A 50 años del último golpe militar, Argentina revisa su historia con una mezcla de dolor, memoria y distancias indefinidas. No se trata de una mera fecha conmemorativa sino de una herida que con el paso del tiempo exige ser revisada con honestidad para poder fortalecer la democracia.
En un contexto de particularidades marcadas, el 24 de marzo de 1976 emerge no como un hecho aislado ni accidental, sino como el resultado de un conjunto de tensiones políticas, sociales y económicas.
Las decisiones de entonces, que interrumpieron el orden constitucional y dieron paso a uno de los períodos más oscuros del país, sentaron las bases de una dictadura que se instauró en el poder, desplegó un sistema de represión brutal y se extendió por casi ocho años diseminando el terror y multiplicando los abusos y las desapariciones.
Cinco décadas después de aquella recordada madrugada en el que un comunicado oficial daba cuenta del derrocamiento del gobierno de María Estela Martínez de Perón, la democracia se sostiene sobre una premisa fundamental: nunca más. Y requiere de una memoria activa, solidaria, capaz de resistir todos los intentos de relativizar el terrorismo de Estado o de diluir responsabilidades bajo discursos ambiguos.
Medio siglo después, los desafíos persisten, interpelan a las nuevas generaciones y ponen a prueba un legado. Recordar hoy aquel golpe significa preguntarse por el presente, defender las instituciones, la división de poderes, y no perder de vista el pasado. Redoblar el compromiso con los derechos humanos, la libertad de expresión y la participación ciudadana.
Memoria, verdad y justicia no son consignas vacías. Son principios que, con conciencia, deben renovarse todos los días.
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