Hay historias en el deporte argentino que parecen escritas por la mano caprichosa de un guionista apasionado. Historias donde los hilos del destino, el esfuerzo silencioso de cada día y los legados familiares más profundos se entrelazan de manera casi mágica sobre el parquet de una cancha de básquet. La de Genaro Lorio es, sin dudas, una de ellas.
Nacido y criado en el emblemático barrio El Picaflor de la ciudad de Junín, formado deportivamente en los patios, baldosas y gimnasios locales, el escolta juninense acaba de rubricar una de las páginas más doradas y trascendentes de toda su carrera: el histórico ascenso con el Club Atlético River Plate a La Liga Argentina. Un logro consumado tras barrer con autoridad la serie semifinal ante Regatas de San Nicolás, resultado que no solo devuelve a la prestigiosa institución de Núñez a los planos principales del básquet nacional, sino que encierra en su interior una trama repleta de mística, herencia familiar y superación personal.
Entre la exigencia cotidiana de la ingeniería de sistemas, los inolvidables recuerdos de su infancia tirando al aro en el club Los Indios y una increíble e insólita coincidencia con la trayectoria de su padre, Genaro conversó en exclusiva sobre las sensaciones de una gesta deportiva que quedará grabada para siempre en la retina del básquet de la región.
Para una institución del calibre de River Plate, el básquet profesional representa un desafío histórico gigante dentro de una estructura institucional donde el fútbol domina inevitablemente la atención y la escena cotidiana. Sin embargo, el trabajo sostenido, la paciencia y la perseverancia terminan dando sus frutos más dulces. Tras un lustro entero vistiendo la icónica camiseta de la banda roja, para Lorio este ascenso tiene un sabor especial a desahogo, justicia deportiva y recompensa al trabajo incansable.
“Hace ya cinco años que estoy en el club. lo sentí con una felicidad inmensa porque veníamos de varias temporadas donde armábamos muy buenos planteles, pero por detalles mínimos de juego o de torneo no se nos terminaba dando”, reflexiona Genaro. Y es que disputar La Liga Federal no es una tarea sencilla para ningún equipo: se trata de un certamen sumamente exigente, desgastante, kilométrico y voraz que en esta edición reunió a 93 instituciones de todo el país, y que en temporadas anteriores ha llegado a superar ampliamente el centenar de participantes.
“El club, tanto desde la parte deportiva como desde la dirigencial, venía haciendo un esfuerzo enorme para potenciar e ir mejorando el básquet de River. Era un objetivo que buscaba hace mucho tiempo y por suerte se dio. Por momentos pensaba sinceramente que no se iba a dar nunca, pero al final llegó ese día tan esperado”, confiesa con alivio y alegría.
El camino hacia la gloria estuvo lejos de ser un paseo de salud. Al comienzo del torneo, las piezas debían ensamblarse paso a paso. Si bien el plantel contaba con jerarquía individual, experiencia y nombres de peso para la categoría, el rodaje colectivo requirió tiempo, maduración y mucha cabeza: “Desde el inicio del torneo sabíamos que teníamos un equipo con grandes nombres y muchísima calidad, pero a la vez éramos un grupo relativamente nuevo, no nos conocíamos tanto en la cancha entre los mayores. A medida que avanzó el torneo fuimos mejorando muchísimo, pero el ‘click’ mental y colectivo definitivo lo hicimos en la etapa de playoffs”, explica el basquetbolista juninense.
Aquel quiebre emocional y deportivo ocurrió en una de las fases previas más apretadas del cuadro, a partir de una jugada milagrosa, la confianza del grupo se disparó por completo. “A partir de ahí nos fuimos consolidando más y más, nos sentimos muy seguros saliendo a jugar en canchas sumamente difíciles sin tener la ventaja de la localía por la fase regular que tuvimos, y ganar partidos afuera en el Federal es algo tremendamente complicado. Eso nos dio un envión y una trama de confianza bárbara para llegar de la mejor manera a la parte más importante del torneo”.
Cuando las papas queman y los minutos finales aprietan, aparecen en cancha los verdaderos tiradores de jerarquía. Genaro Lorio demostró a lo largo de toda la fase decisiva, tanto en el durísimo cruce ante Presidente Derqui como en la serie final frente a Regatas de San Nicolás, por qué es una de las vías de gol más confiables y determinantes de todo el básquet del país.
En el primer juego de las semifinales disputado en el Microestadio del Mâs Monumental, el escolta brilló con luz propia al despacharse con 25 puntos y 6 triples, comandando la ofensiva para poner en ventaja a River. Días después, en la caldera del gimnasio de La Ribera en San Nicolás, volvió a vestirse de pilar fundamental anotando 20 tantos en el triunfo 83-74 en tiempo suplementario que cerró la llave 2-0 y decretó el ansiado ascenso de categoría.
“Fue un crecimiento constante de menor a mayor, tanto en lo personal como en el rendimiento del equipo. En la fase final se me dio justo tener muy buenos porcentajes de tiro desde afuera, la pelota entró y me tocó ser el goleador en partidos clave, pero vino totalmente acompañado del rendimiento colectivo. Cada uno de los chicos mejoró sus números individuales y eso se vio reflejado en la cancha”, destaca con absoluta humildad, quitándose el traje de héroe para repartir el mérito con todo el grupo.
En los tiempos que corren, sostener el alto rendimiento deportivo a la par de una carrera profesional ajena al básquet requiere una disciplina personal y una organización del tiempo fuera de lo común. Genaro Lorio encarna a la perfección esa dualidad profesional: de día trabaja activamente como ingeniero en sistemas, actividad a la que le dedica la mayor parte de sus horas, y por las noches se transforma en el escolta tirador y referente del básquet de River Plate.
