Todo eso pasó después - La Verdad Online de Junín, Buenos Aires, Argentina
Seguinos en
Radio Junin
Radio Junin

Deportes

Todo eso pasó después

Del libro «Una tiza y un campo de juego», de Carlos Bianco, compartimos la segunda y última parte del cuento.

Publicado

el

(continua) –

A los cinco minutos el diez de ellos, uno que habían traído de la Liga de Pergamino; clavó un puntinazo desde afuera del área que el arquero nuestro no vio, no escuchó, ni sospechó siquiera. Era el temido uno a cero. Uno a cero y era un presagio de muerte, pero no de una muerte decorosa, heroica o negociada. No, no, era el preámbulo de una ráfaga de goles que todos temíamos. A los doce, de entre un remolino de piernas, tierra suelta, y gramilla arrancada sin esfuerzo; surgió un tiro bajo y potente que sabe Dios quién ejecutó, pero que terminó quedando en el fondo de la red, contra el palo izquierdo. Era el dos a cero y los desgraciados eran campeones ya sin atenuantes ni ilusión de resurgimiento; pero… extrañamente el árbitro, un tal Bedoya de la liga de Bragado, marcó foul para nosotros y anuló la conquista. ¡Tremendo suicida! ¿Quién le habría enseñado al tal Bedoya a hacer semejantes cosas? Por suerte para él la barra de Villa estaba muy segura de que iban a ganar esa final y lo tomaron casi a modo de broma.

– ¿¡Anuló un gol para Villa, en cancha de Villa!?- preguntó sorprendido el chico.

– Como te cuento. Creo que esa era la segunda o tercera vez que pasaba en la historia de la Liga. Mirá como sería. – Otro chupón y la mano encallecida devolvió el pase del mate buscando una pared con la pava.

–  De los quince a los treinta y cinco minutos se perdieron por lo menos tres goles cantados. Pero cantados, cantados. Faltando cinco, Bedoya decidió pagar la deuda y cobró un penal. Y que querés que te diga, penal fue.  Penal y expulsión fue. Porque el pasmado de nuestro arquero se comió el amague del nueve y se lo llevó puesto. Cambio obligado. ¿Te hablé de Adrián? Era el arquerito de aquel grupito de chicos. Mediría por entonces, un metro sesenta y cinco como mucho, y pesaría sesenta y dos kilos exagerando. Tenía quince años y enfrente estaba una bestia de metro ochenta; noventa y siete kilos descalzo, y con muchas ganas de convertirse en el ídolo de la tarde. Tomó seis pasos de carrera. Juraría que Adrián se tiró al suelo para que la pelota no le pegara. Para que ese misil que se le venía encima, le pasara lejos. Para él, en ese momento, el gol era una cuestión menor. Pero la pelota pasó a veinte centímetros por encima del travesaño para dar de lleno en la cabeza del pelado Rosconi, un electricista conocido que vivía entre Libertad y la ruta. Pobre, bajó trastabillando ocho peldaños de la tribuna antes de recuperar la vertical. Y eso fue lo último del primer tiempo. Recuerdo haberle comentado a mi compadre lo barato que la habíamos sacado y él, con la Spika contra la oreja; me respondió que Rivadavia, iba ganando dos a uno.

Una breve pausa que consumió dos mates más, y prosiguió.

– En los primeros quince del segundo tiempo no pasó nada importante. Ellos se floreaban, gambeteaban, tiraban caños, tacos, rabonas y demás lujos hijos más del deseo de burlarse de nosotros, que de su propia capacidad. Pero a los veinte sucedió lo insospechado. En un rebote cerca de nuestra área, la bola le quedó mansa al “Chapa” Zabala que, parado de ocho; sacó un bombazo por elevación que tardó siglos en llegar al arco rival. Casi tanto como el arquero de ellos que, inmensamente confiado, miraba el partido desde la medialuna, y cuya desesperación era inversamente proporcional a la velocidad con que retrocedía hacia su arco. Y gol… GOOOOOLLLLLL nuestro, GOOOOOOLLLL, ¡¡TOTI viejo nomás!!… Algo así hubiera gritado de no ser por los severos gestos que nos hacían los amigos de la parcialidad rival. Gol, dije entonces por lo bajito.

– ¿Le llegaron a empatar? ¿Y él, cuando entra en la historia al final?- dijo el nene, deseando la aparición de su superhéroe.

– Pará, pibe, pará. Escuchá tranquilo y no le aflojés a la cebada que ya te vas a enterar.- dijo entendiendo con cierta picardía la ansiedad del niño.

