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Todo eso pasó después

Del libro «Una tiza y un campo de juego», de Carlos Bianco, compartimos la primera parte del cuento «Todo eso pasó después»

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El viejo, que orillando los setenta años llegaba al club cada día en bicicleta, movía lenta pero repetidamente la cabeza de izquierda a derecha. Había escuchado con paciencia a ese niño que le contaba la anécdota como quién evoca el segundo gol de Maradona a los ingleses. Los ojos de aquel pequeño brillaban al sol de la tardecita, a medias húmedos, al relatar las andanzas de ese casi héroe que había sabido pisar la cancha que hoy él mismo usaba para entrenar.

Inmutable ante tanta emoción, el viejo utilero, de eterna gorra verde; seguía sacudiendo la cabeza mientras enjuagaba el mate por enésima vez en la tarde.

– No, chiquito, no. No fue así. – se tomó un segundo antes de continuar -Algunos perejiles te van a decir que fue en aquel partido en el que le hizo el gol de chilena a Estudiantes, pero se equivocan. Se equivocan… No te comas el amague de los que porque tienen un micrófono en la mano creen que saben. ¿Qué pueden saber los periodistas de la capital, si lo conocieron de grande? Y tampoco fue cuando debutó en Racing, y le metió el gol de caño al Mono Figueroa. No, nene, no. Ese es otro error muy común de la gente. La leyenda empezó otro día en otra parte. ¿Vos querés saber cómo fue?, entonces sentate, ponete cómodo, y cebame unos mates.

El viejo manoteó la silla de caño cuadrado alguna vez tapizada de cuerina roja, espantó de ella un par de renegridos buzos dejados allí por los de la cuarta; la giró y se apoltronó como pudo.

– Él no surgió en Sarmiento como cuentan por la tele – Arrancó diciendo con parsimonia. – ¿Qué va? Eso es mentira. Esa es la historia conocida y fácil de rastrear… Empezó acá, en la nuestra escuelita. Acá empezó.

–           Sí, sí; ya se que jugó acá… – intentó terciar el niño

–   Y te voy a decir algo más. – Continuó el viejo como si nunca hubiera existido la interrupción.- Yo recuerdo el día exacto en que llegó al club. Mirá lo que te digo… Fue en invierno y hacía un frío de morirse. Mirá como sería de cruel la tarde que en la escuelita solo había otros tres chicos entrenando. Tres. Una lágrima.

El nene le alcanzó el primer mate, y el viejo aprovechó para despacharse.

– Hacía poco que la familia se había mudado a Junín y un tío de los que nunca faltan, le recomendó llegar hasta acá. Era flaco, tímido y puro pantalón. Cuando empezó era buen jugador,  pero un poco pecho frío. Pasó por varios puestos pero donde mejor rendía era de tres bien por la raya. Raro, porque es derecho, pero ese puesto lo tenía clarito. Si lo apretaban por afuera, salía con un “tres dedos” y listo. En décima ya pasaba al ataque, y en novena le hizo hacer media docena de goles al matungo que jugaba de nueve. Porque le gustaba irse, como a Sorín, ¿te acordás? De ida y vuelta. Después fue jugando más arriba. De más grande.

Se entendían muy bien con el pibito que jugaba de volante por ese lado… “Snoopy” le decían, porque parecía un dibujo animado. Eran un show los dos gurrumines, toque, toque, toque y centro… Esos chiquitos le dieron una buena época a las inferiores del club… sí, señor. El negrito Lezama, Pinito, Gino… formaban un grupo lindo. Ruidosos, revoltosos; pero no pasaba una tarde en que no vinieran en patota a saludarme y darme un abrazo a la utilería. ¿Cómo no los iba a querer? Les rezongaba, por supuesto; pero para ellos siempre tenía una pelota para prestar, o las agujas listas por si se les descocía. Jugaban lindo. Se divertían… Hasta  ganaron algunos campeonatos en infantiles mientras iban pasando de categoría en categoría.

