Por Claudia Birello
Para Grupo La Verdad
Los tiempos en que las carretas llevaban al interior las voces de la civilización.
En su edición del octubre de 1938, La Verdad elegía para plasmar en sus páginas, la historia de un chofer de plaza oriundo de Chivilcoy, para entonces, radicado en Junín, que vivió junto al paso de los años, los cambios y el progreso. Comenzó conduciendo diligencias y terminó sus días manejando un Rugby que posiblemente haya sido adquirido en el representante de la automotriz en Junín, Don David Panizza y que él le compró a un amigo y vecino por la friolera suma de $ 1.500.
Cada vez que llegaba al pueblo la tropa de lentas y pesadas carretas procedentes de Buenos Aires, en viaje de aprovisionamiento a las aisladas poblaciones del oeste, los vecinos de Chivilcoy se sentían felices. Para la gente del interior, en aquellos años, -1880-, la llegada de las carretas constituía un verdadero acontecimiento popular.
Las carretas eran como una caja de Pandora que enviaba la ciudad lejana y prodigiosa.
Dentro de ellas se encerraba la inquietud de la civilización, concretada en géneros de colores chillones, en nuevos modelos de tabaqueras, en alpargatas, con frondosa decoración floral. Eran rastras y tiradores.
Francisco Arregui, en ocasiones excepcionales como esas, solía caminar dos leguas desde la casa de sus mayores al pueblo, para pasarse el día en la plaza donde se detenían las carretas.
Si le hubieran dado a elegir entre trabajar en la quinta o integrar la caravana de carreteros, no hubiera meditado un par de segundos antes de lanzarse a la emocionante aventura del camino.
Sentía una atracción irresistible por los viajes. Hubiera querido andar toda la vida sobre los pescantes, con un manojo de riendas entre las manos y una canción en los labios. Eso hubiera querido. Pero…contra sus ensueños de muchacho se levantaba una muralla infranqueable: la férrea voluntad paterna.
-Vos tenés que ayuda en la quinta, como tus quince hermanos. Ayudar, sí, sí…
El padre, un hijo de Euskadi, tierra famosa por la testarudez de sus pintorescos y nobles habitantes, se oponía obstinadamente a los impulsos del cachorro.
Pero un día…
-Déjalo que venga conmigo. Déjalo hombre. Nada vas a perder.
Era un pariente, Pancho Levalle, yerno del vasco.
-Pueda ser que se aburra de frío y de calor. Lo dejaré a cargo de la galera a Chacabuco.
-Y bueno, llévalo, a lo mejor se arrepiente. Sí, sí…