– Faltaban quince cuando al zurdo Luchetti lo acribillaron a la altura de los meniscos. Una salvaje perdigonada talle 44 le dio de lleno dejándole una cicatriz, recuerdo imborrable de aquella memorable jornada. El “Tetumba” encontró al agresor local y de un eficaz golpe con el hueso frontal le partió el naso al once de Villa.  Sangre, golpes, empujones y agresiones varias. El hecho es que con una expulsión por equipo el juez arregló todo. Ahí, exactamente ahí; Santiago enloqueció. Hizo lo dos cambios que le quedaban, Snoopy por Luchetti y Enzo por el “Chapa”, que se había acalambrado.

– Bedoya viendo que la mano venía fulera, decidió olvidar el posible  adicional y a los cuarenta y un minutos, levantó un dedo. ¡Uno!, ¡pedazo de caradura! Por entonces Rivadavia ganaba ya ganaba cuatro a uno y lo mejor era terminar con el asunto de una buena vez. Parecía ser un buen trato. Ellos eran campeones, ergo no iban a estropear a nadie. Nosotros salvábamos el orgullo con un digno empate… y Rivadavia, que se embrome. Todos contentos. Incluso ya tenía el silbato en la boca cuando Enzo agarró la pelota en posición de tres. Le cayó de otro rebote de los tantos que poblaron ese segundo tiempo. La agarró, como te cuento, y levantó la cabeza. Con gran desolación vio que nadie se la pedía. Nadie. Ni los de primera, ni los de cuarta, ni los de quinta. Todavía nadie. Empezó a avanzar lentamente, siempre buscando un posible receptor del pase. Pero, nadie. Trotó entonces acercándose a la media cancha. Ahí ya lo salió a buscar Salvatierra, el ocho de Villa. Inclinó el cuerpo a la derecha, se apoyó en el pie zurdo mientras con el dedo gordo del derecho enganchó el cuero. Salvatierra pasó como el expreso del norte sospechando que ese nene no había entendido que el juego ya había terminado y que ellos ya eran campeones. El siguiente en aparecer fue “Turulo” Testa, un bruto de cien kilos bien puestos que solía pararse de cinco para hachar a cuanto rival osara pasar por allí, y le mandó un movimiento de machete abriendo picada que bien podría haber determinado el fin de su carrera futbolística. Pero no, apenas acarició el esférico con el empeine y lo acompañó con un suave salto casi de bailarín clásico cayendo a medio metro de la obesa y demolida humanidad de “Turulo”. Trastabilló. Te juro que yo lo vi trastabillar y dije se acabó. Fuimos. Pero antes de caer y casi con el tobillo, rozó el cuero hacia adentro, como buscando el círculo central desde donde se acercaba Snoopy, solidario compañero de tantas travesuras infantiles. Éste no pudo hacer mucho porque un mastodonte de ellos, dispuesto a terminar de una vez con aquella situación molesta, le tiró el camión encima y lo aplastó. Sin embargo, y ya desde el suelo, Snoopy devolvió el pase con brillantez. Enzo, ya repuesto, encaró el área. Entre él y el gol, solo quedaban el turco Abdala y Chiche Juárez, el mejor arquero del torneo.

El turco no se andaba con chiquitas, incluso se decía que contaba con un prontuario más que frondoso en los archivos de la comisaría de la calle Quintana. Enzo enganchó hacia fuera. Como escapándole. Miró el centro de la cancha y nadie llegaba a acompañarlo; solo el torpe regresar de los voluntariosos defensores locales. El turco lo encerró contra la línea final y en el colmo del caradurismo, Enzo le tiró un caño con la cara externa del pie derecho. Y se lo hizo. Giró, buscando evitar cualquier agarrón; pero el turco, astuto y fiel, levantó su pierna hasta límites insospechados para bloquearle el paso. Juárez salió a achicar corriendo hacia el vértice que forman el área grande y la línea de fondo. Enzo, a pesar de todo, y apoyándose en su propia pierna extendida, saltó sobre Abdala para caer ya dentro del área penal. Somos vos y yo, pareció decirle a Juárez. Ahora somos nada más que vos y yo.

– Por eso, nene. Ni fue en Sarmiento, ni contra Estudiantes, ni cuando debutó en Racing. Todo eso pasó después; mucho después. La leyenda empezó aquella tarde. Aquella tarde en la que Rivadavia salió campeón.

Más Leidas