Pero ese año en particular había sido flojo. Entrando en la adolescencia les había agarrado la edad del pavo… Entrenaban sin ganas; salían, tomaban un poco; en fin, hacían todo mal. El pobre profesor Santiago se desesperaba gritando desde el banco, y daban pena, nene. Creo que terminaron novenos entre doce. Para el historial de esos chicos era un desastre; así que cuando terminó su campeonato los licenciaron a todos hasta la próxima pretemporada. Los únicos cumplieron ese año fueron los de la reserva que terminaron segundos.

El chico ensilló el mate.

– Pero el que estaba peleado era el campeonato de primera. Apasionante diría algún viejo relator de radio. El puntero era Villa, nuestro enemigo número uno por esos años, por una final que le supimos ganar en cancha de Sarmiento. Villa  llevaba dos puntos de ventaja cuando llegaron a la última fecha. Eran casi campeones; el único que tenía chance era Rivadavia que encima de los dos puntos menos  jugaba de visitante en Lincoln. Con empatar eran campeones porque ya habían ganado los dos mano a mano. Además, Villa llevaba varios años sin ganar un campeonato y esta chance los tenía como locos. Encima locales y contra nosotros que veníamos últimos… Era la fiesta soñada para ellos, campeones,  contra nosotros; y de yapa dejaban con las ganas a sus primos. Ninguno sospechaba entonces, las cosas raras que iban a pasar esa noche… y calentá el agua que me vas a hacer ir al baño, vos.

El chico giro y puso la pava al fuego.

– Sigo- dijo el viejo. Fue imposible probar nada pero la noche anterior a ese partido algo pasó, estoy seguro. Primero, al director técnico de la primera se le enfermó de gravedad una abuela en Huinca Renancó, y tuvo que viajar de raje porque era su única familia. Segundo, dos  defensores y un volante titular sufrieron una “indigestión aguda con cólicos, vómitos y diarreas” según el parte que dio el médico de la guardia del Hospital Piñeyro. Y por si todo esto fuera poco, al arquero le reventaron dos dedos de la mano derecha en una gresca a la salida de un boliche. Se habló de miedo, de aprietes, incentivación, soborno, entrega… Lo cierto es que una hora antes de que empezara el partido no podíamos armar el equipo.

– Te juro que Santiago estaba desequilibrado. Tuvo que hacerse cargo y no tenía ni con qué. Algunos de los titulares disponibles no querían jugar en esas condiciones. Los de la reserva habían pasado la noche festejando el subcampeonato en un cabaret de Chacabuco y no podían ni tenerse en pie decentemente. A las dos y media de la tarde empezó a llamar a “sus chicos” cuando a las cuatro se jugaba la final. Por lo menos para completar el banco, me dijo.

Pocas veces vi entrar un equipo tan vencido a una cancha. Tenían escrita en la frente la palabra “derrota”,  pero en grande. ¿Viste cuando Argentina entró a jugar con Bulgaria en el ´94 en Estados Unidos?… no, claro, vos ni habías nacido… pero así, justo así entraron los nuestros. De los once titulares quedaban cinco, el Chapa Zabala, el zurdo Luchetti, el perro Muñíz, Toti Cáceres y el “Tetumba” Martínez… que si los hubieras podido elegir, seguro que no te quedabas con ellos como los cinco mejores. El resto era un rejunte de cuarta y de quinta. El que no había pasado una mala noche, se había zampado un asado al mediodía, o las dos cosas. Y entre los suplentes, los pibes.

El viejo, por fin se tomó un respiro en el relato, y volvió a aceptar el mate que arrancaba su propia segunda rueda. Pegó un primer chupón corto como para verificar que la temperatura del agua fuera más o menos la correcta, y luego de un sobrio gesto de aceptación, dio otro chupón más largo, y continuó con su relato. (continuará)

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