Una serie de siniestros viales fatales registrada días pasados en las rutas de acceso a Junín, y en la zona, da cuenta del recrudecimiento de una problemática que no nos es ajena.
Los accidentes de tránsito en las rutas argentinas no son una casualidad, sino, en la mayoría de los casos, el resultado de un conjunto de decisiones humanas desafortunadas, carencias estructurales, falta de mantenimiento y una preocupante conducta social.
Cientos y cientos de conductores (y sus ocasionales acompañantes) pierden la vida anualmente en episodios de este tipo, o sufren secuelas permanentes como resultado de eventos que podrían evitarse con políticas sostenidas, controles eficaces y un cambio cultural profundo.
Excesos de velocidad, consumo de alcohol, uso del celular al volante y escaso apego a las normas de tránsito se suman al mal estado general de la red vial nacional, caracterizada por una señalización deficiente y el deterioro marcado de la cinta asfáltica (y banquinas) en varios trayectos.
Si bien el Estado tiene la obligación de garantizar una infraestructura segura, controles permanentes y sanciones que se cumplan, es fundamental, por otra parte, la concientización ciudadana. Naturalizar conductas peligrosas, o minimizar la gravedad de las infracciones cometidas, también es parte del problema. Y no puede ignorarse.
Conducir un vehículo, del tipo que sea, no es un acto individual sin consecuencias, es una responsabilidad colectiva. La seguridad vial salva vidas y debe ser una prioridad para todos.
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