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Homilía de Jorge Eduardo durante la Misa de Consagración Episcopal de Mauricio Landra

Homilía de Jorge Eduardo durante la Misa de Consagración Episcopal de Mauricio Landra

Redacción Grupo La Verdad por Redacción Grupo La Verdad
24 octubre, 2023
en la categoría Provinciales
Tiempo de Lectura:9 min para leer
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Con alegría recibimos a nuestro obispo auxiliar, monseñor Mauricio Landra, quien junto a nuestro Padre Obispo Jorge Eduardo Scheinig caminará junto a cada una de las comunidades de esta querida Iglesia peregrina de Mercedes Luján.

En la mañana de hoy, sábado 14 octubre, en la Basílica y Santuario Nuestra Señora de Luján, nuestro arzobispo +Jorge Eduardo, presidió la Eucaristía en la cual monseñor Mauricio recibió la Ordenación Episcopal, cuyo lema es «Todas las obras del Señor son buenas”. Han sido sus co-consagrantes, el obispo de Gualeguaychú Héctor Zordán, el arzobispo de San Juan de Cuyo Jorge Lozano y el obispo emérito Ricardo Faifer junto a obispos llegados de diferentes partes de la Argentina, quien al finalizar la Santa Misa ofrecieron su bendición al Santo Pueblo fiel de Dios.

Pedimos a Jesús Buen Pastor y a la Santísima Virgen María, en sus advocaciones de Nuestra Señora de las Mercedes y de Nuestra Señora de Luján, por la misión pastoral de nuestros obispos.

A continuación, compartimos el texto de la homilía que fuese pronunciada por nuestro Padre Obispo Jorge Eduardo Scheinig en ocasión de la celebración de la Santa Misa de Consagración Episcopal de monseñor Mauricio Landra como obispo auxiliar de nuestra querida Iglesia particular.

Compartimos las Palabras en Acción de Gracias ofrecidas por Monseñor Mauricio Landra en ocasión de su Ordenación Episcopal; disponibles desde: #Mons. Landra

Te invitamos a revivir la celebración de la Santa Misa en ocasión de la Ordenación Episcopal de +Mauricio Landra desde: #OrdenaciónEpiscopalLandra

Queridas hermanas, queridos hermanos,
Querido Mauricio.

Seguramente preparaste este momento con un corazón lleno de confianza en el Señor. Aquí estamos todos acompañándote y rezando para que venga a vos el Espíritu Santo. Desde nuestros orígenes cristianos, como bien nos da testimonio el Apóstol Pablo al hablarle a Timoteo, su discípulo y sucesor, nuestra Madre la Iglesia, practica este rito sagrado de la imposición de las manos. Nosotros, humildemente, como lo hizo el Apóstol y por el mismo gesto, te trasmitiremos el don del Espíritu, por lo cual, recibirás la autoridad apostólica, el carisma para dar testimonio con tu vida y con valentía de la Buena Noticia y la gracia de ser pastor en la Iglesia.

Agradezco infinitamente al querido Papa Francisco que haya respondido a mi pedido de un obispo auxiliar para esta Arquidiócesis y te haya designado a vos, querido hermano.Ciertamente, como todas aquellas primeras comunidades que sufrían la persecución y el martirio, Timoteo estaría pasando por un momento difícil. Pablo, desde su experiencia, lo anima a hacer
memoria del don recibido para reavivarlo y sacarse todos los miedos, es más, lo alienta a descubrir que esas circunstancias de ninguna manera son un fracaso de su apostolado y mucho menos del Evangelio que predica y para eso, lo invita a recordar en quién ha puesto su confianza. Además, le pide que con la ayuda del Espíritu Santo conserve el “depósito de la fe” que ya habita en él. Evidentemente, el Apóstol Pablo con sus palabras lo lanza hacia el futuro con esperanza.

Conservar el depósito de la fe es parte de nuestra misión apostólica y esto se ha convertido hoy en la Iglesia en un punto de tensión que debemos saber transitar. Necesitamos saber vivir de la fuerza vital que tienen las raíces de nuestra fe, pero no de manera nostálgica, yendo para atrás, lo que el Santo Padre Francisco llama “indietrismo”, sino impulsados hacia el futuro. Futuro que esas raíces alimentan.

Entonces, renovar el don es saber obedecer. Los obispos necesitamos obedecer al Espíritu que nos impulsa a la misión en la realidad concreta, nunca abstracta, porque en esa realidad, están contenidas las llamadas que el mismo Dios nos hace y que debemos discernir eclesialmente, nunca en soledad. Obedecer es saber soportar en nosotros mismos todas las tensiones que se dan en la realidad y en el seno de nuestra Iglesia y estar en lo esencial de las cosas del Reino, evitando por todos los medios, quedar paralizados y enredados en la telaraña de las cosas superficiales.

