Por: Pablo Petraglia
El 21 de diciembre de 1921 marca el nacimiento oficial del Club Junín. Sin embargo, la institución que conocemos y valoramos hoy tuvo su verdadero punto de inflexión el 9 de noviembre de 1932. Aquel día se sentaron las bases de un plan estratégico de desarrollo que, ejecutado con conciencia y esfuerzo a través de las décadas, definió su destino e identidad.
En los orígenes, el club estuvo íntimamente ligado al fútbol; de hecho, el nombre fundacional fue «Foot Ball Club Junín». A esta disciplina se sumaba el atletismo, que dio a la ciudad figuras internacionales como Emilio Malchiodi, representante olímpico en Londres 1948, y desde 1931 el básquetbol, siendo el club socio fundador de la Asociación Juninense de Básquetbol. Otros deportes como el ajedrez, el boxeo o el hockey —este último practicado por el club BAP en sus terrenos— tuvieron un paso más fugaz sin lograr arraigarse.
A pesar de que el fútbol era el corazón social y deportivo, y que por sus filas pasaron jugadores como Atilio García, Dionisio Tablada o Paulino Ferreyra, el campeonato obtenido en 1931 fue, en retrospectiva, un «canto de cisne», el final de una era. Mientras el profesionalismo en AFA generaba incertidumbre, la institución enfrentaba una profunda crisis interna. Ante este escenario, el 9 de noviembre de 1932 tuvo lugar una asamblea extraordinaria para debatir un cambio de rumbo radical.
Fue en el histórico Salón “Víctor Hugo” donde se gestó la revolución. El presidente Juan P. Bussalino y el dirigente Juan Pierro fueron los arquitectos de esta transformación. Pierro, con una visión crítica sobre el estado del fútbol local de la época —marcado por la indisciplina y las crecientes exigencias económicas—, propuso abandonar la dependencia de este deporte para evitar la desaparición de la entidad. Su moción fue clara: diversificar la oferta deportiva y dotar al club de infraestructura moderna, incluyendo una pileta de natación y canchas de pelota para transformarse en un club social y polideportivo de vanguardia. Asimismo, se proponía un orden y salto de calidad institucional: obtener la personería jurídica y asegurar los terrenos del campo de deportes.
Bajo la presidencia de Pierro, el «Plan» comenzó a ejecutarse con celeridad. Entre 1934 y 1935 se construyeron las canchas de pelota a paleta y bochas; en 1936 se sumaron el tenis y la pileta. Este impulso constructor fue continuado por las comisiones subsiguientes a lo largo de los años, que sumaron la confitería y salones con nuevo acceso del Club por calle Julio Campos, el gimnasio techado de básquetbol con gradas y piso flotante, las canchas de vóley, la climatización del natatorio.
También fueron cumplidos los otros objetivos trazados: la obtención de la personería jurídica ocurriría en 1937 con las gestiones del vocal de la comisión el Dr. Rufino Eguren. Los terrenos del campo de deporte, “la quinta de Ataliva Roca”, serían finalmente escriturados a nombre del Club Junín bajo las presidencias de Gino Tesolín en 1973 y Mario Scévola en 1981.
Mientras el club crecía en infraestructura, el fútbol —deporte que le dio origen, pero también el que casi provoca su fin— se fue desvaneciendo. Tras una efímera fusión con Defensa Argentina en 1936, el club se desafilió definitivamente de la Liga Deportiva del Oeste en 1948. El atletismo seguiría un camino similar hacia la década de 1950.
Aquel giro audaz de 1932 no fue simplemente el abandono de una disciplina, sino la refundación de un espíritu. Al priorizar el desarrollo social y la infraestructura polideportiva sobre la incertidumbre del fútbol de aquel entonces, el Club Junín logró transformarse en un pilar de la comunidad. Hoy, cada socio que disfruta de sus instalaciones es heredero de aquella visión de Juan Pierro y sus contemporáneos, quienes comprendieron que para que una institución trascienda el tiempo, debe tener la valentía de reinventarse sin perder su vocación de servicio al deporte y a sus socios.






