Evangelio según San Lucas 18, 9-14
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».
Reflexión del Padre Pablo Vallés
El cristianismo no es la religión de los logros y virtudes humanas, no es la exaltación de las fuerzas humanas contra el pecado, sino la religión de la Bondad y Misericordia de Dios que nos levanta de nuestra miseria. Lo más central en el cristianismo es Dios y su deseo de salvación.
Por eso los humildes y sencillos, que reconocen su pequeñez e impotencia son los que mejor viven el cristianismo, porque todo lo esperan de Dios y saben que sin su ayuda no pueden nada. La parábola que Jesús nos enseña este domingo es muy clara al respecto. Quien hace alarde de vida recta e impecable y se considera superior a los demás no sólo demuestra que está viviendo una falsa religión, sino que se pierde la oportunidad de ser alcanzado de verás por la gracia y el auxilio de Dios.
Con su actitud soberbia y arrogante impide que Dios pueda ayudarlo, porque el soberbio cree no necesitar nada salvo reconocimientos y elogios. En cambio, quien es consciente de sus pecados y miserias no piensa en juzgar a los demás, tiene bastante con su propia debilidad como para ser juez de sus hermanos, sólo siente la necesidad de clamar al cielo por perdón y misericordia, y con esa actitud obtiene gracias innumerables de Dios, porque Dios nunca abandona a los de corazón contrito y humillado.
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