El deporte de Junín acaba de escribir una de las páginas más gloriosas, emotivas e inspiradoras de su historia contemporánea. Benjamín Caballero, un joven de la casa cuyas raíces están profundamente ligadas a las canchas locales, se convirtió oficialmente en el número uno del ranking mundial de golf adaptado. El logro, que sacudió el ambiente deportivo regional y nacional, no es solo el fruto de una precisión técnica admirable, sino el emergente de una historia de resiliencia que desarma a cualquiera.
A los 20 años, la vida de Benjamín cambió para siempre debido a un grave accidente vial que derivó en la amputación de su pierna izquierda. Lejos de claudicar ante el golpe físico y psicológico, el destino volvió a cruzarlo frente a frente con el deporte de los palos y los greens. Lo que siguió fue un ascenso meteórico que desafía cualquier lógica del entrenamiento tradicional: en solo doce meses de práctica continua, pasó de ostentar un hándicap de 24 a un descollante hándicap de 7, escalando posiciones a nivel global hasta mirar a todos desde la mismísima cima del planeta.
Instalado a metros de su hábitat natural, viviendo el día a día con la calma de los que ya no tienen nada que demostrar pero sí mucho por disfrutar, Benjamín dialogó en exclusiva con La Verdad para desmenuzar las sensaciones de una conquista que todavía se está asimilando en la ciudad.
Para los atletas de alto rendimiento, la llegada a un puesto cumbre suele imaginarse rodeada de atención, planillas oficiales rigurosas y una espera llena de tensiones. Para Benjamín, sin embargo, la noticia irrumpió con la naturalidad cotidiana de los tiempos modernos: un mensaje en el teléfono celular mientras compartía la rutina con sus pares del plano nacional.
«La verdad es que primero como que no caía porque al momento de enterarme fue en el grupo de WhatsApp que tenemos con el RAGA (Ranking Argentino de Golf Adaptado)», confiesa el golfista local con notable humildad. «Ahí, en el mismo grupo del ranking argentino de golf adaptado, mandó un compañero una captura diciendo que yo estaba primero. Y bueno, entré a chequear y era verdad, estaba ahí, así que se dio as, no lo podía creer pero lo podía esperar después de todo el sacrificio y esfuerzo que hice, ese fue el fruto».
El impacto de verse al frente de todo el planeta fue doble debido al distanciamiento temporal que Benjamín había tomado respecto de las matemáticas del circuito. Sus metas estaban puestas en el juego, no en la calculadora. «Ya venía encaminado, pero la última vez que lo había mirado unos 15, 20 días antes, estaba en el puesto 17», revela sobre el vertiginoso salto cualitativo. «Entonces como que no estaba tan pendiente de ir viendolo, por ahí si estás segundo, tercero, cuarto estas más atento. Creo que por ahí es un poco más la ansiedad de que manejas, ir viendo cada tanto que se actualiza, ver en qué posición quedás, me enteré por por mi compañero».
Para comprender la magnitud de lo conseguido por Benjamín Caballero, es imperioso desandar el camino del tiempo. Su vínculo con el golf nació de una manera muy especial; se moldeó caminando la cancha desde la adolescencia, cargando palos ajenos y absorbiendo los secretos del deporte del silencio desde el rol de trabajador.
«Cuando era más chico vivía cerca del club de golf, fui caddie a los 16 años durante casi un año; jugaba con unos palos prestados, pero lo hacía muy poco: una vez por semana o cada tanto, después dejé por completo y volví recién después del accidente a los 20 años, en el que me amputaron la pierna izquierda».
El bache temporal y el trauma físico habrían alejado a cualquiera de las canchas de manera definitiva. Sin embargo, la geografía y los lazos familiares tejieron una red imperceptible pero infalible para su retorno; «Volví a jugar hace exactamente un año a la fecha, me había mudado enfrente de la cancha y mi primo me visitó y me dijo: ‘Che, vamos a cruzarnos a tirar unos tiros’. Yo le contesté que no sabía si iba a poder por mi condición física, pero cuando probé, vi que más o menos me salía. Nos entusiasmamos, aunque mi primo dejó a las dos semanas, yo quedé completamente enganchado. Hoy, un año después, soy el primero del mundo».
La velocidad de sus progresos técnicos asombra a los especialistas de la disciplina. En el golf, el hándicap mide el nivel de juego de un aficionado: a menor número, mayor es la destreza. Lo que Benjamín logró en doce meses destruye los parámetros habituales de evolución deportiva, incluso para atletas convencionales: «El golf se maneja con el hándicap y yo empecé con 24 cuando saqué la matrícula por primera vez, porque antes nunca había sido socio de un club. De chico solo jugaba los lunes, que era el día que nos permitían entrar a los caddies, y lo hacía con palos viejos. Al regresar me compré un equipo más o menos decente, empezar con 24 para alguien a quien le falta una pierna era un número bastante bueno, pero desde hace dos meses estoy jugando con hándicap 7. Bajar 17 puntos en un año y con mi condición es una locura».
