Horacio Oscar Barrionuevo falleció a los 86 años, dejando un legado de elegancia y potrero que marcó a fuego la identidad deportiva de la región. Fue el hombre que obligó a crear una efeméride propia y que, según los que lo vieron, jugaba un fútbol que venía del futuro.
Hay hombres que patean una pelota y hay hombres que escriben poemas con los pies. Horacio Oscar “Taqueta” Barrionuevo pertenecía, sin dudas, a la segunda estirpe. La noticia de su fallecimiento este jueves ha paralizado a Junín, una ciudad que no solo pierde a su máximo ídolo deportivo, sino a un símbolo de su propia identidad. Se fue el hombre, pero queda la leyenda de una zurda que, según cuentan los veteranos del Estadio Eva Perón, era capaz de detener el tiempo.
El origen de un mito nacido el 6 de junio de 1939, su destino con la redonda parecía marcado desde la cuna. Su apodo, “Taqueta”, se convirtió con los años en sinónimo de calidad técnica. Su irrupción en el Club Atlético Sarmiento fue un terremoto de talento; no era un jugador común, era un estratega con una visión periférica que le permitía adivinar jugadas antes de que sucedieran. Tal fue su impacto que, años más tarde, el Concejo Deliberante decidió que no había mejor manera de honrar al futbolista local que fijando el “Día del Futbolista Juninense” en la fecha de su nacimiento.
Su talento era demasiado grande para quedarse en los límites de la ciudad. Barrionuevo llevó su fútbol a la Primera División argentina, brillando en clubes de la talla de Tigre, Argentinos Juniors y Vélez Sarsfield. En cada estadio que pisó, dejó la misma sensación: la de estar ante un distinto. Su fama de “jugador de galera y bastón” lo llevó a cruzar el Atlántico para sumarse al Olympique de Niza, en Francia, donde demostró que el lenguaje de la gambeta es universal.
Incluso estuvo a un paso de la gloria máxima con la celeste y blanca, integrando la preselección para el Mundial de Suecia 1958. Aquellos que compartieron vestuario con él o lo enfrentaron en el campo, coinciden en una comparación que hoy suena a sacrilegio pero que en Junín es una verdad absoluta: su juego tenía la esencia y la rebeldía que años después veríamos en Diego Armando Maradona.
Pero la grandeza de Barrionuevo no terminó cuando colgó los botines, su regreso a Sarmiento para ponerse el buzo de director técnico marcó a fuego a varias generaciones. No solo enseñaba táctica; enseñaba a respetar la pelota. Bajo su tutela, decenas de juveniles de la zona hicieron sus primeras armas, aprendiendo que el fútbol es, ante todo, un juego de inteligencia y caballerosidad.
Su figura fue tan magnética que inspiró el libro “Taqueta. Habilidosamente intacto”, de Ismael Canaparo y Ricardo Tamburini. En esas páginas se relatan anécdotas que hoy vuelven a la memoria de los hinchas: los goles imposibles, las ovaciones de las hinchadas rivales y su humildad inalterable, esa que lo hacía caminar por las calles de Junín como un vecino más, a pesar de ser un gigante.
Con su partida, se cierra un capítulo dorado del fútbol del interior. El “Verde” de Junín pierde a su patriarca y el fútbol de Junín a su referente más brillante. Sin embargo, el consuelo queda en el legado: cada vez que un chico de la ciudad tire una gambeta en un potrero, cada vez que se celebre el 6 de junio y cada vez que ruede la pelota en el Eva Perón de Junín, el espíritu de “Taqueta” estará ahí, sonriendo, con la pelota pegada al pie izquierdo.
El cielo tiene ahora un nuevo 10, y Junín, una lágrima que tardará mucho tiempo en secar.






