El primer recuerdo que tengo de Ciclista es de cuando no había cumplido todavía cuatro años. Con mis padres íbamos a comer los domingos al mediodía al restaurant que funcionaba en la sede, contiguo a la cancha.
Otra imagen que se me viene a la mente de esa época es la de una noche de boxeo, en la que sentado junto a mi papá en una silla plástica anaranjada podía ver, del otro lado del ring, la publicidad de una marca de ropa deportiva que ya no existe, en la que sobresalía la cabeza de un perro de grandes orejas dentro de un círculo doble.
También, desde el kiosco de Oscarcito, a donde mi mamá me llevaba a comprar los chocolatines Jack que traían muñequitos coleccionables de los personajes de Hijitus en su cavidad interior, me llamaba la atención la inmensidad del frente del club, lo imponente de su estructura.
Con el correr de aquel primer lustro de la década del 80 mi identificación con Ciclista fue in crescendo. Solía concurrir a espectáculos infantiles, festivales musicales y algún que otro partido en el que River Plate hacía de local durante la primera Liga de transición de 1984. En la cama, por Radio Junín y antes de caer rendido ante el sueño, recuerdo haber escuchado al menos parte de la final del torneo de 1985, cuando la Primera coronó un campeonato local de la Asociación Juninense de Básquet.
Pero el quiebre definitivo se dio unos meses más tarde, en 1986. Un domingo de junio, el mismo día que la selección de fútbol de Dinamarca vapuleó a la de Uruguay en el Mundial de México. Ese mediodía mi familia había sido invitada a un almuerzo por quien entonces integraba una subcomisión de mini básquet y al año siguiente fuera designado presidente.
Entre asado servido sobre hileras interminables de tablones forrados con papel de rollo, sillas de chapa, el sol que se colaba por las ventanas altísimas del gimnasio y el murmullo de un montón de gente a la que jamás había visto entendí que algo me interpelaba. Desde entonces mi vínculo con el club ya no tuvo interrupciones.
Cierro los ojos y visualizo casi en sepia ese domingo de invierno, a Carlitos De Rosa con un micrófono en sus manos, sobre el escenario que daba espaldas a la calle Alem, cubierto en el frente y los costados por una tela color bordó, que en algún momento debe haber sido roja. Creo que Carlos era vicepresidente, y amenizaba con sus palabras un ritual que ya no es tan común por estos días en los clubes.
Ese año la Primera intentaba escalar posiciones en la estructura de una Liga Nacional que recién había nacido. Los refuerzos más importantes del equipo que dirigía “Pande” Pagella eran los extranjeros Alonzo Mc Farlan y Kevin Vauhgn, a quienes yo les alcanzaba la pelota cuando tiraban al aro antes o después de algún entrenamiento, y a los que chocaba cinco cuando terminaban los partidos.
Empecé a jugar en Cebollitas y lo hice hasta los 14 años en Infantiles. Fui socio, colaborador, vendí rifas, empanadas, asé pollos, lavé camisetas, hice el reloj en partidos de todas las categorías, planillas, clavé parte del primer piso flotante que tuvo la cancha, lloré desde mi casa (otra vez por Radio Junín desde la cama) el descenso de 1995 en San Nicolás, me emocioné a la distancia con los dos ascensos a la Liga A y pasé en el club momentos de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud que no creo que vaya a olvidar nunca.
Por y con Ciclista estuve en las canchas de San Andrés, River, Obras y Ferro, estadios que me deslumbraban al verlos por televisión cuando los sábados a la tarde en 1985 ATC transmitía partidos de Liga. También recorrí otras que se fueron cruzando en un camino interminable de viajes y anécdotas: Atenas de La Plata, Belgrano de San Nicolás, Independiente de Zárate, Estudiantes de Santa Rosa, Central Entrerriano, Boca, Bragado Club, Once Unidos de Mar del Plata, Argentino de Quilmes, Regatas de San Nicolás, Vélez, Racing, Newells y algunas otras tantas.
El club en un momento se convirtió en el paso obligado desde y hacia mi casa. Bajo el techo de chapas que ya no se ve bailé con mi mamá el vals en mi fiesta de egresado de secundario, un verano fui barman en la confitería que funcionó en el mismo lugar que ocupaba el restaurant en el que 20 años antes comía con mis viejos, y en el que 20 años después hago una rutina de gimnasia en el mismo horario en el que mi hijo practica con los Mini.
Tal vez alguno se pregunte quién escribe estas líneas autorreferenciales, pero ese es un detalle insignificante. Lo que sí importa es que quien esté leyéndolas es dueño de su propia historia con Ciclista. Y que se siente identificado con los colores y con un escudo que representa mucho más que el espíritu deportivo de una institución. Felices 100 años verdirrojos.
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