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Y, todo por una bala de cañón

Escribe P. Víctor Roncati – Hola Ignacio. Ayer me contabas tu historia, pero dime ¿qué paso el lunes 20 de mayo de 1521?

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Hola Ignacio. Ayer me contabas tu historia, pero dime ¿qué paso el lunes 20 de mayo de 1521?

“Yo acababa de llegar a la fortaleza de Pamplona con algunos refuerzos para Miguel de Herrera, comandante de la guarnición. Aquella mañana las tropas francesas habían entrado a la ciudad”.

Es un episodio más de la guerra entre Francisco I y el emperador Carlos que la historia hubiese olvidado si no es porque estuvo allí, nuestro personaje: Iñigo.

“Entonces Herrera quiere rendirse, pero yo quería aunque mas no sea salvar el honor. Subí a las murallas y, después de seis horas de combate, una bala de cañón me quiebra la pierna derecha por encima de la rodilla y también la izquierda queda bastante rota. Caigo en desmayo y poco después termina la batalla”.

“Soy atendido allí por los franceses, durante quince días, y luego fui llevado por una litera hasta Loyola, a unos 100 km de distancia, donde los médicos y cirujanos tuvieron que romper nuevamente la pierna para enderezarla. El dolor era abismal”.

Su estado se agrava, recibe los últimos sacramentos, esperando su muerte. Pero el día 29 se siente mejor, y pronto esta fuera de peligro. El día 30 los españoles recuperan Pamplona.

Qué cosa la vida,¡ ya era demasiado tarde para Iñigo!

Iñigo se va recuperando y pide una nueva operación, como si fuera una “cirugía estética”, para que le sierren un hueso que le sobresale y le estiren la pierna, que había quedado más corta. ¿Qué no habría hecho con tal de volver a ser un apuesto galán?

Su convalecencia dura mucho tiempo, hay que esperar, se siente bien, pero se aburre. Mira a través de la ventana, como si fuera un pájaro enjaulado. A los oídos de Iñigo llega el rumor de las mujeres que cantan mientras escogen lentejas, allí abajo, en el patio, escucha la voz del casero arreando los bueyes, mira los arboles del huerto, llega la noche y tarda en dormirse.

Tiene el recurso de la lectura, no hay muchos libros, su cuñada muy piadosa le trae algunos libros que ha encontrado, “La Vida de Cristo”, “Vida de los Santos”.

¡Y bueno a falta de otra cosa…!

El libro de la vida de Cristo no es un relato simple de los evangelios, es un libro de espiritualidad; que “mueve” todo nuestro interior, así también la vida de los Santos.

Ignacio se siente atrapado por esas lecturas. Hacer grandes cosas. ¿Acaso no era eso el sueño que el perseguía? Pero todo se comienza a embrollarse: unas veces el Rey Eterno, otras el Rey temporal, otras veces La Virgen María, otras una distinguida dama, ¡fantasías que a veces suceden!

Él piensa: “si Santo Domingo hizo esto: pues yo lo tengo que hacer. Si San Francisco hizo esto: pues yo lo tengo que hacer…”.

En Ignacio la “imaginación” es una facultad que domina mucho toda su vida.

“Cuando pensaba en aquello del mundo, me deleitaba mucho; más cuando lo dejaba me hallaba seco y descontento; y cuando pensaba ir a Jerusalén, descalzo, y solo comiendo hierbas, esto me consolaba y me quedaba contento y con mucha alegría”.

Aquí estamos en uno de los puntos más importantes de la espiritualidad Ignaciana: la experiencia del discernimiento, que controla la imaginación y la sensibilidad, para sacar de ellas lo mejor.

Después de determinados pensamientos se siente triste; y bastante alegre después de otros. Iñigo se atreverá a proclamar esta buena nueva:

“Es propio de Dios que en sus mociones dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce”.

Entre el rey temporal y el Rey eterno, entre servir a una “alta dama” y servir a la Virgen María, entre el mundo y Dios, Iñigo hizo una elección definitiva, prefiriendo la alegría a la tristeza.

Acaso, ¡una bala de cañón puede cambiar tanto la historia de una vida!

Aunque su pasado le viene a la memoria, él quiere recorrer los caminos de Cristo. Una vez tomada la decisión, las fantasías se desvanecerán. Estando una noche despierto, vio claramente a Nuestra Señora con el Niño Jesús.

Dice: “… en esta imagen recibí una consolación muy excesiva, y quede con tanto asco de la vida pasada, que me pareció haberme quitado del alma todas las cosas malas que tenía…”.

Él comprende que es imposible seguir a Cristo sin tender a parecerse a él. La conversión no es un “flechazo” o un simple enamoramiento. Hay que emprender un camino que será de penitencia; pero una penitencia soportada con alegría, a fin de realizar cosas grandes, a fin de hacerse digno de servir a Jesucristo.

Me pregunto ¿a veces en la Vida tenemos que pasar por “algo” fuerte?, como una bala de cañón, para comprender dónde estamos parados, poder mirar nuestro pasado, siempre con realismo y con ojos de misericordia y proyectar el futuro.

Yo, Víctor, Hoy, mientras escribo estas simples líneas, vuelvo a elegir el camino que me marca Jesús.

Dios los bendiga.
P. Víctor Roncati.
Parroquia San Ignacio de Loyola. Junín.

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