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El Evangelio que elegiste para ser proclamado como Palabra Viva, ilumina lo que celebramos. Es importante que podamos situarnos en aquel momento y tratar de visualizar a quiénes Jesús les predicaba con fuertes sentimientos de ternura y al mismo tiempo, de autoridad. Y también, es de igual importancia que no se nos escape el modo cómo les hablaba y los trataba, porque su estilo de comunicar su Buena Noticia es esencial para nuestro ministerio, te diría que en la actualidad, es más significativo que el mismo contenido, que además, vos lo tenés más que asumido y actualizado. Para nosotros, “la predicación” es una parte muy sustancial de nuestras vidas de obispos, por eso, insisto en “el tono” cómo predicaba Jesús, porque de acuerdo a cómo lo percibamos, será el modo de entender su contenido. No estoy pensando en el tono fonético, al que también me lo imagino lleno de ternura y misericordia. Hablo del tono existencial, vital, por el cual los invita a vivir la alegría del
Evangelio.

Los seguidores de Jesús son personas sencillas, pobres, lastimadas, fatigadas y esquilmadas. EL Señor los reconoce, se le mueven sus entrañas y tiene para con ellos sentimientos de profunda compasión. No son la gente más importante y acomodada de aquel tiempo, aunque Jesús no las rechazaba, ni excluía a nadie y de hecho, lo seguían personajes de todos los pelajes. Jesús va reuniendo una nueva comunidad, a la que podríamos llamar: “la comunidad de los pequeños”. Son mujeres y varones que en ÉL, encontraban descanso. Sentían que ese joven Maestro les hablaba de tal manera de Dios y de la vida, que todos podían entender y encontrar un sentido a sus propias vidas. Esto es muy importante, un Maestro que hablaba de Dios y de la vida con naturalidad, sin falsos dualismos o maniqueísmos; sin moralismos, ni rigorismos; un Maestro que hablaba sin condenar a nadie y mucho menos, usando el nombre de Dios. Un Maestro que hacía que lo religioso fuese sencillo, que despertaba asombro, que entusiasmaba a seguirlo y a pertenecer a ese nuevo y numeroso Pueblo que este Buen Pastor iba reuniendo.

A esas personas, Jesús las llama “bienaventuradas”, “dichosas”, “plenas”, “felices”, no porque les iba bien en la vida. Vivían situaciones dolorosas de pobreza, de aflicción, de hambre, de persecución. Sin embargo, Jesús “ve” en ellos mucho más de lo que aparece a simple vista. A los pobres les dice: “a ustedes les pertenece el Reino de los cielos”. El Señor, sabe ver lo que en verdad son y que desde lo que viven, se abren con confianza a Dios como Él se lo presentaba, su “Abba”, y lejos de escandalizarse, aceptan su Palabra. Y porque su misión es recibida por esos “pequeños”, a Jesús le estalla el corazón
de alabanzas a su Padre. Las Bienaventuranzas han marcado la historia de la humanidad, porque han señalado por dónde pasa lo verdaderamente humano y qué hace dignas a las personas. Es otra manera de entender y de juzgar todo: la vida, el presente, el futuro, el dolor, y también a los otros, ya no por lo que tienen, o por lo que demuestran, o por los méritos alcanzados, sino porque han abierto su corazón al Padre y se han dejado llenar de su Amor desbordante.

Entonces, cuando Jesús a esa comunidad de personas sencillas y humildes, la comunidad de los pequeños, les dice que son la “sal de la tierra” y “la luz del mundo” y no les dice que deben serlo, sino que ya lo son, los está como “piropenado”. Jesús les dice algo que nunca escucharon decir de ellas mismas. Esas personas nunca escucharon nada igual. Solamente Dios puede hablar así de nosotros porque nos conoce y ama, pero además, puede decírnoslo de tal manera, que nos convence, creemos
en su Palabra, sabemos que no nos miente. No nos trata como clientes, sino como amigos. Y eso nos transforma totalmente y para siempre. Jesús tiene sobre sus pequeños esa mirada contemplativa que estamos invitados a alcanzar todos, especialmente nosotros, obispos de la Iglesia, porque es una mirada que sana, eleva al otro, lo anima y le devuelve la dignidad perdida. Es curioso que en la etimología de la palabra obispo, está contenida la cualidad de observar. Tenemos que saber repetir ese modo que tenía Jesús de mirar y de hablarle a las 3 personas. No podemos caer en la tentación de mirar la vida sin fe. No podemos dejar de hablarles bien a nuestras hermanas y hermanos, que lo están necesitando y mucho.

Tu lema episcopal: “Todas las obras del Señor son buenas”, me dice, que tu corazón, es un corazón de pastor bueno y noble que está en sintonía con el corazón de Jesús y con el corazón de la Iglesia. Sos un hombre que sabe escuchar y ver la vida desde la fe y por eso, también a vos querido hermano, Jesús te dice que sos sal y luz y te hace su testigo. Nosotros como lo hace el Señor, te reconocemos obispo, sal y luz entre el pueblo.

