El estudio, titulado “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión”, advierte que las desigualdades que atraviesan a los jóvenes no se explican únicamente por sus decisiones individuales, sino que están fuertemente condicionadas por la posición socioeconómica del hogar de origen.
El panorama laboral muestra que el 30,2% de los jóvenes tiene un empleo regular, aunque dentro de ese universo sólo el 14,2% alcanza un empleo pleno de derechos y el 16% se encuentra en empleos precarios. A esto se suma que el 22,5% combina empleo irregular y desempleo reciente, mientras que otro 10,7% permanece desempleado durante más de seis meses.
El informe también identifica un 36,6% de jóvenes inactivos, aunque advierte que esta situación requiere una lectura diferenciada: puede responder tanto a quienes se dedican exclusivamente a estudiar como a jóvenes desvinculados simultáneamente de la educación y del mercado laboral.
La desigualdad se hace todavía más marcada cuando se observa el origen social. El empleo regular prácticamente se reduce a la mitad entre los extremos de la estructura socioeconómica: alcanza al 38,9% de los jóvenes del estrato medio alto, pero cae al 19,7% entre aquellos pertenecientes al estrato muy bajo.
La brecha también aparece con fuerza al analizar la relación entre educación y trabajo. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero esa proporción trepa al 34,2% entre los jóvenes del estrato socioeconómico muy bajo, frente al 8,3% registrado entre los del estrato medio alto.
En el otro extremo, la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar también presenta una marcada diferencia social: pasa del 41,2% entre los jóvenes de sectores medios altos al 15,6% entre los de menores recursos.






