A propósito de la fiesta de San Lorenzo, la Iglesia vuelve la mirada sobre una de sus figuras más antiguas: el diaconado.
Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a San Lorenzo, diácono y mártir. Su nombre está asociado a una de las escenas más recordadas de los primeros siglos del cristianismo: cuando le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia de Roma, se presentó junto a los pobres, los enfermos y los ancianos de la comunidad y dijo que esas eran las verdaderas riquezas que tenía para mostrar. Por esa respuesta fue martirizado en el año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Su figura sigue siendo, casi dos mil años después, una de las mejores puertas de entrada para entender qué es y qué no es un diácono.
Un ministerio tan antiguo como la Iglesia misma
El diaconado no es una invención moderna ni un paso intermedio hacia el sacerdocio. Sus raíces están en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando la comunidad de Jerusalén eligió a siete hombres para que se ocuparan del servicio de las mesas y de la atención a las viudas, mientras los apóstoles se dedicaban a la oración y a la predicación. Ese gesto fundacional le dio al diaconado su rasgo distintivo: no es un ministerio pensado para el altar en primer lugar, sino para el servicio concreto a quienes más lo necesitan. La palabra griega de la que deriva, diakonía, significa exactamente eso: servicio.
Durante los primeros siglos, los diáconos tuvieron un rol central en la vida de las comunidades cristianas: administraban los bienes destinados a los pobres, asistían al obispo en la liturgia y, en muchos casos, eran la cara visible de la Iglesia ante quienes sufrían persecución, hambre o abandono. San Lorenzo fue uno de los siete diáconos de Roma bajo el papado de Sixto II, y su historia resume ese doble movimiento que define al diaconado hasta hoy: estar junto al altar y estar junto a los últimos, sin que una cosa reste a la otra.
Con el correr de los siglos, en Occidente el diaconado fue quedando reducido a una etapa de tránsito hacia la ordenación sacerdotal. Recién el Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium, decidió recuperar su identidad propia y restauró la posibilidad de un diaconado permanente, ejercido también por hombres casados. Fue una manera de volver a las fuentes: reconocer que el servicio a la Palabra, al altar y a la caridad no necesita pasar siempre por el sacerdocio para tener un lugar estable en la vida de la Iglesia.

Servicio, no jerarquía
Quien hoy se ordena diácono asume un triple compromiso: anunciar el Evangelio, colaborar en la liturgia —puede bautizar, asistir en la Misa, presidir matrimonios y funerales— y, sobre todo, sostener obras de caridad y cercanía con quienes atraviesan situaciones de pobreza, enfermedad o soledad. Muchos diáconos permanentes son, además, hombres con familia: tienen esposa, hijos, un trabajo secular. Esa doble pertenencia —a su hogar y a la comunidad eclesial— es hoy uno de los rasgos que más se valora del diaconado, porque encarna en la vida cotidiana algo que la Iglesia insiste en recordar: la fe no se vive aparte del mundo, sino en medio de él.
Comunión, misericordia y misión: el llamado del Sínodo de nuestra Iglesia
En octubre de 2024, la Arquidiócesis de Mercedes-Luján cerró su primer Sínodo Arquidiocesano, dedicado a pensar la «Evangelización y Catequesis Hoy». Su Documento Final dejó tres palabras como brújula para todo el camino pastoral que viene: comunión, misericordia y misión. Son, también, las tres notas que mejor describen lo que la Iglesia le pide hoy a un diácono.
Comunión, porque el diácono no actúa por su cuenta: es un colaborador directo del obispo y del párroco, un puente entre el altar y la vida concreta de la comunidad. Misericordia, porque su tarea nace, como la de San Lorenzo, del contacto cercano con quienes sufren pobreza, enfermedad o soledad, no de la distancia. Y misión, porque cada gesto de servicio —un bautismo, una visita a un enfermo, una obra de caridad sostenida en el tiempo— es, en sí mismo, un modo de anunciar el Evangelio sin necesidad de demasiadas palabras. El Sínodo de la Sinodalidad, celebrado en Roma ese mismo octubre, señaló en la misma dirección: habló de una colaboración necesaria entre obispos, presbíteros y diáconos, cada uno aportando algo propio al caminar conjunto del Pueblo de Dios.
Un servicio que se sigue eligiendo
Volver a San Lorenzo en este contexto no es solo un gesto devocional. Es una manera de recordar de dónde viene un ministerio que, entre persecuciones, olvidos y restauraciones, nunca dejó de sostener la misma convicción: que la Iglesia se reconoce, sobre todo, en el rostro de quienes más necesitan una mano cerca. Esa es, dieciocho siglos después, la tarea que siguen sosteniendo quienes hoy se ordenan diáconos en nuestras parroquias: hombres que eligen, muchas veces junto a su familia, poner su vida cotidiana al servicio de esa misma comunión, misericordia y misión que hoy convocan a toda nuestra Iglesia.
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