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Viernes Santo con “S” de Salvación

Esa Cruz, es más que dos maderos juntos. Con ella carga todos nuestros pecados, nuestro sufrimiento, nuestros dolores. 

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Escribe P. Juan Manuel Andriola
Cura Párroco de Cristo Redentor

El jueves Jesús celebro la última cena con los discípulos. Ahí les lavó los pies, partió el pan y nos dejó el mandamiento del Amor. Ayer murió. Fue maltratado, humillado y clavado en el madero. Su Madre lo observaba de cerca, junto a algunos de sus discípulos y amigos. El pueblo que lo había recibido alegremente unos pocos días antes, ahora lo insultaba y descargaba su furia contra Él. Uno de sus amigos, uno de los que había elegido para que lo acompañen de cerca, lo había traicionado. Después que lo descolgaron de la cruz lo pusieron en un sepulcro… Pero si nos quedamos ahí, es solo un cuentito como cualquier otro, que se olvida fácil…
Ayer un hombre lastimado murió clavado en una cruz cerca de las tres de la tarde. Esa Cruz, es más que dos maderos juntos. Con ella carga todos nuestros pecados, nuestro sufrimiento, nuestros dolores. 
Todos tenemos algún dolor que cargamos día a día. Esas cosas que pesan, que te cuestan, que duelen, te hacen querer bajar los brazos, te hacen repensar tu fe, te hacen sentir que no podes más y queres largar todo. Dolores que hacen enojarte con Dios y con la vida y no entendes porqué pasan… porqué te pasan a vos. Todos tenemos una cruz con la que cargamos día a día, minuto a minuto y con la que tenemos que cargar en nuestras espaldas. Animate a pensar qué cosas te duelen hoy. Esas cosas con las que te gustaría no tener que enfrentarte más. Esas cosas que a veces te gustaría que por arte de magia desaparecieran de tu vida.
Vos sabes lo que puede doler cargar con la propia cruz, y sabes que a todos nos gustaría ser acompañados. Así como Jesús tuvo a Simón de Cirene que lo ayudó a cargar su cruz, vos, ¿a quién podes acompañar en estos momentos? ¿Qué persona crees que está sufriendo hoy y se siente sola? ¿Quién es ese al cual acompañaste en su dolor pero que hace un tiempo no sabes cómo está? ¿Se te ocurren nombres? Seguramente más de uno…
En la celebración del día de ayer nos acercamos a besar la cruz. Es un gesto tan lindo y tan sincero… Pero… ¿Por qué pensas que hacemos esto? ¿Por qué crees que besamos los pies, o las manos de Jesús? Vos, ¿te animarías a besar la cruz?
La cruz es un elemento de tortura, el peor lecho de muerte posible, destinado sólo a los criminales –a los que eran considerados los peores en la sociedad-. Jesús transformó la cruz en símbolo de amor, de perdón y de VIDA. Por esto adoramos y besamos Su Cruz.
Besar es un signo de amor, de expresión de afecto hacia otra persona. Besar las heridas de alguien es acariciar su sufrimiento, es decirle «acá estoy», aunque sea solamente para abrazarlo, aunque no puedas hacer nada más que estar. Besar las heridas de otra persona es acompañarlo en su dolor, comprometerse con la vida de esa persona en ese momento, empatizar con su presente.
En este caso, es también una forma de agradecerle a Jesús… es quizás una caricia para acompañar su sufrimiento. Besar las heridas de otro es un gesto de grandeza. Entonces, de vuelta. Vos… ¿te animarías a besar la cruz? Pensalo… Tomate un tiempo para resignificar este gesto…
Cuando vayas a besar las heridas de Jesús, pensa también que estás besando no sólo sus heridas, sino también las tuyas y las de los otros. Las heridas del mundo, que también sufre. De la sociedad, que también llora. De las personas, las que conoces y las que no, de todos esos rostros. De tu familia. De tus amigos. Y al besarlas, estás anhelando y permitiendo que la misericordia de Dios se derrame en esas heridas, que las empape y las atraviese.
¿Qué heridas ajenas queres besar en esa cruz? ¿Las heridas de quién? ¿Qué heridas te gustaría acariciar y acompañar? Y los tuyos, ¿Qué dolores queres empezar a besar, a abrazar? Besar tu propio dolor también es un signo de afecto. Hacia vos mismo, hacia tu vida y tu persona. Besar tu dolor es abrazar las sombras de tu vida, lo que muchas veces quisieras que no esté, y reconciliarte con eso que te incomoda.
Dios te AMA en tu dolor, porque es parte de tu vida, te conforta y te hace ser como sos. Te quiere ver pleno, reconciliado con tus heridas, besándolas… en paz con ellas, aunque pinchen. Jesús desde la cruz pudo transformar el dolor más grande del mundo en el signo de entrega y de amor más gigante de la historia. Imaginate si no puede entonces, ayudarte a tomar tu dolor y transformarlo, lentamente… De a poquito….
Al morir en la cruz, Jesús nos salva de que nos guardemos la vida para nosotros mismos. Al crucificarse nos está diciendo «Mira todo lo que ganas si das tu vida por los otros…» Jesús a vos te invita a que, en tu vida, vivas con otros y por los otros. Te invita a que no te guardes tu vida para vos y para tus propios éxitos. Que no mires sólo tu dolor, sino que mires más allá, un poco más allá. ¡Que abras bien tus ojos!
Dice el Evangelio del jueves santo: “los amó hasta el fin”. Ya la medida no tiene medida, el amor alcanzó su máxima expresión: la Cruz. Un gesto que supera todo lo imaginable para el hombre. Los brazos abiertos sobre el madero esperan abrazarte, a vos, porque no es algo que haya pasado solo hace 2000 años: el amor sin medida supera también la barrera del tiempo. Dejate abrazar por esas manos llagadas, ansiosas por Salvarte.
Jesús en el Evangelio nos dice que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Este amigo sos vos. No lo dudes, Él te ama y está dispuesto a pasar por todo para estar cerca tuyo. Y nos invita a dejarle Él todas esas cosas a las que necesitamos morir en nuestra vida.
¡¡Qué fuerte que es descubrirse amado por Dios!! Y qué contradicción que muchas veces en la vida cotidiana nos olvidamos de esto. Animate a pedirle a Jesús que te regale un corazón agradecido para que en cada cosa que te toque vivir puedas sentir su presencia. Date cuenta que en el corazón de Dios ocupas un lugar importante. Él sufre cuando vos sufrís, él se alegra cuando vos amas. ¿Realmente sos consciente de esto? Y no te olvides que, a diferencia de nosotros, Dios no sabe hacer otra cosa que amar…

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