“Hoy en día mi prioridad principal laboral es la ingeniería y el básquet en cierto punto lo tomo como un hobby, pero siempre con la seriedad y el profesionalismo absoluto que corresponde”, aclara. “River es como mi segundo trabajo, más allá de que es un deporte y vamos a jugar al básquet, lo tomo con una responsabilidad enorme, sea en la categoría que sea”.
Esa dedicación profesional es profundamente comprendida y valorada por la masa societaria y la dirigencia de la institución de Núñez. A lo largo de la temporada, el clima en el Microestadio fue transformándose de manera paulatina hasta generar una comunión íntima y apasionada entre la tribuna y el equipo.
“Se notó muchísimo el cambio de clima en el club, cómo la gente empezó a acompañar el básquet y a decir ‘che, apoyemos a los chicos’. En estos cinco años que llevo acá, nunca vi la cancha tan llena y vibrante como en estos últimos playoffs. Que la gente empiece a movilizarse alrededor del básquet está buenísimo. River es uno de los clubes más grandes de América o del mundo, y por su historia tiene que hacer presencia en los primeros niveles del básquet nacional”.

Para entender quién es Genaro adentro de la cancha hay que mirar directo hacia Junín, la ciudad donde dio sus primeros pasos con la naranja: “Mis inicios en el básquet de Junín me acompañan a todos lados donde voy, arranqué en Los Indios, que es el club de mi barrio y del cual soy hincha fanático de toda la vida. Me acuerdo cuando era chico e iba a tirar solo al aro los domingos a la mañana, pasando millones de horas entrenando por mi cuenta o con el equipo. Después, en mi paso por Argentino, cambié la forma de entrenar, la alimentación y la exigencia en la preparación física. Cada club por el que pasé me fue dejando una enseñanza fundamental para crecer en lo deportivo y como persona”.
Su trayectoria formativa en Junín incluyó campeonatos, el tan anhelado debut en la Liga Nacional vistiendo la camiseta del “Turco” del barrio Las Morochas y, posteriormente, el salto hacia Buenos Aires para coordinar sus estudios universitarios de grado con la práctica deportiva profesional en Platense, donde logró el ascenso a la LNB en 2019 y Atenas de Patagones, previo a su desembarco en el barrio de Núñez.
Pero el recorrido guardaba una carambola del destino verdaderamente insólita e inolvidable. Su padre, Ricardo “el Pájaro” Lorio, también fue un destacado basquetbolista profesional que vistió los colores de River Plate en la temporada 1990/91. Para sumar todavía más mística y coincidencia a la trama, él también logró un histórico ascenso a la máxima categoría del básquet argentino jugando precisamente para Regatas de San Nicolás.
Unos años más tarde, la vida y el deporte pusieron frente a frente a las mismas dos instituciones, pero con los roles invertidos de forma poética: Genaro logró el ascenso con la camiseta de River, festejando la hazaña nada menos que en el parquet de Regatas de San Nicolás: “Es una coincidencia muy loca, verdaderamente insólita, mi viejo jugó en River en el 90/91 y después le tocó ascender con Regatas. Y a mí ahora me toca ascender con la camiseta de River jugando la semifinal justo contra Regatas. Cuando lo pensás en frío, en un torneo como el Federal con tantos equipos en todo el país, encontrarte en esa misma situación exacta pero de manera inversa es alucinante. Yo siempre digo que en esta vida las cosas pasan por algo”.
Al preguntarle sobre la influencia técnica y emocional de Ricardo en su formación, Genaro destaca la sabiduría de mantener el perfil bajo: “Él siempre fue muy reservado con respecto a la parte del básquet. De chico me inculcaba mucho que, si quería meter la pelota en el aro, tenía que ir a tirar miles de tiros solo todos los días. Pero tanto él como toda mi familia me acompañaron siempre desde un lugar hermoso de contención, dejando que los clubes se encargaran de educarme deportivamente y como persona”.
Con el codiciado pasaporte a La Liga Argentina metido en el bolsillo, se abren nuevos interrogantes, horizontes y desafíos apasionantes para la carrera del juninense. Dar el salto a la segunda categoría del básquet nacional implica indiscutiblemente mayores exigencias logísticas, viajes por todo el país y un volumen de entrenamientos mucho más intenso, un reto complejo para alguien que equilibra su rutina con el trabajo en el sector tecnológico.
Sin embargo, el espíritu competitivo, el amor por el juego y la ambición de seguir haciendo historia mantienen la llama sagrada totalmente encendida: “Estamos charlando con la dirigencia de River para ver cómo sigue todo de cara a lo que viene, la realidad es que me picó fuerte el bichito de querer jugar La Liga Argentina. Después de tantos años en el club y de haber logrado este ascenso tan buscado, tener la posibilidad de disputar semejante torneo vestido con esta camiseta me ilusiona y me motiva muchísimo”.
El equilibrio profesional y personal, una vez más, será la pieza clave para armar el rompecabezas: “Voy a ver si puedo acomodar un poco el tema laboral para adaptarme al ritmo y a los requerimientos de la categoría. Mi prioridad sigue siendo el trabajo, pero me emociona e ilusiona mucho pensar en esa posibilidad y voy a hacer todo lo posible para jugarla, aunque sea un año, defendiendo los colores de River Plate”.
Genaro Lorio no olvida sus raíces, las mañanas de tiro en Los Indios ni cada kilómetro recorrido con la naranja. Con la efectividad intacta en sus manos, la cabeza bien plantada sobre la tierra y el corazón repartido entre Junín y Núñez, el escolta juninense celebra un triunfo que trasciende un simple resultado deportivo: la confirmación de que la constancia, el esfuerzo y la pasión sincera, tarde o temprano, siempre encuentran su merecida recompensa.