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Don Francisco Arregui, chivilcoyano, sesenta y ocho años de edad, cincuenta de cochero, nos lleva medio siglo atrás, hablándonos de su oficio y de cosas cuyo recuerdo guarda un contenido de honda emoción evocativa.
-Así fue como me inicié en el trabajo de llevar gente a distintos destinos durante toda una vida.
En 1885 dejó la casa paterna dando forma a su íntimo deseo e andar. Pancho Levalle, su pariente, dueño de líneas de mensajería a Bolivar, Chacabuco, Navarro, 25 de Mayo, “Pehuyo”, etc., le puso a cargo de una diligencia que haría viajes diarios de Chivilcoy a Chacabuco.
Durante once años hice ese trayecto todos los días. Era una vida agitada, con viajes llenos de dificultades y la emoción de siempre presente de un posible asalto en el camino.
-¿Nunca ocurrió?
-Felizmente no. Pero le temíamos. Especialmente cuando se corría de Chivilcoy a 25 de Mayo llevando unos cofres fabulosos, encargues de los bancos y otras dependencias oficiales.
-¿Cuándo llegó a Junín?
-En 1901. Una vez aquí reinicié mi oficio. Me hice cargo de la línea a Los Toldos. Hacía los viajes en sólo cuatro horas –dice con un dejo de anacrónico orgullo profesional-. Cuando había que alcanzar la combinación con Bragado, echaba tres horas y media. Mi tropilla era una de las mejores de la zona y la componían ciento setenta y cinco animales.
Con nueve juntas llevaba 22 pasajeros y una carga respetable.
-¿Qué clase de gente utilizaba la diligencia en ese entonces?
-La diligencia era un vehículo democrático en el cual viajaban codo con codo la gran dama y la chinita de los recados, el estanciero y el peón de campo; el rico y el pobre.
-¿Cómo era el pueblo cuando usted llegó?
-Un pueblecito de vida tranquila. A principio de siglo Junín era: dos almacenes grandes, dos fondas ubicadas donde ahora están el Banco de Junín y el Hotel Arnera, una casa municipal de tres oficinas, otros escasos edificios por el estilo y una plaza llena de alfalfa y vizcacheras. Los carteros andaban a caballo y los faroleros, cuando llovían, también.
– ¿No recuerda quiénes cumplían estas funciones?
– Sólo recuerdo que el alumbrado público –una veintena de faroles a querosene- estaba a cargo de los hermanos Razzo, que usted, mocito, si no es de aquí, no ha de conocer.
-Efectivamente, señor…
-…evolucioné en Junín los medios de transporte.
-¿Cómo…así…?
-Traje dos chasis Fiat y construí con ellos dos galeras a motor. Eso era por el año del centenario. Había estado en buenos Aires y mirando los grandes camiones que transportaban mercaderías del puerto, me pareció que el motor podía ser de utilidad en mi pueblo, para conducir gente, en reemplazo del caballo.
-Causó sensación, desde luego…
-¡Ya lo creo! Mis Fiat con sus cajas de construcción casera y sus llantas de goma maciza, fueron los precursores de los colectivos que cruzan las rutas de todo el país.
-¿Dieron resultado?
-No creo, amigo. En esos tiempos la vialidad era una palabra desconocida. Los caminos eran terriblemente malos. Vuelta a vuelta los Fiat se quedaban empantanados en medio del campo. Teníamos que dormir con ellos, rodeados de agua, de nutrias y gallaretas. Cerca de Zavalía, en el camino del campo de los Tisseira, existía una laguna famosa. Tenía dos vertientes que noche y día lanzaban dos chorros de agua inundando una vasta región. Allí dormí varias veces. Al año cambié los Fiat por las diligencias de caballos.
-¿Usted fue entonces el primer colectivero de la provincia?
– Posiblemente. En el año ´20 volví a hacer la prueba. Esta vez con un Ford. Me fue mejor. Pero al poco tiempo, ya cansado, vendí la línea.
-No obstante…
-Sí. Ya ve. Aquí me tiene de chofer de plaza.
-¿Cómo fue?
– Me cansaba de no hacer nada. Un día charlando con Pierro –un conocido colega se me quejaba de que su automóvil sólo le ocasionaba trastornos. “Te doy mil quinientos pesos por el cachivache” le dije. Y ahí no más cerramos trato.
-Anduve un tiempo paseando mi aburrimiento en auto. Todas las tardes me venía a la plaza a charlar con los cocheros. Al final salí quedándome con ellos, haciéndome del gremio. Y aquí me tiene desde hace una punta de años.
Por calle Rivadavia avanza velozmente la proa puntiaguda de un pulman.
-¿Qué diferencia, amigo? Vea cómo se viaja ahora. Es mi Fiat con sus llantas macizas y su carrocería que hoy sirve de palomar en la estancia de Eguren. Se viajaba, francamente, a los saltos.
-¿Cuándo abandonará la profesión?
-Cuando se me termine este macarrón, contesta, señalando el viejo Rugby parado a la sombra de la casona municipal.
Son las cinco de la tarde. Rivadavia y Arias. Esquina llena de ruidos mecánicos y hombres apresurados.
-Nos vamos. Detrás de nosotros apoyado el codo en el lomo lustroso del auto, queda don Francisco Arregui.
Viendo así su anciana figura pensativa se nos antoja que mira melancólicamente el pasado, ajeno a la sinfonía áspera de la civilización, añorando las ferias de las carretas y los viajes en las guapas galeras criollas, reproducción un tanto ruda de aquellas carrozas que el financiero Regnault L´Euzaville (Sic) y el capitán de la guardia Pierri Petit, pusieron en boga en el París noctámbulo del siglo XVII.

EL “RUGBY”
Entre los autos de la época, el “Rugby”, adquirido por don Francisco Arregui era el utilizado como coche de alquiler.
Ya a fines de la década del 20, la casa de David T. Panizza, ubicada en Avda. Arias 63, publicitaba las bondades de los distintos modelos, valores incluidos.
“Satisface poder conducir estando cómodamente sentado y no tener que sufrir torsiones de la carrocería en los terrenos desparejos. Esto y muchas cosas que observa el buen automovilista, conseguirá Ud. adquiriendo un RUGBY.
Si usted está interesado en comprar un automóvil, pida al agente local que le haga una demostración. Pruébelo, condúzcalo, y si el Rugby no se vende por sí solo, no se le pedirá que lo compre.
Visite el salón exposición de la agencia Rugby donde siempre encontrará en exhibición varios modelos y tipos.
Los nuevos modelos son la admiración de los más entendidos en la materia, por la solidez de su estructura, toda a base de materiales de la mejor calidad; la potencia de su motor continental de 30 caballos, que trabaja silenciosamente; la perfección y belleza de su carrocería, de correcto estilo moderno, su confortable comodidad interior y su manejo fácil a la vez que seguro.
Es una gran satisfacción para el que maneja un automóvil, que su motor responda a cualquier aceleración, lo mismo que la dirección obedezca con seguridad al más leve movimiento del conductor, sin ceder a la resistencia de las ruedas.
Francisco Arregui, se había iniciado como conductor de diligencia en 1880 y se fue amoldando a los cambios. De una tropilla compuesta por 175 caballos, terminó manejando uno de los automóviles más conocidos de la época. El Rugby.

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