Escribe: Arq. Juan Benjamín Kessler – Estudio Kessler ARQ+ART
La arquitectura instagrameable no nació de la noche a la mañana. Fue un proceso lento, casi imperceptible, como la humedad en una medianera. Primero fueron los renders “aspiracionales”. Después, los espacios “pensados para la experiencia”. Finalmente, llegamos al punto actual: edificios que funcionan mejor en formato cuadrado que en la vida real.
Hoy, un buen proyecto ya no se mide por cómo envejece, sino por cuántos likes consigue en las primeras 48 horas. La durabilidad quedó relegada; lo importante es que la luz entre en diagonal, que haya una planta estratégicamente descuidada y que el hormigón parezca espontáneo, como si se hubiese colocado solo mientras nadie miraba.
La arquitectura instagrameable es profundamente optimista: asume que nadie va a vivir ahí de verdad. Que nadie va a cocinar todos los días, ni apoyar la mochila, ni preguntar dónde va el tender. Es una arquitectura para humanos idealizados, siempre bien vestidos, siempre felices, siempre jóvenes, que jamás necesitan enchufes en lugares incómodos.
Los espacios se diseñan para una coreografía muy específica: entrar, girar levemente la cabeza, levantar el celular, sacar la foto, irse. Todo lo que no entra en el encuadre es sospechoso. Las manijas son incómodas pero “minimalistas”. Las escaleras son escultóricas, aunque nadie quiera subirlas más de una vez. Los baños parecen spas nórdicos, pero no tienen lugar para apoyar una toalla sin arruinar la estética.
Kurt Vonnegut probablemente diría que es la primera vez en la historia que construimos ciudades para ser vistas por gente que no está ahí. Y tendría razón. Diseñamos para una audiencia invisible, dispersa y exigente, que jamás va a usar el edificio pero sí va a juzgarlo con un gesto rápido del pulgar.
Lo más curioso es que esta arquitectura habla constantemente de autenticidad. Materiales nobles, espacios honestos, vida simple. Todo muy sincero, salvo por el pequeño detalle de que nadie vive así. Es un teatro cuidadosamente iluminado donde el desorden humano —ese que hace a los espacios reales— está estrictamente prohibido.
Como arquitectos, nos volvimos escenógrafos. Diseñamos fondos. Fondos bellísimos, sí, pero fondos al fin. Y cuando alguien pregunta por la funcionalidad, por el uso cotidiano, por el paso del tiempo, la respuesta suele ser vaga, estética, fotogénica.
El problema no es Instagram. El problema es creer que una imagen puede reemplazar a una experiencia. Que un edificio existe solo si es compartido. Que la arquitectura vale más cuando se mira que cuando se vive.
Tal vez algún día vuelva a ponerse de moda diseñar espacios que se ensucian, se gastan, se transforman. Lugares donde la gente pueda sentarse mal, colgar cosas feas y vivir sin pensar en el ángulo de la cámara.
Hasta entonces, seguiremos construyendo escenarios perfectos para una vida que ocurre en otro lado.
Y sacando fotos. Muchas fotos.
Porque si un edificio no aparece en Instagram… ¿realmente fue construido?







