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Home Suplementos Ocio
«Eso no me gusta»: cómo luchar contra la selectividad alimentaria en los chicos

«Eso no me gusta»: cómo luchar contra la selectividad alimentaria en los chicos

Redacción Grupo La Verdad por Redacción Grupo La Verdad
7 junio, 2026
en la categoría Ocio
Tiempo de Lectura:4 min para leer
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Es muy común para los padres de niños pequeños oír a sus hijos que tal o cual comida no les gusta, y que prefieren comer otra cosa. Y esa “otra cosa” termina, muchas veces, siendo lo mismo una y otra vez. Pero eso trae, a la larga, un problema grave: no hace falta que un niño “coma poco” para estar mal alimentado, sino que comer siempre lo mismo también puede generar déficits nutricionales y poner en riesgo su crecimiento y desarrollo.

“En el consultorio, es frecuente encontrar niños cuya dieta gira en torno a un grupo muy reducido de alimentos: fideos, pollo rebozado, galletitas o lácteos. Aunque el volumen ingerido sea suficiente, la falta de variedad limita el aporte de nutrientes esenciales. Existen estrategias específicas de probado éxito para comenzar a superar esta alimentación restrictiva”, sostuvo Lucía De Nobili, magister en Nutrición Materno Infantil, nutricionista de Planta del Hospital Ramón Carrillo e integrante del Grupo de Estudio de Pediatría AADYND.

Menos nutrientes

Cuando la dieta es monótona, el riesgo no está en la cantidad sino en la calidad. Muchos niños cubren calorías, pero no alcanzan los requerimientos de nutrientes críticos como proteínas, calcio, hierro, vitamina B12, zinc y ácidos grasos esenciales.

“La selectividad y la monotonía alimentaria no siempre responden a “caprichos”. La dificultad para incorporar variedad no se explica por una sola causa. Es el resultado de la interacción entre factores biológicos propios del desarrollo y aspectos conductuales que se consolidan en el entorno familiar”, explicó por su parte Irina Kovalskys, médica pediatra, especialista en Nutrición y doctora en Medicina, y directora médica de INUMI.

Por qué ocurre

Desde lo biológico, uno de los fenómenos más frecuentes es la neofobia alimentaria, que es el rechazo a alimentos nuevos o desconocidos, que suele aparecer entre los 2 y 6 años. Este comportamiento tiene una base evolutiva: en etapas en las que el niño gana autonomía, funciona como mecanismo de protección.

Otro aspecto es la sensibilidad sensorial, que puede manifestarse como rechazo a determinadas texturas, colores, olores o temperaturas. Estas alteraciones pueden indicar dificultades en el procesamiento sensorial y, en algunos casos, asociarse a cuadros más complejos.

Algunos niños presentan rechazo a alimentos “blandos” como purés o frutas maduras y tienen preferencia exclusiva por texturas crocantes (galletitas, milanesas). O evitan alimentos mezclados (guisos, ensaladas), o rechazan alimentos por color (“no como nada verde”).

Otro factor relevante es la familiaridad: niños que solo aceptan lo conocido, lo que refuerza patrones repetitivos. Si come siempre fideos o milanesas y eso garantiza que “coma algo”, es probable que ese patrón se consolide.

Refuerzos

En este panorama intervienen dinámicas familiares que, sin intención, refuerzan la selectividad. Por ejemplo, la presión para comer, ya que insistir, negociar o forzar puede aumentar el rechazo. Los menús “fijos”, es decir, ofrecer siempre “algo que sí coma”, limitan la exposición a nuevos alimentos.

También está el problema de la falta de rutinas, ya que horarios irregulares dificultan la regulación del apetito.

“La alimentación es una interacción. No depende solo del niño, sino también de cómo los adultos organizan la oferta, el ambiente y las expectativas. Para muchas familias, la dificultad no es ofrecer alimentos nuevos, sino sostener el proceso sin frustrarse”, señaló Kovalskys.

Estrategias

Ampliar la alimentación es posible, pero requiere consistencia, tiempo y un enfoque progresivo.

En principio, practicar la exposición repetida. Ofrecer sin obligar: un alimento puede necesitar entre 8 y 15 exposiciones antes de ser aceptado. Por ejemplo, servir brócoli en pequeñas cantidades en el plato, aunque no lo coma; incluir siempre una fruta nueva en la mesa familiar o ir cambiando la forma de presentación: zanahoria cruda, rallada o al horno. Lo importante no es que lo coma ese día, sino que lo vea, lo huela y se familiarice.

Después, realizar transiciones desde lo aceptado. Partir de alimentos seguros y hacer cambios graduales facilita la aceptación. En otras palabras, si come milanesas, probar milanesa de pollo y luego de pescado; si come fideos blancos, agregar salsa suave y luego verduras o mezclar un puré que acepta con otro nuevo (papa y calabaza). El cambio brusco suele generar rechazo; lo gradual construye confianza.

No ejercer presiones ni negociaciones. Esto aumenta la resistencia y deteriora el vínculo con la comida. Evitar frases como “comé por mamá” o “una más y terminás”. No usar premios (“si comés, hay postre”) y permitir que decida cuánto comer.

Rutina y participación

También conviene llevar adelante rutinas claras y previsibles. El orden ayuda a regular el apetito y reduce conflictos. Comer siempre en la mesa, sin pantallas, establecer horarios (desayuno, almuerzo, merienda, cena) y limitar la duración a 20-30 minutos. Si el niño sabe qué esperar, disminuye la ansiedad.

Invitar al niño para que participe. El contacto con los alimentos mejora la aceptación. Involucrarse reduce el rechazo y aumenta la curiosidad. Que lave verduras o arme su plato, que elijan juntos una fruta en el supermercado y preparen -con supervisión- recetas simples (amasar, mezclar ingredientes).

Adaptar lo sensorial, que puede ser modificar textura, forma o presentación. Si rechaza verduras cocidas, probarlas crocantes al horno; presentar alimentos separados en lugar de mezclados o usar cortes divertidos o formatos conocidos.

Y, finalmente, buscar apoyo nutricional cuando es necesario. Cuando la dieta es limitada, el pediatra o nutricionista puede indicar suplementos alimentarios que ayuden a cubrir déficits. Mientras se trabaja en ampliar la variedad, se puede incorporar un suplemento en forma de batido en el desayuno o merienda, junto con una fruta.

“En cada niño funcionará más una u otra estrategia, pero lo importante es probar y ser consistente. En conjunto, estas estrategias apuntan a algo central: construir una relación positiva con la comida”, concluyeron las especialistas.

Tags: selectividad alimentaria

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