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Yo, Juan (Parte 1)

Escribe Padre Victor Roncati – (Si bien el presente relato corresponde a mi imaginación y a mi autoría, está basado en los hechos bíblicos sobre el nacimiento de Juan, el Bautista; que bautizara a Jesús, su primo, en las aguas del río Jordán).

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(Si bien el presente relato corresponde a mi imaginación y a mi autoría, está basado en los hechos bíblicos sobre el nacimiento de Juan, el Bautista; que bautizara a Jesús, su primo, en las aguas del río Jordán).

Los tacones del lacayo resonaban en el piso de madera. En la brillante bandeja de plata, todavía palpitaba mi cabeza decapitada desangrando, y que ahora estaba siendo presentada al Rey.
Mi vida está entregada, quedan mis sueños, mi mensaje, mis bautismos.
En mi agonía, sólo mantengo dos pensamientos, agradecer a Yavé que me ha mostrado toda su misericordia y pedirle perdón por aquellos que me persiguieron y decapitaron.
¡Adelante! Lacayo. La vida se apaga.

Yo, soy Juan
Nací, un viernes 24 de junio. Mi mamá era muy viejita y le costó mucho llevar adelante el alumbramiento. Cuenta que las “comadronas”, vecinas del lugar, llegaron para ayudar, como se acostumbraba en los pueblos chicos, trayendo sus palanganas, jarras con agua, trapos y toallas para la ocasión.
Allí estaba la tía Abigail (que era la alegría del padre) y Carmel, hermanas de mi mamá, Isabel. Mujeres con experiencia, ya que ambas habían tenido tres hijos, mis primos, que después, en el transcurso de la vida muchas, veces nos hemos reunido para compartir fiestas y ayudarnos en múltiples tareas.
Mamá, estaba dedicada a su embarazo y tenía todo dispuesto para mi nacimiento.
Mi papá Zacarías, era el encargado de fabricar la cuna de madera de olivo, árbol de la zona; y a pesar de no ser muy habilidoso para los trabajos manuales, puso mucho esmero en su realización.
Ambos se conocieron siendo muy jóvenes, por ser del mismo pueblo, Ain Karim; y sus familias parientes. Allí vivieron toda su vida.
Siempre “jugaron” con la ilusión de tener muchos hijos. Para la mujer judía, los hijos son una bendición de Dios. Pero pasaban los años y no llegaban.
Mamá me contaba que en las largas noches de invierno, cuando hacía mucho frio, se arrodillaba frente a “La Tora” y, con velas encendidas, rezaba uno y otros Salmos durante largas horas. Y como papá estaba ausente de casa por su trabajo, durante bastante tiempo ella se dormía sola abrazada a ese libro que acurrucaba sobre su vientre, pensando que allí estaba toda la fuente de esperanza y de vida.
Como sus hermanas, que eran menores, ya tenían sus hijos, se ponía un poco “celosa” y se preguntaba ¿Isabel para cuándo los tuyos?
Y así iban pasando los años, pasando el tiempo de la fertilidad, el tiempo de la sequedad.
A mamá la embargaba la tristeza por no lograr su plenitud como mujer con una familia y el advenimiento de un hijo.
Y sobre todo, porque no le podía regalar a Zacarías ese preciado, buscado, anhelado hijo.
El carácter de mamá se fue apagando y, a veces, la envolvía la melancolía; sólo ante la presencia de papá se mostraba más alegre y dispuesta para realizar los quehaceres de la casa.
¿Cuándo Yavé se acordará de nosotros?
Pregunta que Isabel y Zacarías, se hacían por las noches cuando después de cenar, se arrodillaban para rezar, alabar y agradecer a Dios. Y en ese momento, renacían la confianza y ganas de vivir.
Si Dios lo permitía así, por algo será.

Pasaron los años
Y pasaron los años, y pasaron los años.
Un día, Isabel comenzó a sentir un movimiento extraño en su vientre, tenía nauseas, estaba más cansada de lo habitual y tenía muchos años. Sus hermanas, asombradas le ayudaron a comprender que estaba embarazada.
¿Yavé se habrá acordado de ellos? ¡¡¡ Sí !!!
Dios siempre es fiel a sus promesas, y está al lado de los justos y de los que lo aman de corazón.
Mis padres me comentaban que cuando se produjo el “milagro”, se confundieron en un abrazo apretado que los sostuvo para poder llorar de emoción hasta quedar exhaustos, de rodillas y en oración. El patio de la casa techado de glicinas, fue cómplice de ese momento sublime.
¡Hijo! Nunca lloramos tanto como ese día, solía repetir mi madre.
Eran llantos de alegría, de plenitud, de agradecimiento ¡Yavé está con nosotros!
Pero de todo este tiempo de embarazo, lo que mamá más recuerda fue un episodio extraordinario.
Estaba sentada sobre un tronco en el jardín, en una tardecita hermosa de primavera, escuchando el trinar de los pájaros, disfrutando de una suave brisa y admirando la belleza y el aroma de las plantas.
De pronto ve a una jovencita muy bella que se acerca; al principio no la reconoció, pero después si, ¡ “Es ella, María, mi prima”! Saltó del asiento y fue lo más rápido que pudo a su encuentro. Se estrecharon en un abrazo interminable y alcanzó a exclamar: “Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”.
Y cuenta mi madre que yo, o sea el niño que estaba en su vientre “salté” de alegría.
Suelo decirle cuando me relata esta secuencia, que es un poco exagerada y ante la molestia de su rostro, la abrazo entre risas y le confirmo su testimonio.
Y esto es verdad. Guardo en mi memoria y en mi corazón, que antes de nacer, sentí la presencia muy fuerte de un fuego abrazador que me llenó de alegría y de paz.
El aroma de narcisos y glicinas que perfumó el “encuentro” entre las dos mujeres, persigue mis sentidos y el “fuego” siempre está.
Y mi nacimiento llegó rodeado del cariño de mucha gente, con un llanto potente, signo de bienvenida al mundo nuevo en el que me tocaba vivir.
Ese llanto que mucho más tarde se irá convirtiendo en una voz, en un grito que clama en el desierto.
Dios los bendiga.

Padre Víctor Roncati.
Parroquia San Ignacio de Loyola. Junín (Bs As).

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