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Viaje a Éfeso

Padre Víctor H. Roncati – ¡Cómo me gusta este tiempo! A pesar del cansancio y de las heridas que uno va arrastrando durante el año, me gusta encontrar momentos para serenarme, y volver a ubicar la mente y el corazón en su lugar, que, tal vez por el trajín de los días y la multitud de distintos trabajos se van dispersando.

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¡Cómo me gusta este tiempo! A pesar del cansancio y de las heridas que uno va arrastrando durante el año, me gusta encontrar momentos para serenarme, y volver a ubicar la mente y el corazón en su lugar, que, tal vez por el trajín de los días y la multitud de distintos trabajos se van dispersando.

Momentos para centrar mi persona en el eje fundamental.

Hace unos días estuve en la Basílica de Luján. Tengo la costumbre de estar un poco de tiempo arrodillado en algún rincón, en donde pueda ver la imagen de la Virgencita y desgranar pausadamente el rosario.

Después me siento y con la mirada siempre puesta en ella, me dejo llevar por mi imaginación… y es así como emprendí mi viaje.

Imagine que iba a Éfeso, retrocediendo en el tiempo más de veinte siglos.

Éfeso fue en la Antigüedad una localidad del Asia Menor, en la actualidad Turquía. Fue un importante centro religioso, cultural y comercial. Actualmente sus ruinas constituyen una atracción turística importante. Allí vivió la Virgen María con el Apóstol, San Juan.

Necesitaba encontrarme con la Madre, que vive allí con el Apóstol Juan, no tanto para hablar, sino sobre todo para compartir mis sentimientos. Siempre es bueno el cobijo de la madre y a veces se hace necesario.

Al llegar a Éfeso, Juan y la Madre me recibieron con alegría. Con esa capacidad que tiene ambos de hacerte sentir en tu casa, bien recibido, y siempre esperado.

Pero sobre todo era la fragancia que sólo de ella salía, como si el Maestro la hubiese ungido con el crisma eterno de la dulzura. Donde ella estaba, se hacía presente su perfume, ya sea en Nazaret, Cafarnaúm, Jerusalén, Éfeso.

Y como siempre ella te recibe y te escucha mientras que con sencillez y ternura amasaba el pan para la fiesta.

¡Porque María siempre encontraba una ocasión para hacer fiesta!

Y así pasando el tiempo, porque cuando los amigos se encuentran, el tiempo se detiene y toda otra cosa está de más.

Le fui contando a Ella mis problemas de salud, los achaques propios de la edad, el cansancio de mi caminar por la vida, en mi trabajo, el sentimiento de soledad y muchas veces la incomprensión de los demás. Los problemas diarios de la convivencia, el experimentar la impotencia frente a la injusticia, a la pobreza, a la falta de trabajo, a la poca educación que tiene mi pueblo. En fin fui abriendo el corazón a manos llenas y Ella me escucha atenta y me mira; con su mirada me dice todo.
Cuando terminé de hablar, me miró y me sonrió.

Yo me sentí escuchado, comprendido, animado.

Yo no necesitaba que me dijera nada.

Al otro día me sorprendió pidiéndome si la podía acompañar a Nazaret. Seguramente no irá muy seguido, por supuesto que le dije que sí, y en el viaje que es bastante largo, me fue contando que iba a la tumba de José; la tumba se encuentra en la parte del norte, camino a Judea, es una zona montañosa. Es una gruta muy sencilla. Y cuando llegamos, se quedo rezando un rato largo.

Y antes de volver se dirigió a mí y me dijo: “Ves, Víctor, toda la zona está llena de plantas de almendros, la flor del almendro nunca falta en este lugar, junto a su tumba, y eso que estamos en otoño y falta mucho para la primavera…”.

Eso me llamo la atención, al borde del sepulcro estaba lleno de flores, todos almendros. Yo estaba sentado sobre una piedra resguardado en la sombra. La madre se me acerco y acariciándome la cabeza, fijo su mirada en mí y con mucha dulzura me dijo: “Desde que me contaste tus alegrías y tus penas, le he pedido al Espíritu Santo que te haga gustar la sabiduría del almendro; por eso te he pedido que me acompañaras a Nazaret para ver cómo Dios lo ha coronado a José con la flor que dio razón a su misión” y con esa mirada única que tiene María calló y se fue caminando a visitar a unos parientes.

La verdad es que entendí muy poco, ¿qué es esa sabiduría del almendro? Pero así es María, como el Maestro… nunca terminaremos de entenderlos totalmente.

Recuerdo haber estudiado algo de Isaías en donde dice que es la primera flor que aparece y su misión es la de anunciar que está próxima la primavera.

Después florecerán muchas otras flores, muchas de ellas más lindas, mas fuertes… por eso pasa desapercibida e incluso suele desaparecer. Pero nadie le quitará al almendro la alegría de haber sido el que primero puso color al invierno, que fue preparando la fiesta de la primavera.

¡Hay Señor!, ayúdame a comprender la sabiduría del almendro, y dame un corazón de niño y el don de la sencillez.

Y a la Madre, en esta Basílica de Luján, tan bella, pedirle ahora, y siempre: que cuide mi corazón, para que nada ni nadie lo enfrié o entristezca.

Dios los bendiga.

Padre Víctor H. Roncati
Parroquia San Ignacio de Loyola en Junín.

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