Por Federico Mighella (*)
“El poder no solo se ejerce, también se comunica.” Esa podría ser una fórmula de manual, pero también una descripción exacta del estilo político de Javier Milei. Lo que lo distingue no es solo lo que hace, sino cómo lo dice.
Y especialmente, a quién señala.
Desde su irrupción en la vida pública, el insulto dejó de ser desborde y se volvió una herramienta de construcción de poder. Milei no debate ideas: degrada personas e instutciones. “Parásitos”, “basura”, “delincuentes”, “adoctrinadores”. Los blancos son diversos, pero el mensaje es siempre el mismo: la invención de los enemigos culpables de la decadencia.
No se trata de errores de temperamento. Es estrategia. Es estética. Y, sobre todo, es ideología en acción. Una seducción que se nutre del odio y el resentimiento.
La violencia que se hace cultura
Lo que antes era considerado una falta de respeto hoy se celebra como “sinceridad”. El insulto se convierte en estilo. El estilo, en marca. Y la marca, en cultura política.
Así, la violencia simbólica se normaliza. Ya no escandaliza: entretiene. Ya no margina: identifica. Lo que debería abrir un debate, lo clausura con una burla. Lo que debería generar reflexión, lo neutraliza con un apodo.
María BCRA; Lali Depósito, y un largo etc.
La política se transforma en reacción. El disenso, en amenaza. Y el lenguaje, en arma.
La batalla cultural no es un invento
Milei no llegó al gobierno con un programa técnico pulido ni un plan económico definido (sigue siendo ambiguo). Llegó con una narrativa clara y emocionalmente productiva: lo público es corrupto, lo estatal es ineficiente, lo social es sospechoso. Y quienes lo defienden, son el enemigo interno.
Su proyecto no se sostiene solo en el ajuste, sino en el sentido. En cómo nos hace pensar lo que pensamos. En qué se vuelve socialmente aceptable. Ahí radica su verdadero poder. Si Milei logra hegemonizar el terreno cultural no impone con fuerza, sino con naturalidad.
Con la ayuda de redes sociales, medios afines y operadores ideológicos, no solo gobierna: reescribe el guion de lo que parece razonable y deseable.
¿Qué se disputa cuando se disputa el sentido común?
El sentido común no es una verdad espontánea, no viene en el código genético ni está escrita sobre piedras bíblicas. Como advertían José Nun y Agnes Heller, es un saber que los individuos toman prestado de sus socializaciones, es construido con fragmentos de experiencias, discursos y creencias. Puede orientar. O puede cegar.
Cuando se lo coloniza con estigmas —como intenta hace Milei— se transforma en una barrera contra el pensamiento crítico. El Estado ya no es algo que discutimos: es algo que odiamos. El otro ya no es un ciudadano: es un sospechoso. La política ya no es herramienta de cambio: es una casta.
Un lenguaje que no
busca convencer
Lo que está en juego no es solo una forma de hablar. Es una forma de entender la democracia y la vida en común.
Y cuando el lenguaje deja de persuadir para empezar a eliminar al otro del campo de lo legítimo, ya no hablamos de comunicación: hablamos de exclusión.
Por eso la batalla es cultural. Porque no se gana en un debate televisivo, sino en lo que se vuelve habitual, repetido, automático. En lo que dejamos de cuestionar. En lo que ya ni se discute.
Cerrar la grieta del lenguaje
El desafío no es volver a una política tibia o educada. El desafío es más profundo: disputar el lenguaje. Reivindicar el pensamiento frente a la consigna vacía. Defender el valor de la palabra como herramienta de construcción democrática.
Porque si todo se convierte en insulto, lo que se erosiona no es solo el diálogo. Es la política como posibilidad de lo común.
Y si dejamos que eso pase, la derrota no será solo electoral. Será cultural.
(*) Sociólogo
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