El país se encamina hacia nuevas elecciones legislativas en un contexto de desconfianza sobre la clase política, una economía frágil y una ciudadanía cada vez más fragmentada desde lo discursivo.
Los comicios del venidero domingo no solo determinarán las renovaciones de bancas en el Congreso, sino que además pondrán a prueba la capacidad del Gobierno nacional para canalizar las demandas de una sociedad agobiada y descreída ante las promesas electorales.
Las elecciones legislativas, un termómetro real para cada una de las administraciones de turno, adquieren esta vez una dimensión más profunda en un escenario de polarización casi extrema, una crisis persistente y una serie de demandas en aumento.
La marcha a las urnas del domingo próximo, no obstante, también representa una oportunidad ante la renovación parlamentaria, en búsqueda de los consensos necesarios que garanticen el pleno ejercicio democrático.
En este marco, las declaraciones recientes del presidente de EEUU Donald Trump sobre de la continuidad de la asistencia financiera a la Argentina en función de los resultados electorales poco aportan, e incrementan a su vez las distancias.
El Congreso que logre consolidarse tras las elecciones tendrá un papel crucial en los próximos años. Deberá afrontar (y enfrentar) debates que subyacen el imaginario político desde hace tiempo, y que se focalizan principalmente en la reforma fiscal, la seguridad, la justicia y la educación como ejes principales de un Estado que reconfiguró su propio rol durante los últimos dos años.
La pluralidad y la responsabilidad de los legisladores serán factores determinantes. La defensa de la democracia requiere de una participación y de un compromiso que no puede ni debe ser dejado de lado. El futuro inmediato del país lo exige así.
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