El secreto de semejante evolución no radica en fórmulas mágicas, sino en una obsesión saludable y una constancia diaria facilitada por su entorno: «Vivo pegado al club, ahora mismo estoy sentado mirando por la ventana y veo la cancha literal a 15 metros. Por eso estoy metido ahí adentro todos los días, todo el tiempo».
El golf es catalogado mundialmente como uno de los deportes más complejos a nivel psicológico; la cabeza del jugador suele ser su principal aliada o su peor enemiga en recorridos que demandan horas de concentración extrema. Para Benjamín, la actividad adquirió un tinte terapéutico y trascendental tras las vicisitudes que le tocó atravesar.
Al ser consultado sobre el significado profundo que el deporte cobró en su vida post-accidente, Caballero utiliza una palabra contundente: «Para mí el golf funciona como un salvavidas, es un espacio de descompresión mental que te puede transformar cualquier día malo en uno excelente, aunque también funciona al revés si jugás mal te cambia el día».
Ningún deportista llega a la cumbre en absoluta soledad, aunque en el momento de ejecutar los golpes la responsabilidad sea individual. Benjamín reconoce con gratitud el ecosistema afectivo e institucional que apuntala sus viajes y entrenamientos en cada fecha del calendario adaptado: «En mi día a día están mi novia, mi familia y mis amigos apoyándome en todo momento, en la parte institucional y de logística, cuento con el respaldo fundamental de la Ortopedia Alemana, que confió en mí, me sponsorea y me banca en todas las fechas del calendario. Tener un año de golf, ser el número uno del mundo y contar con un apoyo tan grande que me ayuda a viajar me pone completamente feliz».
Al repasar los hitos deportivos que jalonaron este año de ensueño, Caballero evoca con particular emoción un certamen del año pasado que funcionó como el punto de inflexión definitivo, donde supo que estaba para grandes cosas a nivel continental y mundial. Fue una prueba de fuego tanto técnica como humana.
«El punto de quiebre fue el Abierto de Golf Argentino del año pasado, donde vinieron representantes de México, Chile y Colombia, y tuve la oportunidad de ganar el primer puesto. En ese momento viajé completamente solo porque no tenía a nadie que pudiera acompañarme, afronté el sacrificio de viajar solo, dormir solo y arreglármelas por mi cuenta, por lo que volver a Junín con el título del Abierto Argentino fue una emoción enorme».
Más allá de los trofeos, los viajes y los puntos en el ranking, Benjamín es consciente de que su figura trasciende lo meramente estadístico. Su historia se convirtió de forma inevitable en un faro para otras personas que atraviesan procesos de discapacidad, rehabilitaciones complejas o crisis personales profundas. El golf adaptado, en ese sentido, se planta como una herramienta de inserción fenomenal.
«El golf adaptado es un deporte profundamente inclusivo que te permite competir en varias categorías según la condición de cada uno. El mensaje que siempre me interesa dejarle a la gente es que cualquiera que esté triste en su casa pensando que no puede hacer nada, que salga, que lo intente y que sepa que nada está perdido».
Con la humildad de los grandes, al mirar hacia el horizonte de su carrera, Benjamín evita los discursos grandilocuentes y prefiere centrarse en la evolución constante y el disfrute del juego diario, una filosofía que le ha dado dividendos históricos en un abrir y cerrar de ojos.
«Mis metas y sueños hoy pasan por seguir mejorando paso a paso. Quiero intentar bajar aún más el hándicap o mantenerlo, sostenerse dentro del top tres del mundo y, por sobre todas las cosas, disfrutar mucho del proceso».
Sobre el cierre de la entrevista, el flamante número uno del planeta se tomó un espacio para reiterar los agradecimientos a quienes caminan a la par de sus ganas y sus jornadas de entrenamiento en Junín: «Le agradezco profundamente a mi novia, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros del circuito de golf y a la ortopedia que me acompaña como sponsor».
Benjamín Caballero se despide para volver a mirar por la ventana. Allí, a escasos 15 metros, lo espera el verde del campo, los hoyos y el desafío constante de ganarle a un deporte hermoso y esquivo. Junín tiene a un vecino común y corriente sentado en la cima del mundo, enseñándonos a todos que los límites, muchas veces, son solo una línea difusa que se puede borrar con un buen swing.






