetuo».
Para él, la estepa siberiana no era un territorio desconocido. Ahí había cumplido la mitad de una condena anterior de cuatro años junto a su primera esposa; ahí habían nacido dos hijas que murieron muy pronto. Desde ahí había huido hacia su primer exilio europeo, donde conoció a su segunda mujer, Natalia Sedova, y a Lenin. Pero esa es otra historia.
En el camino hacia el norte lo sorprende que en cada pueblo aparece una comitiva local que lo espera a él y sus compañeros como héroes: té, comida, algunos rublos para que sobreviva al exilio. Hasta los guardias que los custodian saben que el representante obrero merece respeto.
Entonces decide que su destino no será el destierro, sino la fuga.Por eso finge un dolor insoportable al llegar a Beriózov y logra que lo dejen para ser atendido.
Con el tiempo a favor, perfecciona su plan: un trineo tirado por renos hasta las plantas mineras de los Urales, un tren en Bogoslovsky, Kushva, y pueblo tras pueblo hasta pisar de nuevo San Petersburgo.
Con cautela y en absoluto silencio, contrata los servicios de Nikifor Ivánovich, un guía de la zona, simpático y casi permanentemente borracho, que lo acompañará durante los once días que dura el escape a través de más de novecientos kilómetros de tundra profunda. El futuro jefe militar del comunismo no miró los mapas políticos ni repasó las tesis del marxismo: se dedicó a observar a los renos. En esa obstinación animal por sobrevivir en lo inhabitable, entendió, acaso por primera vez, la verdadera cara de Rusia.
Después escribirá que eran «criaturas fascinantes» y que en aquella parte del mundo las distancias no se medían en kilómetros sino en «correrías de renos».
El hombre que escribió eso se llamaba Lev Davidovich Bronstein, aunque el mundo entero terminaría conociéndolo como León Trotski. En ese trineo, atravesando un infierno helado, todavía era apenas un fugitivo de veintiséis años.
Tenía todo por delante.
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