Por Federico Mighella (*)
Las formas en que una sociedad comunica sus desacuerdos y contradicciones, construye legitimidades y elabora sentido compartido son fundamentales para la vida democrática. Hoy, esas formas no han desaparecido, pero sí están siendo trastocadas por una mutación profunda: el paso del espacio público institucionalizado al espacio digital fragmentado; del argumento a la reacción; de la política deliberativa a la política emotiva. La comunicación del presidente Javier Milei no inaugura este fenómeno, pero lo intensifica, lo empuja hasta sus bordes más extremos y, en ese gesto, nos obliga a observarlo con detenimiento.
La irrupción de las redes sociales como principal canal de comunicación política ha modificado profundamente las reglas del juego. En lugar del debate estructurado, prevalece la lógica de la interrupción; en lugar del tiempo de la reflexión, la urgencia de lo inmediato. La red no exige razones, exige presencia. No premia la coherencia, sino la visibilidad. No construye sentido, lo fragmenta.
Byung-Chul Han ha sido uno de los pensadores más lúcidos a la hora de señalar esta mutación. En En el enjambre, describe el pasaje del “nosotros” político a la multitud dispersa del enjambre digital: una masa conectada pero desarticulada, sin conciencia colectiva, que no dialoga sino que reacciona. En ese enjambre, el discurso pierde densidad y se convierte en estímulo. Se impone no lo que se argumenta, sino lo que se siente. Y entre todos los sentimientos posibles, la indignación y el desprecio son los que mejor viajan.
La política en red se ve así arrastrada hacia un terreno cada vez más afectivo, donde el lenguaje ya no busca persuadir, sino provocar. El mensaje no se evalúa por su consistencia, sino por su capacidad de generar una respuesta inmediata: un like, un retuit, una ola de aprobación o repudio. El valor de verdad del discurso ya no reside en la evidencia, sino en su potencia emocional.
En ese terreno, la figura de Milei opera con eficacia. Su estilo no es una anomalía dentro de la política contemporánea: es una expresión extrema y coherente con las condiciones del ecosistema digital. No habla como jefe de Estado, sino como usuario. Prescinde de toda mediación institucional y se entrega a una lógica de flujo constante, saturada de gestos, eslóganes y ataques personalizados. El algoritmo premia la furia, y el presidente conoce las reglas del juego.
Pero esta forma de comunicar tiene consecuencias políticas concretas. Al priorizar la reacción por sobre el argumento, se debilita la posibilidad de deliberar. Y al elegir al enemigo antes que al interlocutor, se clausura cualquier espacio para el disenso razonado. La violencia simbólica se dirige, además, a sectores muy concretos: científicas y científicos del CONICET, periodistas críticos, docentes, trabajadores de la salud, artistas, estudiantes, militantes sociales, feministas, organizaciones de derechos humanos. En su mayoría, actores sociales ligados a la producción, defensa o cuidado de lo común.
Esta forma de comunicar no solo incide en la dinámica institucional o en el debate público. Tiene efectos concretos sobre la vida anímica y perceptiva de la ciudadanía. Frente a la intensidad constante del discurso político-emocional, muchos sectores sociales se sienten paralizados, agotados, desorientados. La saturación de estímulos, la agresividad permanente y la ausencia de matices producen un clima subjetivo marcado por la angustia, la retracción y la pérdida de confianza en lo colectivo. En lugar de propiciar una ciudadanía activa, deliberante, crítica, estas prácticas tienden a encerrar a las personas en burbujas defensivas, donde lo común se vuelve inasible y el otro, una amenaza.
Lo que está en juego, entonces, no es simplemente una forma agresiva de comunicar, sino la capacidad misma de sostener una conversación democrática. Una política que se alimenta del escándalo permanente termina por disolver los marcos de interpretación compartidos, volviendo cada afirmación irrefutable entre propios e intolerable entre ajenos. Cuando todo se reduce a lo emocional, lo inmediato y lo identitario, la esfera pública se vuelve inviable como espacio de encuentro entre diferentes.
Han advierte que, en este régimen saturado de estímulos, el pensamiento se vuelve un gesto contracultural. Detenerse, escuchar, leer, elaborar una idea, son prácticas que el algoritmo no solo no premia, sino que castiga. En su lugar, se impone una economía de la atención fugaz, donde lo que más circula no es lo más razonado, sino lo más visceral.
Frente a esta realidad, no basta con denunciar la agresividad del discurso oficial. Hay que preguntarnos también cómo reconfiguramos nuestro vínculo con lo común, con la conversación política, con el lenguaje mismo. ¿Podremos volver a construir una esfera pública que valore la reflexión por sobre el impacto? ¿Qué nuevas formas de alfabetización democrática serán necesarias para resistir la lógica de la reacción permanente? ¿Quiénes van a sostener, en medio del ruido, las prácticas lentas y fundamentales del cuidado, la palabra y la escucha?
La política, si quiere seguir siéndolo, no puede reducirse a espectáculo ni a impulso. Requiere la difícil tarea de mediar entre diferencias, de imaginar lo común incluso en el conflicto. Y eso, en estos tiempos, no se impone: se construye. Y si —como todo indica— la lógica de las redes no es un desvío pasajero, sino una tendencia estructural de nuestra época, el desafío será entonces aprender a habitarla críticamente. Adaptarnos no para replicar sus impulsos, sino para diseñar formas nuevas, democráticas y constructivas de vinculación entre la ciudadanía y el debate colectivo.
(*) Sociólogo – UBA
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