No es necesario que enumeremos los sufrimientos de las personas de este tiempo. Sabemos muy bien que están desanimadas, con miedo, con angustia, quebradas, rotas y con perplejidad. La situación política, social y económica en la que está sumergida nuestra amada Patria, no se da por casualidad, sino, por una dirigencia de todas las categorías que no estuvo, ni está a la altura de las circunstancias, por una corrupción que mata, por la búsqueda desvergonzada del propio interés y no del bien común. Por eso la Patria está requiriendo con urgencia de personas capaces de levantar al caído, de sanar heridas, de restableces el valor de la propia existencia, de llenar la vida de esperanza. Nuestro único poder querido hermano es el servicio. Necesitamos ser servidores y animadores de esperanza para nuestro pueblo herido. Te pido humildemente que me ayudes y también te invito a que juntos nos embarremos, todo lo que sea necesario, para llevar esperanza, para animar, para
levantar y tener con nuestro pueblo fatigado, palabras y gestos de cercanía, compasión, misericordia y ternura.

Nosotros, al modo de Jesús debemos saber “piropear” a nuestro pueblo, es decir, ser capaces de mirar como mira Jesús “la vida como viene” y viendo lo que no se ve, saber hablarles a todos, las hermanas y los hermanos de tal manera, que los ayudemos a descubrirse siempre valiosos, para que nadie, en ninguna circunstancia, sienta que está perdido. Necesitamos decirlo con fuerza y con parrecía, para resucitar a la esperanza. Frente a nuestra Madre de Luján, pidamos la Paz para el mundo. ¡Cuánto dolor produce la violencia y la guerra! ¡Qué jamás, en nuestra Argentina, nos hundamos en la violencia fratricida! ¡Recemos
mucho!

El Concilio Vaticano II inició un proceso de renovación que en nuestros días se sigue desarrollando y que el Papa Francisco está llevando adelante con enorme fortaleza y audacia invitándonos a vivir sinodalmente. Nos insiste que sepamos caminar juntos y que “todos, todos, todos”, como está diciendo con ímpetu, se sientan invitados. Este Movimiento Sinodal, que también estamos viviendo en nuestra Iglesia diocesana con alegría y esperanza, es la oportunidad que el Espíritu nos está regalando para escuchar y contemplar todo de una manera nueva. Te sumas hermano a nuestra Iglesia de Mercedes-Luján, que desde ya te digo, tiene mucha vida. En nuestra inmensa geografía territorial y mucho más, en la riqueza de nuestra geografía humana, hay comunidades y personas, que son sal y de luz. Yo amo a esta Iglesia. Te pido que me ayudes a evangelizar, es decir, a poner de manifiesto cuánto Amor de Dios ya está derramado en ella. Bienvenido querido hermano. Desplegá entre nosotros todos los dones con los que el Señor te ha enriquecido. Tomate tu tiempo para escuchar y contemplar, te vas a asombrar de cuánta belleza hay en esta Iglesia Particular y más allá de ella. Aquí no tenemos río como al que estás acostumbrado. Tenemos lagunas muy hermosas, y también campos y ciudades llenas de vida. Y tenemos un conurbano que crece en número de personas y
también en pobreza. Y tenemos la Basílica, una realidad llena de vida. En fin, una Iglesia hermosa y con
grandes desafíos.

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Estas recibiendo el don de este ministerio en el Santuario de Nuestra Señora de Luján. Permitime aconsejarte humildemente que muchas veces vengas a este Santuario a rezar y dediques mucho tiempo a contemplar esa pequeña imagen que hace casi cuatrocientos años viene acompañando a su pueblo. Simultáneamente, escucha y contempla a la comunidad de “pequeños” que Ella y su Hijo reúnen aquí todos los días. Estoy seguro que podrás seguir creciendo en los mismo sentimientos de Cristo Jesús, especialmente cuando estalla de amor a Su Padre y no deja de alabarlo porque misteriosamente ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las revelo a los pequeños, sencillos y pobres, porque así lo ha querido el Padre. Y en esta oración entre el pueblo y con él, seguramente podrás alcanzar los sentimientos maternos de la Virgencita y Señora de Luján, que ama desde sus entrañas a todos, los recibe y escucha, con infinito amor y paciencia. Nadie que viene a sus pies y se confía a Ella se va de la misma manera a cómo llegó. Te aseguro, que te pasará lo mismo. No dejes de rezar en este lugar Santo. Es un privilegio que
tenemos. Esta oración de obispo entre los pequeños del Señor, que son sal y luz −oración absolutamente necesaria− te va a ayudar a seguir descubriendo que somos hombres pequeños, llamados a amar a Jesús, a seguirlo, a ayudarlo a dilatar el Reino, sirviendo siempre con máxima humildad a su Pueblo. Que la Madre del Señor querido hermano, te regale saber obedecer, piropear, servir, rezar y todo lo que necesitas para ser un buen obispo.
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