El Día Internacional de la Mujer Trabajadora se nos presenta siempre como una oportunidad para, entre todas, pensar y repensar nuestras prácticas cotidianas dentro y fuera de la Escuela y hacer el ejercicio necesario de mirar nuestro lugar de trabajo, nuestras relaciones al interior de nuestra comunidad educativa, las condiciones en que damos clases todos los días y nuestro estado de salud/enfermedad, desde una perspectiva de género. Somos docentes que en un colectivo mayor, el de mujeres trabajadoras, elegimos luchar por la igualdad y la democratización del poder patriarcal en un mundo aún muy desigual.
Nosotras, las docentes de gestión privada, pertenecemos a un colectivo laboral conformado mayoritariamente por mujeres (88% de maestras en nivel primario y el 74% de profesoras en el nivel secundario). Otro dato que debemos analizar es que el salario docente está íntimamente vinculado a la feminización de la actividad, ya que la misma se configuró históricamente como una tarea realizada por mujeres, percibida como una labor sencilla, con horarios holgados, con un salario acorde a ese nivel de preparación y exigencia, y como “una profesión para mujeres que trabajan medio día…”.
Es importante abordar la extensión del tiempo laboral, sabemos que nuestra jornada real de trabajo es mayor que la jornada legal establecida en la normativa vigente. A las horas de trabajo dentro de la escuela, le sumamos otras, fuera de ese horario, en las que también realizamos actividades vinculadas con la tarea docente, por ejemplo: corregir, planificar, preparar materiales, reuniones con autoridades, padres y con otras y otros compañeros de trabajo, acciones que deben necesariamente realizarse para poder cumplir con las pautas prescriptas.
Por estos días, la agenda pública está incluyendo fuertemente las llamadas “tareas de cuidado”. En nuestro caso, a las actividades escolares que realizamos en nuestras casas debemos sumar las tareas domésticas y de atención de las y los hijos.
A su vez, estas exigencias del trabajo asalariado y el trabajo doméstico-familiar, conocidas como “doble presencia” constituyen un riesgo para nuestra salud, originado en un aumento en la carga de trabajo y en la dificultad para responder a ambas demandas cuando se producen de manera simultánea.

Estas problemáticas las compartimos con el resto de las trabajadoras y por eso es necesario debatirlas y generar propuestas que nos contengan a la hora del diseño de las políticas públicas y también de su incorporación a los Convenios Colectivos de Trabajo.
Tenemos un fuerte desafío por delante, que es construir ambientes de trabajo saludables y dignificar nuestra actividad.
Por último, no podemos dejar de señalar que todos los días y cada día debemos denunciar los femicidios y buscar las raíces profundas de esta violencia expresada de manera directa sobre el cuerpo de las mujeres.
Nuestra tarea es educar, plantar las bases para una convivencia con mayor justicia social y relaciones humanas más democráticas.
Cada una de nosotras aportará desde la escuela y desde el sindicato para la construcción, con todas, de un mejor futuro.
¡Soñar juntas es empezar a tejer la realidad que nos abrace!
¡¡TODAS SOMOS TRABAJADORAS!!!
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